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jueves, 1 de marzo de 2012

REALIDADES Y FICCIONES
–Revista Literaria
Nº 8 – Marzo de 2012 – Año III 
ISSN 2250-4281
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Sumario:

Poesía (Luis Benítez)
• La poesía de Fahredin Shehu.
• Su poema Así habló Tamara. Biografía y bibliografía del autor.

Narrativa (Héctor Zabala)
(en los tres casos: biografía y bibliografía de los autores)
Un jinete en el cielo, de Ambrose Bierce. Cuento y análisis.
El verdugo, de Arthur Koestler. Cuento y análisis.
Juliano, el apóstata, de Gore Vidal. Reseña.

Ensayo (Gustavo Flores Quelopana)
El naufragio de la educación como arte y ciencia en la sociedad cosificada.
• Currículo y bibliografía del ensayista.

Y algo más… (Héctor Zabala)
La Ilíada, ¿mito o realidad? – Primera Parte.



LA POESÍA DE FAHREDIN SHEHU

Introducción y traducción de Luis Benítez ©

Ampliamente conocido en Europa del Este y asimismo traducido a diversas lenguas, tanto del Viejo Mundo como de América, Fahredin Shehu es un notable exponente de la poesía contemporánea que ha merecido trasponer las fronteras de su país, Kosovo. Siendo poco difundida en nuestro medio la poesía proveniente de Europa Oriental, es interesante para el lector adentrarse en ella a través de uno de sus mejores ejemplos.
El poema seleccionado para traducirlo de su versión inglesa, titulado “Así habló Tamara”, exhibe reminiscencias de Walt Whitman –por la amplitud de su abarcamiento y el tono a veces bíblico de sus versos– que se combinan con matices de trascendentalismo sin duda provenientes de la formación universitaria de su autor, como podrán apreciar los lectores en la breve biografía que adjuntamos al texto del poema.


ASÍ HABLÓ TAMARA
de Fahredin Shehu ©

He pulido los ojos del niño sufriente
Eliminando las capas vaporosas de su visión
Para ver los dientes brillantes, mientras sonrío,
Y el latente y bien oculto planeta de odio en mi alma

He lavado la estratósfera de desastres
Sus padres depositados cuidadosamente en su ser
Con lágrimas de amor impregnadas
He quitado todas las membranas de espíritu contaminado

Le concedí una sonrisa a una rana
Y un beso al jade silencioso

Filtré el rocío del pétalo de la rosa blanca
Y conté los rubíes de la granada madura

He plantado todo tipo de frutas
Y creado un parque de juego para todos nosotros
Usted puede llamarlo un huerto
Usted puede llamarlo la plantación del recién nacido del amor

Pero conozco su Tachyon-IC [1] del suelo
Donde sólo el amor puede plantar su semilla

He adaptado un vestido color de esmeralda
Y lo perfumé con ámbar para que todos los niños lo usen
Les di de comer a todos los estómagos [2]

Con la luz deslumbrante de mi alma
Para hacerlos transparentes
Para que sean iluminados

He creado el ejército de la sonrisa
Y convoqué a todos los expertos para desmantelar la maquinaria de odio
En los campos de la sinfonía de la luz
En el sagrado momento de la eternidad

He abrazado a todos los niños, visibles e invisibles
Y regocijado su felicidad

He aplastado todas las armas
Que humanos y demonios han creado
Y así convertida en polvo cada una de ellas,
Una sonrisa dio a luz al amor


Notas del traductor:
[1] Teóricamente, se trata de una partícula subatómica que se mueve siempre más rápidamente que la luz.
[2] El autor dice, en el original inglés: “I feed every stomach”, lo que se puede traducir literalmente como “le di de comer a cada estómago”; mas en español esta última palabra puede sonar chocante y lejana del estilo empleado por el poeta hasta aquí. Por ello he preferido la versión presente.


Sobre el autor

Fahredin Shehu es un poeta nacido en Rahovec, al sudeste de Kosovo, en 1972. Se graduó en Estudios Orientales en Prishtina University, obtuvo un master en Literatura, y se doctoró en Estética Sacra.
Obra publicada: Nun (poemas místicos, 1996, edición del autor); Invisible plurality (poemas en prosa, 2000, edición del autor); Nektarina (novela, 2004, Ed. Rozafa Prishtinë - Project of Ministry of Culture Sport and Youth of Kosova); Elemental 99 (cuentos cortos, 2006, Ed. Center for Positive Thinking, Prishinë); Kun (líricas trascendentales, 2007, Ed. Logos-A, Skopje, Macedonia); Dismantle of Hate (libro electrónico, 2010, Ronin Press, Londres) y Crystaline Echoes (poesía, edición en papel y como libro electrónico, 2011, Corpos Editora, Madeira, Portugal).
Asimismo, ha publicado sus trabajos creativos y de crítica literaria en numerosas revistas, en Hong Kong, Kosovo, Bosnia y Herzegovina, Albania, Serbia, Turquía, Estados Unidos, China, Chile, Suecia, Bélgica, Grecia, Rumania, Brasil, Irlanda, Inglaterra, Francia, Suiza, España, Noruega, Portugal y Argentina. Obras suyas fueron traducidas al inglés, francés, italiano, serbio, croata, bosnio, macedonio, rumano, sueco, turco, árabe y persa. Es miembro del Comité de Publicaciones y Edición del Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes de Kosovo; del PEN Club Center de Kosovo y Director Ejecutivo del Centro para la Promoción del Diálogo Intercultural “OXOR”. Se desempeña en la administración de la radio y la televisión en Kosovo.



UN JINETE EN EL CIELO [1]
de Ambrose Bierce ©

Capítulo I
Cierta tarde de sol en el otoño de 1861, un soldado se encontraba tendido bajo un monte de laurel junto al camino, en el oeste de Virginia. Echado largo a largo sobre el estómago, sus pies descansando sobre la punta de los dedos y la cabeza apoyada en el antebrazo izquierdo, mantenía flojamente el rifle bajo la mano derecha. A no ser por la posición algo metódica de sus piernas y un ligero movimiento rítmico de la cartuchera en la parte de atrás del cinturón, se hubiera pensado que estaba muerto. Pero no, él sólo dormía en su puesto de guardia. Aunque de haber sido descubierto, muy pronto lo habría estado, ya que la muerte hubiera sido el castigo justo y legal de su crimen.
El monte de laurel, en el que semejante criminal permanecía echado, estaba en el recodo de un camino que, luego de ascender por una cuesta escarpada hacia el sur, se volvía abruptamente hacia el oeste, corriendo por la cumbre unas cien yardas. Desde allí volvía de nuevo al sur y zigzagueaba monte abajo a través del bosque. En el saliente del segundo recodo había una gran roca lisa, proyectada hacia el norte, que dominaba el profundo valle desde donde subía el camino. La roca era el remate de una altísima barranca: de arrojarse una piedra desde el borde, caería a pico más de mil pies [2] hasta la copa de los pinos. El recodo donde estaba el soldado se encontraba en otro risco de la misma barranca. Si hubiera estado despierto habría visto no sólo el breve brazo del camino y la roca saliente, sino además el perfil entero del barranco allá abajo, tan profundo como para enfermarlo de vértigo.
La región estaba cubierta de bosques, excepto en el fondo del valle, hacia el norte, donde un arroyo apenas visible desde el otro extremo surcaba un pequeño prado natural. Este prado apenas parecía más grande que un patio cualquiera, pero en realidad medía varios acres. Su verdor era más vivo que el del bosque circundante, detrás del cual se levantaba una línea de gigantescos barrancos, similares a los que suponemos pisar en este examen del paisaje, y por el cual el camino había ascendido de algún modo hasta la cumbre. La forma del valle, en verdad, era tal que desde este punto de observación parecía enteramente cerrado, y uno no podía menos que preguntarse cómo podía el camino, que había encontrado una salida, haber siquiera entrado. O de dónde venían y hacia dónde iban las aguas del arroyo que cruzaba aquel prado más de mil pies allá abajo.
No hay región tan abrupta e inhóspita que los hombres no puedan convertirla en teatro de guerra. En el bosque, al fondo de aquella ratonera militar donde medio centenar de hombres [3] que dominaran sus salidas podrían hacer morir de hambre a todo un ejército, aguardaban escondidos cinco regimientos federales de infantería. Habían marchado toda la jornada y la noche anterior, y ahora descansaban. Al anochecer retomarían el camino, subiendo hasta el lugar en que dormía el desleal centinela, y bajando por la otra pendiente de la quebrada, caerían sobre el campo enemigo cerca de la medianoche. Su esperanza estaba puesta en la sorpresa, pues el camino conducía hasta la retaguardia adversaria. En caso de fracasar, su posición sería en extremo peligrosa; y con seguridad fracasarían de mediar un accidente o si el enemigo se enterara del movimiento de tropas a través de un espía.

Capítulo II
El durmiente centinela del monte de laurel era un joven virginiano llamado Carter Druse. Hijo único de una familia pudiente, había conocido tanto ocio y educación y buena vida como lo permitía el refinamiento y la riqueza en una zona montañosa del oeste de Virginia. Su casa quedaba a pocas millas de donde ahora se encontraba. Una mañana se había levantado de la mesa, después del desayuno, y había dicho, con voz tranquila pero grave:
–Padre, un regimiento de la Unión ha llegado a Grafton [4]. Voy a unirme a él.
El padre levantó la leonina cabeza, miró al hijo un momento en silencio y respondió:
–Bien, márchese, señor, y pase lo que pase, haga lo que considere su deber. Virginia, a quien traiciona, seguirá adelante sin usted. Si ambos llegamos vivos al final de la guerra, volveremos a hablar del asunto. Su madre, como el médico ya le ha informado a usted, se encuentra en estado crítico; en el mejor de los casos no estará con nosotros más que unas pocas semanas, así que ese tiempo es precioso. Será mejor no molestarla.
Así, Carter Druse, inclinándose reverentemente ante su padre –quien respondió al saludo con una cortesía solemne que ocultaba un corazón roto– abandonó el hogar de su niñez para enrolarse. Por conciencia y coraje, por celo y osadía, pronto fue apreciado por camaradas y oficiales. Y debido a estas cualidades y a algún conocimiento que tenía de la región, se lo había elegido para este peligroso puesto en la extrema avanzada. Sin embargo, la fatiga pudo más que su voluntad y se quedó dormido. ¿Qué ángel, bueno o malo vino luego en el sueño a sacarlo de su estado de culpa criminal?, ¿quién podría decirlo? Sin siquiera un movimiento, sin un ruido, en el profundo silencio y languidez del crepúsculo, algún mensajero invisible del destino tocó con dedos liberadores los ojos de su conciencia, susurró al oído de su espíritu la palabra misteriosa que tiene el don de despertar y que nunca labio humano pronunció ni memoria humana jamás ha recordado. Lentamente despegó la cabeza de los brazos y miró por entre la máscara de tallos de laureles, cerrando instintivamente la mano derecha sobre la culata del rifle.
La primera sensación fue un vivo deleite artístico. Sobre un colosal pedestal, el barranco, inmóvil al borde de la roca saliente y nítidamente recortada contra el cielo, había una estatua ecuestre de impresionante dignidad. Era la figura del hombre montada sobre la del caballo, erguida y marcial, pero con la calma de un dios griego tallado en mármol que petrifica todo movimiento. El traje gris armonizaba con el fondo etéreo [5]; el metal de su atavío y el jaez de la cabalgadura estaban mitigados por la sombra; el pelaje del corcel no tenía puntos brillantes. Una carabina insólitamente recortada descansaba sobre el pomo de la silla, mantenida en su lugar gracias a la mano diestra que la aferraba con el puño, mientras la izquierda, que mantenía las riendas, quedaba oculta. Recortado contra el cielo, el perfil del caballo parecía tallado con la agudeza de un camafeo; a través de las alturas, miraba de frente más allá de los barrancos. La cara del jinete, apenas vuelta, mostraba solamente el contorno de la sien y de la barba: estaba observando hacia abajo, hacia el fondo del valle. Magnificada por su elevación contra el cielo y por la formidable sensación que causaba en el soldado la proximidad de un enemigo, la estatua parecía de un tamaño heroico, casi colosal.
Por un instante, Druse tuvo la extraña sensación de que había dormido hasta el final de la guerra, y que ahora estaba contemplando una noble obra de arte, erigida allí para conmemorar los hechos de un pasado heroico del que él había cumplido una cuota poco gloriosa. Pero un ligero movimiento del grupo quebró el hechizo: el caballo, sin mover las patas, había retrocedido ligeramente del borde del abismo; el hombre permanecía inmóvil como antes. Despierto del todo y consciente de la gravedad del momento, Druse llevó la culata del rifle contra la mejilla, avanzando cautelosamente el caño entre los arbustos; amartilló el arma, y observando por la mira cubrió un punto vital en el pecho del jinete. Un toque en el gatillo y todo habría ido bien para Carter Druse. En ese instante, el jinete volvió el rostro en la dirección de su oculto antagonista. Parecía estar examinando, a través del follaje, la cara misma, los ojos, su corazón bravo y compasivo.
¿Es entonces tan terrible matar en la guerra a un enemigo –un enemigo que ha sorprendido un secreto vital para la propia seguridad y la de nuestros camaradas–, un enemigo más formidable por lo que sabe, que todo su ejército por la multitud de combatientes? Carter Druse palideció, le temblaron los miembros, se tornó débil y vio al grupo estatuario ante él como figuras negras, subiendo, bajando, moviéndose inseguras en arcos de círculos en un cielo de fuego. Su mano soltó el arma, la cabeza cayó lentamente hasta dar de cara entre las hojas. Este corajudo caballero y duro soldado estaba a punto de desmayarse por la intensidad de la emoción.
No fue por mucho tiempo; un instante después irguió la cabeza, las manos retomaron su lugar en el rifle, el dedo índice buscó el gatillo; la mente, el corazón y los ojos estaban claros; sanas, la razón y la conciencia. No podía pensar en capturar a ese enemigo y alarmarlo equivalía a ponerlo de un golpe en el campamento sureño con las fatales noticias. Su deber de soldado era sencillo: debía matar al hombre por sorpresa. Sin previo aviso, sin un instante de preparación espiritual, sin siquiera una plegaria, debía enviarlo a saldar sus cuentas. Pero no: hay una esperanza; quizá no ha descubierto nada, quizá no hace más que admirar la majestad del paisaje. Si se lo permite, acaso dé media vuelta y cabalgue despreocupado hacia el lugar de donde vino. Seguramente se podrá juzgar si sabe algo en el momento preciso en que se marche. Bien podría ser que la fijeza de su atención... Druse volteó la cabeza y miró hacia abajo, como desde la superficie hacia el fondo de un mar transparente. Vio serpenteando a través del verde prado una sinuosa fila de hombres y caballos: ¡algún oficial estúpido estaba permitiendo que los soldados de su escuadrón abrevaran los caballos a campo abierto, bien visibles desde una docena de montañas!
Druse apartó sus ojos del valle y los fijó de nuevo en el grupo de hombre y caballo recortados contra el cielo, y de nuevo aplicó su ojo a la mira del rifle. Pero esta vez apuntaba al caballo. En su memoria, como si se tratara de un mandato divino, sonaban las palabras de su padre en el momento de partir: “Pase lo que pase, haga lo que considere su deber”. Ahora estaba tranquilo. Los dientes apretados con firmeza pero sin rigidez, los nervios tan calmos como los de un bebé dormido, ningún temblor en su cuerpo. La respiración, aunque contenida en el momento de apuntar, era regular y lenta. El deber había vencido. El espíritu le había ordenado al cuerpo: “Calma, no te muevas.” Hizo fuego.

Capítulo III  [6]
Un oficial de las fuerzas federales, en espíritu de aventura o en busca de experiencia, había dejado el vivac escondido en el valle, y con los pies sin rumbo se había abierto camino hasta el borde de un pequeño espacio abierto, cercano al pie del barranco. Meditaba en lo que podía ganar, de aventurarse más lejos en la exploración. A un cuarto de milla adelante, aunque parecía a un tiro de piedra, se elevaba desde su franja de pinos la cara gigantesca de la roca, remontándose a tanta altura sobre él, que le producía vértigo alzar la vista hacia donde su borde recortaba una línea clara, abrupta contra el cielo. Esto presentaba un perfil limpio, vertical, contra un fondo de cielo azul hasta casi la mitad y de colinas distantes apenas más pálidas desde allí hasta la copa de los árboles que estaban en su base. Al levantar los ojos hacia la vertiginosa altura, el oficial vio una escena pasmosa: ¡un jinete cabalgando valle abajo por el aire!
El jinete iba rígidamente erguido, de manera marcial, firme en la silla, y apretando con fuerza las riendas para contener la impetuosa zambullida del corcel. En su cabeza descubierta flotaba ondulante el largo pelo, cual penacho. Las manos, ocultas en la nube de crin levantada del caballo. El cuerpo del animal iba tan horizontal como si cada golpe de los cascos encontrase la resistencia del suelo. Los movimientos parecían los de un galope desbocado, con todas las patas del caballo estiradas hacia adelante como en el caso de completar un salto, aunque cesaron apenas el oficial miró, ¡pero esto era un vuelo!
Preso de terror y asombro por esta aparición de un jinete en el cielo –casi creyéndose el escriba elegido de algún nuevo Apocalipsis–, el oficial fue superado por la intensidad de las emociones: las piernas lo traicionaron y se fue al suelo. Casi al mismo tiempo oyó un estruendo en los árboles –un sonido que murió sin eco– y después todo quedó en silencio
El oficial se alzó sobre las piernas, temblando. La sensación familiar de una canilla contusa [7] le devolvió las aturdidas facultades. Esforzándose, corrió rápida y oblicuamente desde el barranco hasta un punto distante de su base: esperaba allí encontrar a su hombre, y allí naturalmente fracasó. En lo fugaz de la visión, la aparente intención, gracia y elegancia del portentoso hecho había influido tanto sobre su mente que no se le ocurrió que la marcha de la caballería aérea había de ser directamente a pique y que podía encontrar los objetos de su búsqueda en el mismo fondo del barranco. Media hora después regresó al campamento.
El oficial no era tonto; demasiado discreto como para contar una verdad increíble, nada dijo de lo que había visto. Pero cuando el comandante le preguntó si en su reconocimiento había aprendido alguna cosa de provecho para la expedición, respondió:
–Sí, señor, que no hay ningún camino que descienda al valle por el sur.
El comandante, mucho más al tanto, sonrió con discreción.

Capítulo IV
Después de disparar, el soldado Carter Druse volvió a cargar el rifle y siguió vigilando. Apenas diez minutos habían transcurrido cuando un sargento federal se deslizó cautelosamente hacia él, arrastrándose sobre manos y rodillas. Druse no volvió la cabeza ni lo miró; permaneció quieto, como si no lo hubiera notado.
–¿Usted hizo fuego? –susurró el sargento.
–Sí.
–¿A qué?
–A un caballo. Estaba parado sobre aquella roca, bastante lejos. Ya ve que no está más. Se despeñó por el barranco.
La cara del hombre estaba blanca, pero no mostraba signo alguno de emoción. Habiendo respondido, volvió los ojos y no dijo más. El sargento no entendía.
–Mire, Druse –dijo, tras un momento de silencio–, de nada sirve hacer de esto un misterio. Le ordeno dar parte. ¿Había alguien sobre el caballo?
–Sí.
–¿Y bien...?
–Mi padre.
El sargento se puso de pie para marcharse. “¡Dios Santo!”, exclamó.

Notas de Héctor Zabala:
[1] En el original: A Horseman in the Sky (1889).
[2] Más de mil pies: es decir que el precipicio superaba los trescientos metros.
[3] El lector encontrará en algunas traducciones la frase errónea “quinientos hombres”, pero el original inglés dice claramente “half a hundred men”, es decir medio centenar de hombres.
[4] Grafton es un pueblo del condado de Taylor en la Virginia Occidental (West Virginia).
[5] Los confederados o sureños usaban uniforme gris, en contraste con los norteños cuya vestimenta era azul.
[6] En este capítulo, el narrador muestra una cara curiosa de la guerra: cómo la tensión y el continuo diálogo con la muerte suelen provocar terror místico, aun en oficiales veteranos. Así, la figura de un jinete lanzado al vacío induce en la mente del oficial norteño (que observa desde abajo) una sensación de vuelo, una especie de visión apocalíptica, pues nos recuerda a los famosos jinetes del libro bíblico de cierre. La turbación del oficial es tan grande que incluso decide no informarlo a sus superiores por temor al ridículo.
[7] Algunas versiones traducen “abraded shin” como canilla dislocada, pero he preferido canilla contusa (o dañada), porque la palabra dislocar implicaría una articulación. Se llama canilla a los huesos largos, en especial a la tibia y aún más específicamente a su borde delantero.


ANÁLISIS DEL CUENTO “EL JINETE EN EL CIELO”
por Héctor Zabala ©

Ambrose Bierce describía las batallas con la crudeza de alguien que las había sufrido. Este notable escritor no regalaba los oídos de nadie: ni de un público, ávido de heroísmos, ni de gobiernos proclives a mostrar la supuesta faceta amable de lo bélico, ni de políticos militaristas prontos a justificar la fuerza por cualquier motivo. Su visión de la guerra fue siempre de un realismo trágico, severo, duro, incluso aunque se tratase de obras de ficción.

CUESTIONES TÉCNICAS
El autor da ciertos detalles casternses que hacen muy creíble su obra. Entre otros:
• En el primer párrafo, pese a estar dormido, el centinela se halla en posición de cuerpo a tierra y el autor hace hincapié en la forma metódica en que está colocado. En efecto, en esta postura la disposición de las piernas es básica, especialmente la de los talones que no deben sobresalir demasiado del suelo para no servir de blanco a las balas enemigas.
• La pena de muerte para el centinela que no cumple con su deber es un hecho cierto. Ya en los ejércitos de la antigüedad, se la aplicaba como regla básica a quienes se dormían o abandonaban su puesto.
• El pelaje del caballo del jinete sureño sugiere una elección premeditada y muy acorde a su función. En general, a cierta distancia lo opaco pasa más desapercibido o camuflado que lo brillante; máxime en un explorador cuya actividad de reconocimiento lo expone mucho más que a cualquier otro soldado.
• Aunque se califica a la carabina recortada de insólita, en realidad justamente por esto solía ser práctica como arma de defensa personal, tanto para disparar desde un caballo como para disimularla; en especial para un jinete explorador cuya misión no consiste en ir a matar enemigos sino en descubrir la posición adversaria sin ser descubierto a su vez.

LAS DOS HISTORIAS DEL CUENTO
Aquí, Bierce no relata una batalla, ni siquiera un combate, simplemente se refiere a una escaramuza entre un centinela de los federales y un explorador de los sureños. [1]
Su pluma es ágil pese a que describe cuidadosamente la topografía del terreno y muestra con cierto detalle la difícil situación de ambos bandos en un valle cuasi cerrado, al que califica de ratonera militar.
Escondido en un bosque hacia el norte del valle y dispuesto a caer por sorpresa sobre la retaguardia sureña en una operación no exenta de riesgos, el ejército norteño sitúa a un centinela en un lugar elevado. Desde este punto estratégico, el vigía puede dominar todo ese valle boscoso y encajonado hasta tanto se complete la operación de ataque. El ejército sureño se encontraría hacia el sur del mismo valle. Pero…

La historia evidente para el lector.
El centinela se queda dormido, delito que implicaría la muerte, pero despierta justo a tiempo para contemplar la figura de un jinete enemigo atisbando el valle en disputa. Bierce no nos revela enseguida las razones del centinela para no dispararle de inmediato y juega tanto con las dudas del vigía así como con la tensión del momento. El lector puede suponer entretanto que se trata de un impedimento táctico (vgr. la posible cercanía del campamento enemigo o de otros exploradores cercanos) o de la incertidumbre de errar el tiro, lo que haría que el jinete corriera de inmediato a dar aviso de la presencia de un ejército confederado.
Pero al fin el centinela norteño hace fuego. Y jinete y corcel son lanzados al precipicio tras una bala dirigida al caballo. El “vuelo” es visto por un oficial de los federales que se encuentra en el valle y oído por el sargento de guardia.

La historia oculta para el lector.
A priori, sería insólito imaginar un posible cargo de conciencia de parte del centinela por dispararle al jinete. Y sin embargo es así, al final del cuento se revela el porqué de la indecisión: el jinete enemigo era su propio padre.

Haciendo gala de prolijidad y tensión narrativas, Ambrose Bierce nos va dejando varios indicios a medida que avanza en el relato:

1) Indicios sobre la probabilidad de que ambos (padre e hijo) se encontraran en una escaramuza:
1.1) El padre del centinela se había alistado, como era natural, en el ejército confederado (sureño) por ser ciudadano de Virginia. Días antes había sufrido un disgusto por la decisión de su hijo de enrolarse en el ejército contrario o atacante, el de la Unión.
1.2) Enojado o decepcionado, el padre le había dicho: “si ambos llegamos vivos al final de la guerra, volveremos a hablar del asunto”.
1.3) Ambos eran oriundos de la zona, lo que tornaba muy alta la probabilidad de que fueran destinados como avanzadas de reconocimiento en sus respectivas unidades.
Incluso, respecto del hijo se dice: “…su casa quedaba a pocas millas de donde ahora se encontraba”. Y un poco más adelante: “…debido a estas cualidades y a algún conocimiento que tenía de la región, se lo había elegido para este peligroso puesto en la extrema avanzada”.
Todo esto era igualmente válido en el caso del padre. Por ende, un indeseable enfrentamiento militar entre ambos era también muy probable.

2) Indicios de una relación de jerarquía entre el centinela y el jinete:
2.1) “…inmóvil al borde de la roca saliente y nítidamente recortada contra el cielo, había una estatua ecuestre de impresionante dignidad. Era la figura del hombre montada sobre la del caballo, erguida y marcial, pero con la calma de un dios griego tallado en mármol que petrifica todo movimiento…”.
El centinela ve en el jinete adversario a alguien que merece un respeto reverencial. Todavía no sabe que es su padre pero su figura ya le inspira admiración y temor. En aquellos tiempos, un padre inspiraba tales sentimientos. Prueba de esto lo da la propia narración, apenas un párrafo antes: “…inclinándose reverentemente ante su padre –quien respondió al saludo con una cortesía solemne que ocultaba un corazón roto– abandonó el hogar de su niñez para enrolarse.” Y esta sumisión subsistía pese a que acababa de ser maltratado de palabra: “…haga lo que considere su deber. Virginia, a quien traiciona, seguirá adelante sin usted.”
2.2) “...Magnificada por su elevación contra el cielo y por la formidable sensación que causaba en el soldado la proximidad de un enemigo, la estatua parecía de un tamaño heroico, casi colosal.”
El hijo ve en el jinete a un ser superior, digno de erigírsele una estatua. A esto contribuye su propia posición de cuerpo a tierra (rastrera, diríamos), en contraste con la hidalga, casi aristocrática, del padre montado en el caballo sobre el risco cercano.
2.3) Esto condice también con alguna frase suelta del capítulo II, como por ejemplo: “El padre levantó la leonina cabeza…”, sugiriendo que el padre del vigía era una especie de rey en su casa; tomado a la ligera, el lector puede suponer de que sólo se trata de una costumbre personal de cortarse el pelo o de una moda de la época. Por ende, es notable la habilidad del autor para colocar detalles “como al pasar”, que dicen mucho más de lo que en un principio se piensa. Esto, indudablemente, hace de Bierce un gran escritor.

3) Indicios de que el accionar del centinela no resultará en un acto glorioso sino en una especie de crimen o de culpa imborrable:
3.1) El narrador indica al final del primer párrafo que el centinela al dormirse estaba cometiendo un crimen pasible de pena de muerte. Y acto seguido se refiere a él como un criminal. Es necesario decir que en varias traducciones castellanas se omite esta palabra (“criminal”) del segundo párrafo, fundamental como indicio, ya que preanuncia un crimen aún mayor. Incluso más tarde (en el capítulo II), se habla de un estado de culpa o crimen (en inglés, his state of crime) en referencia a quedarse dormido aunque quizá también prefigurando otro crimen futuro.
3.2) El vigía está “…tendido bajo un monte de laurel” y más adelante se agrega que “…miró por entre la máscara de tallos de laureles”. [2]
Estas expresiones se pueden tomar como ironías ya que el laurel es un símbolo de gloria y el centinela estaba rodeado de laureles por todos lados; como quien dice, casi “coronado de laureles”. También se lo podría interpretar como que se durmió en los laureles, cosa que hizo de manera literal y no sólo a modo de metáfora [3]. En todo caso, por sus actitudes no sería merecedor de los honores que simboliza el laurel.
3.3) En un momento dado, el centinela tiene la sensación de ver en el jinete una estatua, una estatua levantada como “…para conmemorar los hechos de un pasado heroico del que él había cumplido una cuota poco gloriosa”. Esto es como un preanuncio de que el centinela no hará nada demasiado destacable en esa guerra, al menos nada que él mismo considere bueno, heroico o glorioso.
3.4) La manera entre indiferente y evasiva con la que responde al sargento (antes de revelarle quién era el jinete) denota que el propio centinela odiaba lo que había hecho.

4) Indicios de que en la escaramuza jinete-centinela sucede algo extraño:
4.1) Al principio, el vigía tiene clara intención de hacer fuego. A mitad del capítulo II, se dice: “…observando por la mira cubrió un punto vital en el pecho del jinete. Un toque en el gatillo y todo habría ido bien para Carter Druse.”
Pero, ¿por qué el narrador dice que todo le hubiera ido bien? Muy sencillo: porque la violencia del disparo, casi con seguridad, hubiera lanzado al jinete al fondo del precipicio sin que el centinela pudiera enterarse jamás de quien se trataba.
4.2) Pero “…en ese instante, el jinete volvió el rostro en la dirección de su oculto antagonista…” A partir de este detalle, el vigía cae en la indecisión. Y luego se agrega que el jinete “…parecía estar examinando, a través del follaje, la cara misma, los ojos, su corazón bravo y compasivo”.
Aquí la pregunta clave sería: ¿por qué un duro soldado, que debía vigilar el valle y el camino, tendría un corazón compasivo con un enemigo peligroso, capaz de descubrir al propio ejército, hasta entonces oculto?
Y enseguida el relato muestra que la confusión del centinela sigue en aumento, pues termina haciéndose preguntas inapropiadas para un soldado entrenado, y encima en situación personal de peligro inminente. Preguntas inapropiadas tales como: “¿Es entonces tan terrible matar en la guerra a un enemigo –un enemigo que ha sorprendido un secreto vital para la propia seguridad y la de nuestros camaradas…?” El asunto se pone cada vez más difícil: “Carter Druse palideció, le temblaron los miembros, se tornó débil…” Y no conforme con esto, el texto sigue creando tensión e incrementando las dudas de los lectores al decir: “Este corajudo caballero y duro soldado estaba a punto de desmayarse por la intensidad de la emoción.” Evidentemente, pasaba algo raro.
4.3) La actitud indecisa del centinela presenta detalles confusos en una primera lectura. Por un lado se afirma: “No podía pensar en capturar a ese enemigo y alarmarlo equivalía a ponerlo de un golpe en el campamento sureño con las fatales noticias. Su deber de soldado era sencillo: debía matar al hombre por sorpresa…”
Pero en oposición a esta lógica, se agrega a modo de monólogo interior del vigía: “Pero no: hay una esperanza; quizá no ha descubierto nada, quizá no hace más que admirar la majestad del paisaje”. Aquí las preguntas claves serían: ¿por qué el centinela se diría a sí mismo que hay una esperanza?, ¿por qué un rudo soldado, que además se enroló voluntariamente, tendría miramientos con un simple enemigo?
4.4) Finalmente, el vigía se decide a actuar cuando comprende que no tiene otra alternativa: el explorador sureño había descubierto movimientos de tropas norteñas en un pequeño prado al fondo del valle.
4.5) Sin embargo, el centinela cambia el objetivo: ahora no apunta al pecho del jinete sino directamente al caballo. Esto debe entenderse como una autodefensa psicológica del personaje: en su desesperación no quiere cometer parricidio directo (si bien por las consecuencias del disparo, sabe que lo cometerá) y prefiere dispararle al caballo para que éste se despeñe arrastrando al jinete en su caída.
Pero todos estos pruritos y dudas del centinela se comprenden recién al final del cuento, cuando queda revelada la identidad del jinete.

TRASFONDO PSICOLÓGICO
Alguien podría decir que se trata de una versión siglo XIX del complejo de Edipo: disputa padre-hijo por la madre (encima, hijo único) que termina con un parricidio. Y Freud chocho. Pero entiendo que no es así de fácil, porque Carter Druse no desea matar a su padre; y cuando lo hace, no le resulta para nada grato.
En principio, no se puede ver en las siguientes palabras del padre un pretexto de alejar al hijo por simples celos: “Su madre, como el médico ya le ha informado a usted, se encuentra en estado crítico; en el mejor de los casos no estará con nosotros más que unas pocas semanas, así que ese tiempo es precioso. Será mejor no molestarla.”
No, el problema era real, la madre estaba moribunda y era lógico, humanitario, que el marido no quisiera imponerle a su mujer una angustia mayor: ver que el único hijo de sus entrañas se plegaba a los enemigos de paisanos, parientes, vecinos y amigos. El pedido (o mandato) paterno tiene entonces un fundamento irrebatible: evitarle a la esposa la vergüenza de saberse madre de un traidor. No hay nada que permita suponer que esa madre fuera una Yocasta o el padre un Layo. ¿Y entonces?
Creo que el nudo del cuento se resuelve con dos preguntas claves:
1) ¿Por qué un joven sureño, nacido y criado en Virginia, se incorpora voluntariamente a las filas del invasor, del enemigo de sus parientes y vecinos?
2) ¿Por qué comunicarle tal decisión a su padre, si es evidente que no necesitaba la autorización paterna para enrolarse?

Hay un tema del que no se habla en el cuento porque no hace falta, dado que lo da el transfondo histórico. Me refiero a la causa más importante de la Guerra de Secesión que, como todos sabemos, fue el asunto de la esclavitud. El sur era esclavista; y el norte, abolicionista.
El cuento no dice explícitamente que el padre fuera esclavista (aunque por su excelente posición económica, sugerida en el capítulo II, lo más probable es que comulgara con tales ideas) ni tampoco que el hijo fuese abolicionista, aunque por su decisión de enrolarse en las filas enemigas también fuera lo más probable.
La respuesta a la segunda pregunta es evidente: hay un espíritu de rebeldía en el hijo que no se completa con plegarse al enemigo sino que, además, dicha rebelión exigía que el padre se enterara de propia boca. Un evidente desafío a la autoridad paterna.
Y esto determina la respuesta a la primera pregunta: una liberación personal y definitiva. Porque, ojo, se trataba de un camino sin retorno: terminada la guerra, el muchacho no podría volver a Virginia sin ser señalado con el dedo ni tampoco vivir en otro estado sureño por igual causa. De ahí que quizá sólo le quedaba emigrar, radicarse en algún estado del norte.
Por lo tanto, su decisión era una forma sencilla de sacudirse de manera radical la tutela paterna, una manera de cortar con el autoritarismo (real o imaginario) del padre. Por ende, es muy probable que este hijo (culto e inteligente, como sugiere el cuento) viera en la lucha Norte-Sur de esta guerra secesionista una crisis ampliada de su propio drama personal. De ahí que al enrolarse en el ejército de la Unión, resuelve dos problemas a la vez: liberarse de la esclavitud del padre y ayudar a la liberación de los demás esclavos.
De todas formas, queda una pregunta más: ¿qué hubiera pasado de haber sido el padre quien descubriera a su propio hijo escondido entre las matas de laurel?, ¿le habría disparado? Bierce no especula sobre el tema, así que la respuesta queda a cargo del lector.

[1] Recordemos que en la Guerra Civil Estadounidense o Guerra de Secesión (1861-1865) los estados del sur intentaron separarse de los del norte a fin de formar otro país, pues la política norteña era adversa a continuar con la esclavitud, por entonces institución en franco retroceso en todo el mundo. Al principio, la confederación sureña se constituyó con los estados de Carolina del Sur, Misisipi, Florida, Alabama, Georgia, Luisiana y Texas, a los que se les unieron poco más tarde Virginia, Arkansas, Tennessee y Carolina del Norte. A decir verdad, comprendía los estados del sudeste norteamericano y no todo el sur como generalmente se dice o se cree.
[2] El laurel connota victoria, gloria. En la antigua Roma se otorgaba la corona de laureles a los generales victoriosos. Actualmente adorna por motivos similares los escudos de muchos países. En ocasiones, también se lo ha utilizado para coronar a campeones deportivos.
[3] Dormirse en los laureles: Esto no está traído de los pelos, ya que en inglés (idioma original del cuento) existe una expresión similar que en castellano: to rest on one’s laurels.


Ambrose Gwinett Bierce nació el 24 de junio de 1842 en Horse Cave Creek, condado de Meigs, Ohio, Estados Unidos. Hijo de Marcus Aurelius Bierce y Laura Sherwood, granjeros calvinistas que bautizaron a sus trece hijos con nombres iniciados con la letra A. El escritor fue el décimo de los hermanos. Ambrose Bierce fue un niño bastante travieso pero inteligente y gran lector.
Al inicio de la Guerra Civil se alistó en el 9º Regimiento de Infantería de Indiana (federal) como topógrafo; durante su carrera fue ascendiendo desde teniente hasta llegar al grado de mayor [1]. Participó de varias batallas y se retiró gravemente herido en la última, la de Kennesaw Mountain, en 1865.
Comenzó a ganar notoriedad a partir de 1867 como periodista en San Francisco (California) por sus ácidos comentarios, ensayos, aforismos y fábulas. Por esa época llegó incluso a dirigir un diario. En 1871 se casó con Mary Ellen “Molly” Day, aristocrática dama de la ciudad, con la que tuvo tres hijos. Desde 1872 a 1875 vivió en Londres, donde inició una gran carrera literaria tras narraciones cortas que le dieron fama de mordaz. Su obra sería recopilada más tarde en varios tomos.
En 1887 aceptó del millonario William Randolph Hearst un puesto en la dirección del San Francisco Examiner con un sueldo importante. Su relación profesional con Hearst duró unos veinte años. En 1888 se separó de su mujer, pero el divorcio nunca terminó de concretarse formalmente y Molly moriría en 1905. Un año después publicó el Manual del Cínico, que sería conocido más tarde como Diccionario del Diablo.
Fueron famosas sus críticas a la corrupción política estadounidense y, en particular, la larga lucha periodística que mantuvo contra los “barones de los ferrocarriles”, quienes pretendían que el Estado les conmutara sus cuantiosas deudas.
En 1912 aparece el último tomo de sus Obras Completas y luego realiza varias diligencias personales que sugieren un largo viaje. En 1913 habría cruzado a México, por entonces en plena revolución, y allí habría desaparecido.
Sobre su destino final se han tejido muchas conjeturas: hay quienes dicen que se incorporó a las filas de Pancho Villa y que murió en combate, otras que habría sido fusilado por las tropas gubernamentales o por las rebeldes y hasta no falta quien aseguró que lo habría asesinado el propio Villa. Para complicar más su leyenda, hay quienes aseveran que nunca fue a México sino que se suicidó o que habría muerto en un manicomio en Napa, California. Incluso hay una versión que sostiene que estuvo en Francia durante la Primera Guerra Mundial. La verdad es que nadie puede afirmar categóricamente cómo terminó su vida. Una investigación iniciada por el gobierno norteamericano, a pedido de su hija Helen, no arrojó ningún resultado.
El mexicano Carlos Fuentes noveló su vida en Gringo viejo, obra que fue llevada al cine en 1989 con el mismo título. Esta película fue dirigida por el argentino Luis Puenzo y protagonizada por Gregory Peck.
Alfred Hitchcock, profundo admirador de Bierce, filmó en 1959 el cuento Lo que pasó en el puente de Owl Creek (An Occurrence at Owl Creek Bridge) para un episodio de su serie Alfred Hitchcock Presenta. Hay también películas sobre algunas de sus narraciones.

[1] El grado de mayor, en algunos países, toma el nombre de comandante.



EL VERDUGO
de Arthur Koestler ©

Cuenta la historia que había una vez un verdugo llamado Wang Lun, que vivía en el reino del segundo emperador de la dinastía Ming. Era famoso por su habilidad y rapidez para decapitar a sus víctimas, pero toda su vida había tenido una secreta aspiración jamás realizada aún: cortar tan rápidamente el cuello de una persona que la cabeza quedara sobre el cuello, posada sobre él. Practicó y practicó y finalmente, en su año sesenta y seis, realizó su ambición.
Era un atareado día de ejecuciones y él despachaba cada hombre con graciosa velocidad; las cabezas rodaban en el polvo. Llegó el duodécimo hombre, empezó a subir al patíbulo y Wang Lun, con un golpe de su espada, lo decapitó con tal celeridad que la víctima continuó subiendo. Cuando llegó arriba, se dirigió airadamente al verdugo:
–¿Por qué prolongas mi agonía? –le preguntó–. ¡Habías sido tan misericordiosamente rápido con los otros!
Fue el gran momento de Wang Lun; había coronado el trabajo de toda su vida. En su rostro apareció una serena sonrisa; se volvió hacia su víctima y le dijo:
–Tenga la bondad de inclinar la cabeza, por favor.



PEQUEÑO ENSAYO SOBRE “EL VERDUGO”
de Héctor Zabala ©

Para cuando Arthur Koestler escribió este cuento (mediados del siglo XX), casos de cabezas cortadas parlantes ya no eran novedad en literatura. Recuerdo, a vuelo de pájaro, que en Las mil y una noches (circa siglo IX) un médico es ejecutado por un déspota desagradecido [1], en parte por causa de un delito, pero más para saciar la curiosidad del monarca por ver el prodigio que el mismo matasanos había anticipado respecto de las peculiaridades de su propia testa. Pese a este antecedente y otros –que seguramente el lector podrá encontrar por ahí– la cosa está muy bien contada por Koestler.
Comprendo que el tema de la pena capital le crispe los nervios a mucha gente, pero no olvidemos que esto es ficción. Por otro lado, hasta una época tan cercana como el siglo XIX, la pena de muerte era la forma habitual de castigar delitos graves en todo el mundo y por ende hay que pensarlo en su contexto antiguo, no como personas del siglo XX ni del XXI. Tampoco Koestler está abogando aquí por la decapitación ni haciendo la apología de la pena de muerte sino que apunta a otra cosa. 
Por lo tanto, veamos esa ejecución de una manera menos subjetiva y emocional, que es como la habrían visto tanto los verdugos como los legisladores y jueces de tiempos antiguos:
Objetivo 1) ¿Cuál era el objetivo oficial y práctico de una ejecución con espada? Lograr matar al reo lo antes posible. Y esto debe aceptarse porque de lo contrario se hubiera legislado (o sentenciado, de permitirlo la ley) algún tipo de ejecución distinta.
Objetivo 2) ¿Cuál fue el objetivo personal del verdugo Wang Lun? Hacer un corte tan perfecto que la cabeza del reo quedara en su sitio. Con esto se evitaba el bochornoso y desagradable rodamiento por el suelo y, además, se probaba a sí mismo que era capaz de la mayor perfección.
Citemos de paso que, durante siglos, la China fue famosa por lo contrario: sus ejecuciones a muerte lenta. Y esto, dada su erudición, Koestler no podía ignorarlo; de ahí que quizás eligiera ese país con mayor motivo, a modo de doble paradoja.
¿Qué resultó de esto? El verdugo Wang Lun logra al fin el corte perfecto, pero debe resignarse a que el reo no muera enseguida. Y hasta debe condescender a que siga caminando contra todo pronóstico posible y encima aguantar la recriminación indignada del otro por su falta de humanidad. Pues ¿qué venganza me queda contra los insultos de un reo a quien ya le corté la cabeza?; o bien, visto desde el otro lado, ¿qué cosa peor puedo temer de un verdugo una vez que ya perdí la cabeza? Dentro del mundo del absurdo, esto no deja de ser también otra ironía.
Koestler nos da a entender que el tajo fue tan instantáneo y certero que todas las conexiones nerviosas y circulatorias quedaron rotas pero cohesionadas a nivel molecular por lo perfecto del sablazo. Obviamente, aquí la historia se aleja por completo del género realista.
El resultado final fue que el verdugo logró el Objetivo 2 pero a costa del Objetivo 1, que era el fundamental y por el cual le pagaban un sueldo. Es decir, que la celeridad y perfección del corte no implicó una muerte rápida.
El cuento, más allá de la crueldad argumental, apunta a enseñarnos una lección: con la perfección absoluta, a veces sólo logramos la imperfección. Y esto me recuerda lo que en muchas ocasiones se lee en textos administrativos y económicos cuando se dice que una entidad, país o empresa debe ser eficiente hasta el límite: pero cuidado, que en pos de lo excelente, acabemos por no hacer lo bueno.
De ahí entonces que, según entiendo, El verdugo sea una gran ironía contra la búsqueda de la eficiencia absoluta, ironía que utiliza como pretexto una metáfora literaria a manera de planteo absurdo a fin de provocar mayor efecto.
Por supuesto que puede haber otras lecturas o enfoques sobre este cuento, que dejo en manos del lector.


Arthur Koestler nació en Budapest el 5/9/1905. Fue un novelista, periodista, ensayista, historiador, activista político y filósofo social húngaro, de origen judío por parte de madre. Su nombre de nacimiento era Kösztler Artúr, que cambió por el que se lo conoce mundialmente al adoptar la ciudadanía británica.
Su pensamiento político-social fue modificándose a través de los años. De comunista “romántico” pasó a ser sionista entre 1922 y 1929, para luego afiliarse al partido comunista de Berlín en 1931. Corresponsal de guerra en la Guerra Civil Española, fue condenado a muerte por el franquismo en 1937 pero luego canjeado en un intercambio de prisioneros. Más tarde se convirtió en un enemigo acérrimo del comunismo, fue apresado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial y recluido en el campo de concentración de Vernet d'Ariège. Puesto en libertad condicional en Marsella gracias a un agente del servicio de inteligencia, logró pasar a Argelia y desde allí a Casablanca con destino final en Londres.
Por si lo anterior no bastara, no sólo se declaró ateo sino que escribió e hizo declaraciones sobre el judaísmo que se consideraron polémicas. Y para más paradoja, si bien su lengua materna era el húngaro y sabía alemán, buena parte de su obra la escribió en inglés.
Ya enfermo de leucemia y padeciendo el mal de Parkinson, se suicidó en Londres el 3/3/1983.

Obras:
Diálogo con la Muerte. Testamento español; Espartaco: Los gladiadores (1940); Oscuridad a mediodía. El cero y el infinito (1941); La espuma de la tierra (1941); Llegada y salida (1943); Ladrones nocturnos (1946); La edad de la insatisfacción (1950); Flecha en el Azul (1952); La escritura invisible (1954); Reflexiones sobre la horca (1957); Los sonámbulos (1959); El espíritu de la máquina (1968); Las call girls (1973); El talón de Aquiles (1974); Las raíces del azar (1974); El desafío del azar [2] (1975); El Imperio Kázaro y su herencia (1976); Janus: A Summing Up (1978).

[1] Mil y una noches, Historia del visir del rey Yunán y del médico Ruyán (noches 4ª y 5ª).
[2] En colaboración: Alister Hardy, Robert Harvie y Arthur Koestler (1975).



JULIANO, EL APÓSTATA
(novela histórica de Gore Vidal)
por Héctor Zabala ©

RESEÑA
En primer término, corresponde aclarar que la obra en inglés se llama Julian, es decir Juliano, pero en su traducción al español (y quizá con la idea de seducir más a los posibles lectores) se le agregó el apodo que le endilgaran en la antigüedad sus adversarios político-religiosos.
Su nombre era Flavio Claudio Juliano y fue emperador de Roma desde el 3 de noviembre de 361 hasta su muerte en combate, acaecida el 26 de junio de 363 en Maranga, Mesopotamia, durante su campaña contra Sapor I, rey sasánida, vecino del Imperio Romano en su frontera fluvial del Éufrates. Había nacido en Constantinopla en 332, por lo que sólo contaba 31 años; su nombre imperial abreviado es Juliano II.
Esta novela histórica de Gore Vidal es muy interesante. El autor se documentó muchísimo (incluso, al cierre del libro ofrece toda una bibliografía para consulta) y su pluma logra revivir no sólo el carácter de este peculiar emperador sino también el espíritu de su tiempo, signado por la decadencia de la antigua religión grecorromana –hoy conocida como paganismo o helenismo– y el avance de la fe cristiana como religión cuasi estatal del imperio. En su relato no faltan tampoco las constantes disputas dentro del seno cristiano, cuyos principales líderes (obispos) –y ya descontada la derrota pagana– pugnaban por imponerse unos a otros sus particulares criterios doctrinarios, ora recurriendo a las autoridades imperiales, ora mediante la violencia directa. Es decir, el escritor refleja también de manera tangencial (y a veces no tanto) la lucha sórdida y hasta cruel entre arrianos (no trinitarios) y atanasianos (trinitarios), que también marcó la época, y que implicó asesinatos desde una y otra facción.
Este ambiente envilecido de la cristiandad de su tiempo, sumado a que su pariente Constantino el Grande –defensor del nuevo credo– liquidara a toda la rama familiar de Juliano para asegurarse la propia sucesión imperial, hacen que Juliano, un hombre que amaba la filosofía y la lógica, descrea del cristianismo como meta de elevación humana (fe que le fuera inculcada de chico en su vigilado destierro de Capadocia, Asia Menor) al percatarse de la enorme contradicción entre lo que predicaban y lo que hacían en la práctica sus principales dirigentes.
La obra muestra toda la vida del protagonista casi desde sus comienzos y nos describe con amplio detalle a sus maestros y mentores, tanto cristianos como paganos, sus amigos (entre quienes se encuentra la emperatriz Constancia, esposa de su primo Constancio II), sus sueños, su idea de restaurar el antiguo culto al que considera como “más natural y lógico” por ser –según su criterio– más abierto, libre y realmente universalista.
En un principio la idea de Juliano fue la de llegar a ser filósofo y a tal efecto su plan era estudiar y enseñar en Atenas, centro universitario de primer nivel en aquellos días. Entretanto, su hermano Galo había sido nombrado césar de Oriente por Constancio II, pero luego ejecutado por traición. 
Él seguirá siendo observado, en realidad vigilado, por Constancio II, cosa que lo mantendrá en constante zozobra. Por fin, a instancia de la emperatriz, Juliano es nombrado césar de Occidente y como tal desarrollará su gran campaña defensiva de la provincia de Galia (actual Francia), muy próxima a caer en manos germanas. Allí el filósofo, con ayuda de un general experto, Salustio, se convertirá en un genio militar, que más tarde intentará usurpar la púrpura del primo, pero los hados le depararán un destino mucho más heroico.
A la religión de los galileos (así llama al cristianismo, porque sus fundadores nacieron en Galilea), Juliano la considera absurda, llena de contradicciones, una mala variante del judaísmo, cuyo credo y dios Yahvé habrían sido siempre exclusivamente locales, y no universales (católicos) como pretendían por entonces los obispos, según lo registrado en la misma Biblia judía (Antiguo Testamento). En cuanto a Jesús de Nazaret lo juzga como un simple rabino rebelde, ajusticiado por razones distintas a las mostradas en los evangelios. También entiende que la historia personal de Jesús así como sus buenas ideas habían sido tergiversadas más tarde por los obispos “galileos” en pos de razones de estrategia político-doctrinaria.
Una vez emperador, su gran meta es restaurar el helenismo. Para ello intenta copiar la organización que los cristianos venían desarrollando bajo el amparo de Constantino el Grande y sucesores, a fin de que la competencia de credos no favorezca a ninguno en particular. En síntesis, como jefe de estado es partidario de la libertad de cultos, pero para que todo sea más equitativo tratará de fortalecer a la antigua religión grecorromana a fin de descontar la amplia ventaja alcanzada por la cristiandad.
No persigue a los cristianos ni tampoco promueve persecuciones, si bien en algunos casos los acusa de incendiar templos helenistas (no es un pretexto, realmente los cree culpables) y por ende les aplica castigos pecuniarios o relacionados con el culto, pero nunca corporales ni mucho menos de muerte. También llega a prohibir la enseñanza de los clásicos griegos a los filósofos cristianos, consciente de que las escrituras del Nuevo Testamento (con su griego koiné) son de calidad muy inferior a lo escrito por los antiguos poetas y filósofos como Homero, Hesíodo, Platón, Aristóteles, etc.
El autor utiliza un esquema interesante para desarrollar su obra. Unas supuestas memorias de Juliano, que uno de sus amigos filósofos, Prisco, le vende con anotaciones marginales propias a otro amigo común, Libanio, quien a su vez desea “escribir la verdad” sobre el emperador-filósofo. Cabe aclarar, que tanto Prisco como Libanio fueron personas reales y amigos de Juliano. Gore Vial aprovecha para jugar con los supuestos celos y envidias entre estos dos intelectuales y hacer así más amena su novela, que de por sí es larga y en algunos pasajes un tanto pesada, sobre todo al promediar su desarrollo.
Asimismo, el escritor utiliza la ironía y la hipérbole con cierta frecuencia, como cuando por ejemplo para remarcar el gran poder del eunuco Eusebio, chambelán de palacio a las órdenes del emperador Constancio II, nos ilustra diciendo que corría el chiste que para obtener algún favor de Eusebio lo más seguro era dirigirse directamente al emperador porque al parecer tenía cierta influencia sobre su subalterno.


LA IDEA RESTAURADORA
La pregunta subyacente que nos deja la obra de Gore Vidal es simple: ¿Qué hubiera pasado de haber vencido la idea de Juliano? Y la respuesta también subyacente de la novela es que quizá, pero sólo quizá, el mundo habría sido más humanitario.
Es decir, sin el monopolio de la religión en Europa, el catolicismo y sus distintas variantes evangélicas y protestantes, tal vez hubieran tenido que esforzarse en tener líderes más decentes, lo que hubiera llevado a instituciones religiosas más comprensivas y benévolas, si es que pretendían competir con ventaja con el paganismo en cuanto a prestigio y celo amoroso hacia sus semejantes.
De ahí que quizá nos hubiéramos ahorrado inquisiciones, cazas de brujas, cruzadas, persecuciones, esclavitud racial, purgas de todo tipo, hogueras de libros (y de autores), censuras absurdas, etc. porque “queda muy mal hacer cosas que del otro lado, en el bando pagano, no se hacen”. En fin, quizá el cristianismo europeo hubiera puesto en práctica realmente eso de “amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo” y los dos últimos Papas se hubieran ahorrado así de pedir disculpas públicas por las aberraciones cometidas por algunos de sus antecesores y el catolicismo en general. 
Sin embargo, personalmente soy escéptico. Católicos, protestantes y ortodoxos conforman decenas de variantes y cuando tuvieron oportunidad, trataron de imponer su doctrina por la fuerza como SU verdad única y hasta organizado y sostenido guerras religiosas por nimiedades, tal como ocurrió durante todo el siglo XVII en Francia, sólo por dar un ejemplo. Tales métodos violentos también fueron aplicados en la conquista de América y en casi todos los demás países europeos a fin de lograr una única fe.
Por lo tanto la contrapregunta sería: ¿Acaso los hubiera detenido una religión más y diferente?, ¿o más bien los paganos hubieran respondido con iguales armas? No sé, pero los musulmanes están en Europa sudoriental desde hace siglos y esto sin hablar de los judíos que se repartieron por casi todo el continente, y si bien es cierto que ambas religiones son minorías, no significó ningún cambio significativo de actitudes. En el siglo XIII los albigenses conformaron un credo muy extendido en el sudoeste francés (país de Oc) y tampoco se aprendió mucho, más bien las fuerzas “cristianas” los exterminaron tras una terrorífica campaña de la que no fue ajeno el papado. Así que permítaseme ser escéptico. De todas maneras, quizá hubiera valido la pena hacer la prueba.


ALGUNOS DETALLES INTERESANTES, EXTRAÑOS Y DUDOSOS
Gore Vidal es un autor prolijo. Para hacer su novela recurrió a diversas fuentes y estudió concienzudamente la historia de Juliano II. De hecho, la crítica se ha centrado mucho más en la intencionalidad del escritor y en su supuesto anticristianismo que en la propia obra como reflejo cabal de la verdad histórica. Y sin embargo, encontré una falla evidente, por lo menos.
1) O mejor dicho dos, pero que son repeticiones de un mismo error de concepto. Veamos:
1.a) En Juventud, primera parte de la obra, hay un pasaje del capítulo III (páginas 49/50) en el que el emperador dice:
“Pero en aquellos tiempos no llegaba a ser filósofo. Estudié lo que me señalaron. El diácono que me proporcionó la instrucción fue de lo más lisonjero.
–Tenéis un don extraordinario para el análisis –dijo un día en que revisábamos el parágrafo 14, versículo 25, del Evangelio según san Juan, texto en que los arrianos se apoyaban en su argumentación contra los atanasianos–. Tendréis un destacado futuro, estoy seguro.”
1.b) En el capítulo XVII (página 400) de Augusto, tercera parte de la obra, se lee: 
“…Unos pocos ya habían comprendido adónde iba a parar mi argumentación. «Bien, entonces ¿cómo puede ser gobernador un galileo cuando el Nazareno le ha ordenado expresamente no tomar la vida de nadie, como puede leerse en ese libro que, según se dice, es de Mateo, en el capítulo XXVI, versículo 52, y otra vez en la obra del escritor Juan?» Siempre usé sus propia armas para luchar contra ellos; ellos usan las nuestras para atacarnos”.

En ambos casos no hay errores de fondo en las citas bíblicas, pero sí errores de forma. El verdadero Juliano jamás hubiera podido hacer estas citas señalando el capítulo (en el primer caso se lo llama parágrafo, pero viene a ser lo mismo), simplemente porque la Biblia no estaba dividida de tal suerte. Si bien los textos masoréticos ya establecían la división en versículos, la partición en capítulos es de tiempos más modernos y se debe a un impresor, Robert Estienne (o Estéfano), quien en 1553 editó la Biblia completa tal como se la divide y conoce actualmente. Es decir, hubieran faltado unos doce siglos para que tales pasajes de la novela pudieran tener asidero.

2) Otro error muy probable es que Anatolio y Prisco jugaran a las damas. Quizá el autor quiso darle un toque de intelectualidad al aburrimiento de un no combatiente como Prisco, quien acompañaba al emperador por razones de amistad y para hacerle la vida más amena con discusiones filosóficas.
Pero veamos:
2.a) Prisco: “En una ocasión en que Anatolio y yo estábamos jugando a las damas, Víctor pasó muy rápido a través del campamento a la cabeza de una columna de caballería ligera…” Fechado en el campamento de Coche entre los días 16 y 18 de mayo de 363, capítulo XXI de Augusto (página 520).
2.b) Juliano: “Me detuve en la tienda de Anatolio. A través de la abertura pude ver a Anatolio y Prisco jugando a las damas…” Fechado en el campamento de Maranga el 25 de junio de 363, capítulo XXII de Augusto (página 560).
2.c) Prisco: “El mismo día enterré personalmente al pobre Anatolio… Guardé su tablero de damas, pero lo he perdido –naturalmente– en el viaje desde Antioquía a Atenas. No me ha quedado nada…” Fechado el 27 de junio de 363 en el mismo campamento, capítulo XXIII de Augusto (página 573).

Ahora, ¿por qué un error? Porque es casi seguro que en aquella época todavía no se habría inventado el juego de damas, según las últimas investigaciones sobre el tema.
De todas formas, el error del autor es atendible. En la época en que Gore Vidal escribió esta novela histórica (1964), los historiadores suponían que las damas habían sido inventadas antes de la era cristiana en el antiguo Egipto o en la antigua Persia, con lo cual habrían sido creíbles estos párrafos del libro.
Pero más tarde, tales orígenes fueron refutados por el historiador holandés Govert Westerveld.
La moderna teoría entiende que este juego es muy posterior al ajedrez mismo (el ajedrez habría entrado en Europa por los siglos VI o VII de nuestra era, procedente de oriente) y lo sitúan en España o en el sur de Francia alrededor del año 1100, aunque Westerveld también refuta esta idea y lo sitúa aún más cerca de nosotros, como a fines del siglo XV en Valencia.
Éste es un ejemplo más de lo difícil que es escribir una novela histórica sin caer en probables anacronismos. Pequeños detalles como éste, que por ahí podían haber sido obviados, logran afear una buena obra.

3) Quizá alguien crea encontrar otro error en la palabra polenta, comida elaborada hoy con harina de maíz. En efecto, siendo el maíz una planta de origen americano, el anacronismo sería evidente. Pero ocurre que en los últimos siglos la polenta de maíz se tornó tan popular que en la práctica desplazó a todas las demás, a tal punto que en muchos lugares se supone que sólo se puede hacer con maíz. En la antigüedad existían la polenta de cebada y también la de trigo. Probablemente por su gusto más agradable, el maíz reemplazó a los otros cereales después del descubrimiento de América.


4) Para quienes supongan que Gore Vidal aprovecha su obra para incluir críticas de su propia factura contra el cristianismo, cabe aclarar que el pensamiento de Juliano II en la novela es muy similar al de algunas obras que se conservan de ese jefe de estado, en especial del texto conocido como El legado de Juliano, dirigido al cuestor y filósofo Libanio. En ese documento histórico, el emperador califica muy mal a la cristiandad de su época y asegura que el mensaje y la historia de Jesús de Nazaret fueron tergiversados después de su muerte. Incluso afirma que el relato de los evangelios no coincide con las leyes, tradiciones y costumbres de los judíos contemporáneos a Jesús. Si hay error en estas apreciaciones (y quizá lo haya en más de un caso), tal cosa debe ser atribuida al propio Juliano, y no a Gore Vidal, quien simplemente reflejó su pensamiento.

5) Una metodología que no me agrada es que el escritor haya utilizado los nombres modernos para referirse a países, ciudades y accidentes geográficos antiguos. Por ejemplo: París en lugar de Lutecia; Hungría en vez de PanoniaEstrasburgo, cuyo nombre antiguo era Argentoratum, Milán, que se llamaba Mediolanum, etc. Es cierto que tal metodología la aclara en el prólogo, pero de todas formas se pierde sabor histórico; a uno le da la impresión de estar leyendo continuos anacronismos. Quizá hubiera sido mejor poner un listado al principio de la obra con todos los nombres antiguos y sus equivalentes modernos para guía del lector. En fin, de todas formas, no deja de ser una cuestión de gustos.  

6) Un detalle histórico rarísimo, que no sé si debe atribuirse al novelista o al proceder del emperador, es que Juliano se haya lanzado a una ofensiva contra el imperio sasánida (en la novela se habla de persas, pero esto está bien aclarado) hasta llegar ante las murallas de Ctesifonte y descubrir que esta capital no podía ser tomada por falta de material de sitio. Realmente un absurdo en un general de experiencia, máxime cuando contaba en sus filas con Hormisda, príncipe candidato al trono sasánida y hermano de Sapor que, se sobreentiende, conocía perfectamente la ciudad. 


7) Un tema de pura conjetura es que a Juliano lo haya matado un soldado de propia tropa y no un enemigo. Esto se basa en la supuesta traición de algunos oficiales cristianos del ejército de Oriente, cuyo cabecilla habría sido el conde Víctor; un rumor al parecer muy extendido en la antigüedad. De ahí que la resolución de su obra pueda aceptarse como dentro de lo normal en una novela histórica, máxime cuando las investigaciones modernas no han llegado a ninguna precisión en tal sentido. En efecto, se sabe que Juliano II murió en el transcurso de una batalla, pero no quien lo mató.


Gore Vidal
Su nombre completo es Eugene Luther Gore Vidal. Nació el 3 de octubre de 1925 en West Point, Nueva York, Estados Unidos. Es narrador, ensayista y guionista. Hijo de un militar (de ahí su nacimiento en una institución de ese tipo), se trata de un escritor irritante para el stablishment, no tanto por su declarada inclinación sexual, sino más bien por su pensamiento político y social, dirigido casi siempre a favor del más débil o a denunciar los graves defectos (reales o supuestos) de la sociedad y gobierno norteamericanos. Una simple mirada a los títulos de sus obras nos dará una idea cabal del asunto, por ejemplo: Decadencia y caída del Imperio Americano, Guerra perpetua para la paz perpetua o Cómo llegamos a ser tan odiados, América Imperial: Reflexiones sobre los Estados Unidos de Amnesia, etc. Candidato a diputado por el partido Demócrata en 1960, perdió por escaso margen en su distrito de Hudson River, tradicionalmente republicano.

Sus obras:
Ensayos en inglés: Rocking the Boat (Balanceando el barco, 1963); Reflections Upon a Sinking Ship (Reflexiones sobre un barco que se hunde, 1969); Sex, Death and Money (Sexo, muerte y dinero, 1969); Homage to Daniel Shays (Homenaje a Daniel Shays, 1973); Matters of Fact and of Fiction (Cuestiones de hecho y de ficción, 1977); The Second American Revolution (La Segunda Revolución Americana,1982); Armageddon (Armagedón, 1987); At Home (En casa, 1988); A View From The Diner's Club (Una vista del Diners Club, 1991); Screening History (Historia de proyección, 1992); Decline and Fall of the American Empire (Decadencia y caída del Imperio Americano, 1992);  United States: essays 1952-1992 (Estados Unidos: ensayos 1952-1992, 1993); Virgin Islands (Islas Vírgenes, 1997); The American Presidency (La Presidencia Americana, 1998); Perpetual War for Perpetual Peace or How We Came To Be So Hated (Guerra perpetua para la paz perpetua o Cómo llegamos a ser tan odiados, 2002); El Último Imperio: Ensayos 1992-2001 (2001); Imperial America: Reflections on the United States of Amnesia (América Imperial: Reflexiones sobre los Estados Unidos de Amnesia, 2004);
Ensayos traducidos al castellano: Una Memoria (1995); Sexualmente hablando (1999); Patria e imperio (2001); Soñando la guerra (2002); La invención de una nación (2003).
Teatro: Visit to a Small Planet (Visita a un pequeño planeta, 1957); The Best Man (El mejor hombre, 1960); On the March to the Sea (Sobre la marcha al mar, 1960-1961, 2004); Romulus (Rómulo, 1962); Weekend (Fin de semana, 1968); Drawing Room Comedy (Comedia de salón de dibujo, 1970); An evening with Richard Nixon (Una noche con Richard Nixon, 1970).
Novela y narrativa en inglés: Williwaw (1946); In a Yellow Wood (En un bosque amarillo, 1947); The Season of Comfort (La temporada de confort, 1949); A Thirsty Evil (Una mala sed, 1956); Washington, D.C. (1967); Two Sisters (Dos hermanas, 1970); Burr (1973); Kalki (1978); 1876 (1976); Duluth (1983).
Novela y narrativa traducidas al castellano: La ciudad y el pilar de sal (1948); En Busca del Rey (1950); Verde oscuro, rojo vivo (1950); El juicio de París (1953); Mesías (1955); Juliano el Apóstata (1964); Myra Breckinridge (1968); Myron (1975); Creación (1981); Lincoln (1984); Imperio (1987); Hollywood (1989); En directo del Gólgota: el evangelio según Gore Vidal (1992); La Institución Smithsoniana (1998). La edad de oro (2000);
Obra bajo seudónimo: A Star's Progress o Cry Shame! (Un progreso de estrella o Vergonzoso grito, 1950) como Katherine Everard; Thieves Fall Out (Ladrones caen, 1953) como Cameron Kay. Y como Edgar Box: Muerte en la Noche (1953), Muerte en la Quinta Posición (1954) y Death Likes It Hot (A la muerte le gusta caliente, 1954).



EL NAUFRAGIO DE LA EDUCACIÓN COMO ARTE
Y CIENCIA EN LA SOCIEDAD COSIFICADA
de Gustavo Flores Quelopana ©
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía.
Ponencia en el Congreso de Estudiantes de Filosofía en la Universidad Nacional de Trujillo. Diciembre de 2011.

Las escuelas son la base de la civilización.
Domingo F. Sarmiento
Resumen
Una cultura que pone en primer lugar el “tener” al “ser” es antieducativa por naturaleza, ocasiona la huída de sí mismo, la evasión interior, el miedo al otro, instaura la crisis de la alteridad, suprime las carreras humanísticas porque no dan dinero, enfoca lo educativo como un bien de consumo en vez de verlo como inconmensurable y espiritual, cree que la educación es la formación de competencias ahondando el reduccionismo economicista de lo formativo, lleva hacia la obliteración de la inteligencia en plena era del conocimiento; lo cual hace imperativo darse cuenta que la era del conocimiento está naufragando y lo que hace falta ahora es ingresar a la era de la responsabilidad social en donde se deje de controlar el conocimiento y cese la supresión del espíritu crítico.

I.
Se ha dicho que a la Era de la Máquina (revolución industrial de la sociedad mecanicista y burocrática) le sigue la Era del Conocimiento (revolución de la información de la sociedad humanista y cognoscitiva).Y, sin embargo, la Era del Conocimiento está naufragando porque la misma se está dando dentro de una civilización que no reconoce las dos dimensiones inherentes del hombre, a saber, la dimensión inmanente y la trascendente. Se queda miope con la primera y deshecha con la segunda porque resulta ser un estorbo para el deshumanizante consumismo de la sociedad anética y postmetafísica. ¡La persona humana está muriendo! porque el conocimiento, que es el que crea valor, está siendo instrumentalizada por la esencia del dinero, que es la indiferencia a todo valor.
El capitalismo del final de los tiempos está culminando con la tragedia de la cultura y de la educación al completar el fetichismo de la mercancía en el corazón mismo del proceso educativo. Los educadores de hoy son portadores de información y de multitud de ideas pero carecen del vigor y de la vitalidad para encarnar en sí ninguna de las ideas que predican. No son profetas ni apóstoles del conocimiento, por eso que no motivan ni incitan pasión por los ideales, son simplemente sacerdotes del conformismo, enemigos del forjarse una personalidad propia, defensores del espíritu de rebaño. Y esto es así porque provienen de familias y escuelas que sólo inculcan el temor a ser diferentes; escuelas y familias que a su vez reproducen la omnipotencia impersonal del Estado o de las burocracias cibernéticas del liberalismo.
Estos leviatanes sólo han creado al “hombre-organización”, que sólo sabe tener opiniones pero no convicciones, sabe divertirse pero es profundamente infeliz porque la obediencia voluntaria a poderes anónimos e impersonales lo convierten en cosa que lo van corrompiendo interiormente. El hombre cosificado no es patrimonio exclusivo de los regímenes totalitarios, sino que está muy presente en los llamados fenómenos totalitarios intrademocráticos de Occidente. Nada más engañoso que caer en el mito del seudo orgullo de las democracias occidentales de haber superado realmente el autoritarismo. Ahora se puede comprender mejor la importancia de la desobediencia civil que se constituye en un faro de luz moral entre las tinieblas del conformismo.
Se entiende entonces por qué la situación de la educación en el Perú y en América Latina es dramática y no es muy distinta a la crisis que la sacude a nivel mundial. Quizá la diferencia notoria entre la educación  en  nuestra Subregión –a excepción de Cuba– y los países del Primer Mundo es la inversión tan desigual en el sector, pero lo que afecta por igual a ambos es aun más grave. Y se trata de que la educación mundial está enferma porque le falta un gran espíritu que la conmueva y motive.
Una cultura que pone en primer lugar el “tener” al “ser” es antieducativa por naturaleza, ocasiona la huída de sí mismo, la evasión interior, el miedo al otro, instaura la crisis de la alteridad, suprime las carreras humanísticas porque no dan dinero, enfoca lo educativo como un bien de consumo en vez de verlo como inconmensurable y espiritual, cree que la educación es la formación de competencias ahondando el reduccionismo economicista de lo formativo, lleva hacia la obliteración de la inteligencia en plena era del conocimiento; lo cual hace imperativo darse cuenta que la era del conocimiento está naufragando y lo que hace falta ahora es ingresar a la era de la responsabilidad social en donde se deje de controlar el conocimiento y cese la supresión del espíritu crítico.
Nuestra educación se encuentra actualmente secuestrada por el lucro privado y la indiferencia pública. El modelo educativo por competencias se nos quiere presentar como la única alternativa, cuando existen otros modelos menos deshumanizadores, como el de las inteligencias múltiples, la espiral dinámica, etc. Y en plena expansión de la globalización neoliberal se pone en evidencia que los criterios de rentabilidad, eficiencia y productividad no se pueden aplicar a lo educativo. Lo educativo no es un valor cuantitativo sino cualitativo y por lo tanto sus criterios de evaluación deben ser igualmente cualitativos. El no hacerlo ha provocado que la calidad humana haya descendido a profundidades tan alarmantes que una verdadera revolución educativa es cuanto más necesaria como imperiosa en momentos que en nuestras sociedades crecen las tendencias anéticas y anómicas.
Para una subregión considerada como mercados emergentes es insostenible seguir ostentado un retraso de tres décadas en inversión y desarrollo humano-educativo. Es más, para tener una adecuada educación nuestras sociedades tienen la obligación de preguntarse qué tipo de sociedad quieren construir. Sin un proyecto de país las reformas educativas seguirán yendo a la deriva.

II.
Las cualidades del ser humano no son neutras respecto al sistema social y son conformadas en el mundo moderno de tres maneras centrales: la que está basada en la competencia, en el modelo de libre mercado de los países anglosajones; la basada en la igualdad, del modelo social de mercado de la Unión Europea; y la basada en la solidaridad, del modelo socialista cubano. De modo periférico, los países del Tercer Mundo copian mal los modelos capitalistas, generando más distorsión y acentuando los defectos en la formación educativa.
Creo que esta es la principal limitación de todas las propuestas educativas académicas: soslayar el problema del sistema social más adecuado para el modelo pedagógico. Por eso, proponer la formación de nuevas cualidades o el desarrollo del pensar investigativo en un sistema social basado en la prepotencia del dinero no lleva a un mejoramiento del ser humano en su conjunto, sino a lo sumo puede alcanzar la formación de élites privilegiadas en lo educativo y en lo cultural, pero no a una verdadera transformación social.
Claro que hay excepciones y el caso de Milton Hershey es ejemplar en los Estados Unidos, pues él dio testimonio de cuánto puede hacer un generoso corazón por la educación. Con su imperio del chocolate creó todo un pueblo completo, un orfanato y cuidó amorosamente de la educación.
Educador no es aquel que ve lo que el otro es, sino aquel que atisba lo que puede ser. Pero la educación si bien es formadora, y ese es su lado activo, también es transmisora, y ese es su lado pasivo. Por consiguiente, el cambio humano que se propone la educación debe estar presidido por un cambio político firme y enérgico a favor de la educación. En este aspecto la educación está íntimamente relacionada con el principio de amor y de formación de los aspectos más nobles de la existencia humana.
Y para ello se debe construir una sociedad más humana, solidaria y justa. De lo contrario, lo que se construye en las aulas se puede echar a perder en la sociedad. Hacer traspasar conocimientos y sentimientos de su propio yo a los demás seres humanos y dirigir todas sus facultades y su imaginación al propósito de autorrealización personal para lograr una existencia armónica, fructífera y creadora consigo mismo y con los demás, es el objetivo. Pero esta tarea es imposible llevarla a cabo si solamente está dirigida hacia el intelecto, el sentimiento o hacia la voluntad. Es decir, sin ver que el hombre es una totalidad integrada de voluntad, emoción y pensamiento sólo se consiguen seres unilaterales, deshumanizados especialistas, hábiles y glaciales tecnócratas, indiferentes a las demás dimensiones de la realidad humana.

III.
Es por ello que la Educación no es solamente una ciencia sino también un arte, y lo es porque está dirigido no hacia un frío objeto carente de subjetividad, sino hacia una persona que trasciende la objetividad y encuentra lo más decisivo de sí misma  en  sus  propias profundidades.  No  hay  duda  de que se puede aprender la carrera de educación y ejercerla con discreta habilidad, pero también es indiscutible que se nace educador así como se nace científico, deportista o filósofo.
En este punto hay que decir que la tarea de descubrir la vocación de educador no es asunto sencillo, y hoy menos en una sociedad competitiva, que arroja a miles de jóvenes al mercado laboral antes de que éstos puedan en realidad tener la más mínima idea de sus verdaderos intereses. El resultado es que la labor educativa, como en muchas otras áreas de la actividad humana, se encuentra anegada por profesionales sin vocación ni apostolado, incapaces de insuflar nuevos ímpetus en la labor de descubrimiento de lo que el pupilo puede ser.
La educación está en crisis y con ella el ser humano. El hombre no sólo se ha vuelto el principal enemigo del hombre, sino que lo es de sí mismo. Se está tocando hondo en esta espeluznante civilización del lujo, la avaricia y el lucro. Y lo más pasmoso de esta crisis mundial de la educación es que nunca como antes la civilización humana tuvo a su alcance tantos medios materiales para  realizarla y nunca como ahora estuvo tan desprovista de los medios espirituales para llevarla a cabo.
La civilización que endiosa el dinero está colapsando porque su espíritu está muriendo; el pathos superior que insufla a toda gran cultura no encuentra el terreno fértil y fecundo cuando se soslayan las necesidades humanas de la piedad, el amor, la caridad, la fraternidad y la libertad unida a la justicia.
En los hombres de hoy ya no hay bizarría en la mirada, grandeza en el gesto, pujante generosidad, galopante necesidad de dar amor, y en vez de que las personas se vean envueltas y enjoyadas por una aureola invisible de arrojo varonil y entrega femenina, se ven arrastradas por el miasma pérfido y pestilente del frío cálculo egoísta, desabrido y orgiástico del espasmo de un corazón petrificado.
El otrora quimérico argonauta que marchaba a la conquista legendaria del ideal vellocino se ha trocado en un ser interiormente adiposo, incoloro, limitado, más imperfecto, materializado, un autómata que se siente cosa entre las demás cosas, insensible a la alienación reinante que ya no parpadea ante las enigmáticas estrellas, y en esta dulce inconsciencia no necesita del corazón ni del cerebro, todo le es formateado por los medios masivos de estupidización social (prensa, radio, televisión, publicidad, cine), que se encargan al unísono de adormecer la conciencia crítica y mutilar el espíritu, especialmente de aquel grupo que por antonomasia es rebelde, esto es, la juventud.
Y entonces ya nadie expresa la inconformidad por un inquietante ambiente totalitario de anonimato, mediocridad y pobreza de espíritu. El hombre unidimensional de Marcuse se ha impuesto. La globalización ultraliberal y la cultura posmoderna del “todo vale”, unida al pensar objetivista-cientista, lo ha hecho posible. Incluso el “movimiento de los indignados” que protestan por la crisis ante las bolsas de valores del mundo contra el egoísmo y avaricia de los super-ricos, apenas logra convertirse en un problema de tránsito más que en un cuestionamiento estructural.
El Sol transformador aun duerme en este tiempo indeciso, crepuscular, invernal y gris. No obstante, hay aún corazones que se arrebatan y sublevan ante el automatismo abrumador actual y son la esperanza para que la ceguera desaparezca y el encaje móvil e irisado del Espíritu vuelva a batir bello y evocador en el refulgente cielo azul.
Pensemos, si nunca hemos tenido políticas educativas para cuidar al genio, que es el 1% de la población, ahora el hiperestasiado medio de banalidad hace todo lo posible por desalentar y perder a los talentos, que es aproximadamente el 45% de la población estudiosa. El resultado es que la capacidad creativa y el emprendorismo sólo se encauzan para actividades de sobrevivencia, cuando lo que necesitamos es cuidar y fomentar la cultura y la creación.
Sin nuevas ideas no hay salida a las crisis que nos agobian, y quienes se encargan de producir las ideas renovadoras no son necesariamente las academias ni las universidades, sino las generaciones que desafían el statu quo y rompen lanzas contra el sistema cultural imperante. Necesitamos hombres-ejes e ideas-fuerzas. Pero qué vemos ahora, sino conformismo, temor, bajo perfil, rastacuerismo, citomanía, almas presupuestíveras y repetición del magisterio extranjero, incentivada por lo demás, por la propaganda globalizadora del hiperimperialismo, con su difusión ideológica de “la muerte de los estados-nación”.
Para no evitar la asfixia no hay nada más perjudicial que tragarse la aceituna con su pepa, y eso es lo que se viene haciendo servil y rastreramente. Y sumado a esto se prefiere llamar “culto” al crítico candil de frases sueltas y aisladas, que con pedantería de dómine son incapaces de percibir al espíritu selecto. La hollinada mental y la bellaquería despampanante, que por todo bagaje sólo exhiben zafia ironía, chistes chocarreros de cantina, frases consabidas que denuncian su indigencia cerebral, y todo esto es lo que tiene la puerta abierta en la vida cultural sometida al vil rendimiento económico. Lo más que adquieren es a duras penas habilidad de técnicos sin vocación, productores de escritos desvaídos, incapaces de suscitar una inquietud, con mentalidad de casillero de frases hechas, impotentes, momificadas, paralíticas, sin poder suficiente de sementación para engendrar, son eunucos espirituales, incapaces de pulsión alada, del giro atrevido y enérgico, epígonos de la ñoñez mental y del parasitismo cerebral, son como piedras arrojadas al mar que no dejan huella, anodinos, sin sangre, sin médula, sin fondo, que se limitan a repetir papayescamente lugares comunes sin comprender nada de su significado profundo.
Pues crear es tener virilidad y para crear hay que comprometer no sólo el pensamiento sino también el sentimiento, es decir no sólo lo más universal, sino también lo más íntimo y autóctono. Las cosas del espíritu no sólo requieren el ojo avizor de la idea sino también la potencia excelsa del amor, no hay espíritu grande sólo con las ideas sino con toda el alma, es decir con el corazón entero. El tejido espiritual está hecho por eso de un perenne intercambio místico del hombre integral, de una comunión cabal entre el ideal y la pasión; es más, no hay ideal sin ardorosa pasión, la verdadera pasión es proteica, cambiante, un hacerse continuo y es justamente lo que evita el anquilosarse y el petrificarse. Por ello, la vida del espíritu requiere siempre de un hálito de artista, hondo y verdadero, sin incitaciones mercantiles sino arranques de iluminado que sepa asociar ideas junto con la aptitud adivinatoria. El hombre de espíritu está lo más lejano posible de la enferma vanidad y egolatría, no es una parla de gabinete sin vida y sin vigor, ni forma parte de una camarilla de ininteligibles, no es un alucinado estrafalario y agreste fanfarrón sino que tolerante y comprensivo con los seres de carne y hueso se aplica primero la ley en sí mismo siendo indulgente con los demás. Después de todo, la vida del espíritu es uno y eterna, y las obras de los espíritus superiores son sólo moldes del siglo, que tarde o temprano se romperán para que surjan otros.
Por ello, es de suyo comprensible que la cultura no puede ser medida por la utilidad cuantitativa sino por la cualitativa. Y olvidar este detalle nos está enfangando en la mendacidad cultural. Basta tener presente las mal llamadas Ferias del Libro, cuyos precios tristemente sólo reflejan afán de lucro en vez de promoción cultural.
Hoy más que nunca resurge exclamatoriamente la necesidad de una reestructuración integral de nuestra civilización y el educador debe ser el faro más consciente de lo imperioso de esta transformación. Sin su ayuda no será posible contrarrestar una sociedad basada en el lucro, el éxito, el placer y el poder, y con su colaboración como portadores de nuevos valores estará más al alcance de nuestras manos avizorar un mañana más esperanzador en estos tiempos finales del nihilismo posmoderno.
Pero el maestro está inerme sin la colaboración de las otras instancias  institucionales de la sociedad. No sólo los tres poderes de todo estado democrático deben colaborar con ella, sino incluso la prensa debe ceñirse a un código ético estricto para que lo que se construye en el aula no se destruya en las portadas obscenas y cínicas de los diarios. Incluso las partidas de los partidos políticos en las campañas electorales deberían estar gravadas por un porcentaje que iría directamente a la partida de educación. Así el partido que más invierte en publicidad política más contribuye a la educación de la nación.

CONCLUSIÓN
Hemos llegado a la era del conocimiento con una crisis profunda y mundial de la educación, donde se aprende sin pensar y se piensa sin aprender. No hay ya rebelión en las ideas ni en los actos, lo que hay es libertinaje.
Hay que reaprender a ser revolucionarios, a ser desobedientes en medio de una sociedad que estandariza irracionalmente a los seres humanos, porque en este sentido la desobediencia es equivalente a un acto de afirmación de la razón y de la voluntad.  Creer en la razón no es creer en la omnipotencia de la razón humana, pues así como el sentido de persona no se agota en su manifestación antropomórfica tampoco lo es con la razón. La razón trasciende incluso el orden racional del universo porque encuentra su manifestación más plena en Dios. Es por ello que el acto humano de afirmación de la razón y de la voluntad es en el fondo restablecer la armonía con su Creador, que no es ningún conformista ni tiene espíritu de rebaño.
Hay que desobedecer a los fetiches y clichés de la opinión pública, las iglesias, las escuelas y las universidades, porque esto obedece a la razón y a la humanidad. Esto no es desobedecer a Dios, porque la más excelsa de sus creaciones es la Razón, Él mismo es el ser más racional que existe. En medio de una sociedad que prefiere que los hombres sean estúpidos, amorfos y libertinos hay que enarbolar la potencia del pensamiento encarnado en las vidas, hay que tener coraje de ser profetas, porque en definitiva no es el hombre el que elige serlo, sino la hora histórica la que elige al profeta.
El eslogan necrofílico de nuestro tiempo no es ya la amenaza del exterminio nuclear que nos atemorizó durante la guerra fría, sino más bien ha sido reemplazado por el exterminio moral, la insensibilidad ante la extinción del valor. La verdadera amenaza de destrucción de la civilización proviene actualmente de la ola disolvente de nihilismo que se destila de las entrañas mismas de la sociedad materialista y de la omnipotencia del dinero. Pues lo que amenaza de muerte a la humanidad es que la Nada se va instalando en la mente y en el corazón de las personas, y su principal vehículo es el predominio del “tener sobre el ser”. La catástrofe proviene al convertirse el hombre en cosa a través del poder omnipotente del dinero. Y no es que el dinero sea el mayor valor sino que su esencia es su indiferencia a todo valor y esto equivale a la muerte universal.
Esta crisis es tan aguda que si no se toman medidas radicales triunfará irremediablemente la brutalidad consumista y materialista de las urbes tecnologizadas, será el fin de la cultura y el triunfo de la barbarie civilizada. El hombre ha perdido la confianza en sí mismo y se la ha otorgado a la máquina. En esa condición ya es incapaz de sentir indignación porque ya ha olvidado su propio valor, se siente simplemente un número, un código, anestesiado en medio de la abundancia o de la manipulación. Vive entonces hastiado y aburrido, y en medio de este aburrimiento generalizado fructifica el entretenimiento insustancial y paralizador de la televisión. Como la vida se ha ido vaciando de sentido nunca como hoy ha crecido el número de gente a la cual le es indiferente vivir o morir. Este hombre aburrido, burocratizado, sin ideología, sin pasión ni tensión interior, acaba atraído por la cultura de la muerte, que Unamuno llamó necrofilia. Goethe decía que sólo pueden crear las condiciones para amar la vida las culturas con confianza, aquellas que no pueden crear este amor sólo destilan odio hacia la vida.
El mundo está avisado de su sentencia de muerte. Todo esto es la victoria del alzhéimer social. El alzhéimer biológico es una enfermedad neurodegenerativa, un tipo de demencia progresiva que se manifiesta con pérdida de memoria y de las capacidades cognitivas. Pero el alzhéimer social es el anetismo, es decir la pérdida de conciencia e identidad moral, la cosificación humana, que lo vuelve incapaz de darse cuenta de su propio desvarío e infelicidad. Pero hay alternativa, y está en la recuperación de la razón y del amor o la destrucción. Si hemos de perecer en la ruina, no podremos lamentar de no haber sido avisados. Ecce homo, carpe diem / He ahí al hombre, aprovecha el día.

Lima, Salamanca 21 de noviembre del 2011



Gustavo Flores Quelopana
Nacido en Lima en 1959. Conferencista, ensayista, escritor y poeta. Estudió Filosofía en la Universidad de San Marcos. Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía, Ex-Presidente de la Sociedad Internacional de Filosofía Tomás de Aquino, Presidente del Instituto de Investigación para la Paz (IIPCIAL), Miembro Honorífico del Colegio de Profesores del Perú y de otras instituciones filosóficas. Autor de numerosas obras (constan 98 en el registro de la Biblioteca Nacional del Perú). Entre sus últimas publicaciones: Educación, Humanismo y trascendencia (2011), Alma, mente, cerebro y máquina (2011), El Festín de la cosa. Aforismos desde una filosofía del ser (2011), La Filosofía peruana al final de los tiempos posmodernos (2011), Signos del Cielo. Meditaciones teológicas (2011), Filosofía mitocrática y mitocratología (2010), La educación en la Sociedad Anética posmoderna (2009), La erosión posmoderna de la sociedad posmetafísica (2008), entre otros.



LA ILÍADA, ¿MITO O REALIDAD?
PRIMERA PARTE
de Héctor Zabala ©

Homero (s. VIII a. C)
Museo Capitolino, copia de 

un busto griego del s. II a. C.
Los antiguos griegos creían a pie firme en sus dioses del Olimpo, tal como actualmente los católicos creen en la Trinidad, los musulmanes en Alá o los budistas en Buda. Consecuentemente, en todos los tiempos han existido libros inspirados que tratan sobre cosas sagradas o “verdades trascendentes” (o al menos así se pensaba, y se piensa). Los judíos le dan tal carácter a la Biblia, los cristianos también (aunque la han ampliado), los musulmanes al Corán, etc. 
Por ende, no nos debe resultar extraño que el antiguo mundo griego le reconociera un carácter sacro al contenido de La Ilíada, pues esta obra refleja con bastante exactitud el carácter de sus dioses, aun cuando el tema central sea otro. De ahí que, en principio, todo lo escrito en el primer libro de Homero para los antiguos helenos fuese verdad, sin importar el grado de sensatez (o insensatez) involucrado en el asunto.
Cuando Grecia fue conquistada por los romanos (siglo II a. JC) o quizá desde antes, estos adoptaron el mismo panteón helénico o bien lo adaptaron a las divinidades que ya venían adorando, atendiendo a sus principales similitudes hasta instituir un paralelismo casi perfecto. Así, Zeus fue Júpiter; Hera, Juno; Hermes, Mercurio; Afrodita, Venus; Artemisa, Diana; Ares, Marte, etc. Es decir, salvo en la nomenclatura y en alguno que otro atributo agregado a éste o desagregado a aquella, el asunto religioso se mantuvo prácticamente sin variantes. De ahí que muchos historiadores hablen de una religión grecorromana. 
Más tarde, La Ilíada fue perdiendo poco a poco credibilidad cuando la Biblia, el libro sagrado de los judíos, un pueblo de los confines del Imperio de Roma, pasó a constituir “la verdad revelada” para los pueblos mediterráneos, si bien esto ocurrió tras incluirse otros veintisiete textos [1], textos que la cristiandad conoce como Nuevo Testamento, para escándalo del judaísmo que entiende que el Testamento es uno solo, el Antiguo.
Para el siglo IV, la religión del Imperio Romano fue cambiada ante el proselitismo y poder incontenible del nuevo culto originario de Galilea, región septentrional del territorio judío. Y en consecuencia, no hubo lugar para seguir creyendo en una vieja tradición grecorromana que ya se refugiaba en la rusticidad del campesinado, que ese es el significado primigenio de la palabra pagano (de paganus, aldeano, rústico; y a au vez de pagus, aldea). Esa noción peyorativa (“el campesino, el aldeano… es ignorante pues todavía sigue creyendo en Júpiter o Zeus”) probablemente aceleró el triunfo de la cristiandad.
Para la parte más prominente de la sociedad romana del siglo IV los dioses antiguos carecían de significado, eran cosa caduca. De ahí que todo lo que se decía de ellos en La Ilíada (y en otras obras griegas y romanas) no era más que una mitología, un mero engaño.
No obstante, La Ilíada siguió siendo admirada por su exquisitez literaria y, de hecho, comentada o analizada por los eruditos y leída por la gente culta, quienes continuaban viendo en sus veinticuatro rapsodias una obra maestra, tal como todavía se la considera.

EL SIGLO XVIII: UN CAMBIO DE ACTITUD
Pero con la llegada del llamado siglo de las luces (el XVIII) y su obsesión a desechar todo aquello que no respondiera a una ortodoxa demostración científica, La Ilíada sufrió un golpe aún más grave. Ya no era una mera religión circunstancial (la cristiana) que destruía divinidades caducas en medio de una tormenta doctrinaria sino que ahora se daba algo peor: la ciencia, la expresión máxima de sabiduría contemporánea, aniquilaba toda la historia cantada allí por Homero.
Es decir, para muchos “sabios” de fines del siglo XVIII y de buena parte del XIX, la existencia de Troya y la guerra consecuente entre aqueos y troyanos había sido una gran mentira, un mero cuento de hadas, no solamente sus dioses.
Cabe destacar que dichos sabios (así se solía llamar a los hombres de ciencia de la época) eran absolutamente democráticos: junto a los dioses del Olimpo homérico desecharon a todo dios de cualquier libro sacro (y no sacro), sin importar su origen. De hecho, sus críticas y condenas pusieron al mismo nivel de sospecha y desprecio a la Biblia, el Corán y demás. Y La Ilíada era otro más “de esos”.
Pero hay que considerar un atenuante. Al contrario de lo que ocurría con Egipto, del que se tenían las enormes pirámides y por ende no era posible negar su vieja civilización, de la famosa Troya no aparecían ni rastros, pese a La Ilíada y a toda la tradición grecorromana desperdigada en los textos antiguos. Y si no existía nada, era porque simplemente la ciudad no había existido nunca. Tal era la postura científica del siglo de las luces y del siguiente.

EL TEMA CENTRAL – LA GUERRA DE TROYA
Ahora bien, La Ilíada nos relata un conflicto armado como tema principal.
Allá a comienzos del siglo XII a. JC se levantaba una fuerte ciudad a la entrada del Helesponto (actual estrecho de los Dardanelos) que molestaba demasiado: Troya o Ilión, de ahí el nombre del libro.
Hay quienes piensan que probablemente obstaculizaba en cierta medida el paso al Mar Negro (Euxeinos Pontos, mar hospitalario), cuyas costas habrían desbordado de tribus numerosas y, por ende, también de la posibilidad de pingües negocios de importación y exportación para las ciudades asentadas en las islas y costas del mar Egeo. Pero hay quienes afirman por el contrario que este mar era conocido por entonces como Axeinos Pontos (mar inhospitalario), no sólo por su navegación complicada sino por tener además pueblos belicosos en sus márgenes. De ahí que el motivo económico de la guerra sea bastante dudoso.
De hecho, nada de esto sugiere Homero, salvo que Ilión era una ciudad muy rica y fuertemente amurallada. Por ahí, quien sabe, a los aqueos simplemente los sedujo la rapiña y el pretexto para atacarla fuese realmente el rapto de Helena, esposa del espartano Menelao, por el príncipe troyano Paris, hijo de Príamo. Un detalle a tener en cuenta es que los aqueos, según se desprende de la Odisea, simplemente la destruyeron y se volvieron a sus países de origen con el botín del saqueo, sin tratar de aprovechar la posición geográfica ventajosa tal cual los troyanos habrían hecho antes. 
El conflicto según La Ilíada consistió en el enfrentamiento de dos alianzas: la atacante o aquea (occidental), bajo las órdenes del poderoso rey argivo Agamenón, y la defensiva o teucra (oriental) bajo el báculo del rey Príamo.
La primera estaba conformada por casi todos los reinos y ciudades-estado de Grecia central, el Peloponeso y la mayoría de las islas de los mares del Mediterráneo Oriental (incluida Creta), en tanto que la alianza rival comprendía buena parte de, si es que no todos, los reinos y ciudades-estado de Asia Menor cercanos al mar Egeo.
El más importante guerrero de los aqueos era Aquiles, rey de los mirmidones (proveniente de una pequeña región de Tesalia), en tanto que el héroe máximo de los troyanos era el hijo de Príamo, el príncipe Héctor, comandante de las fuerzas orientales.
El sitio de Troya duró diez años, pero La Ilíada se centra casi exclusivamente en el último y decisivo.
Ahora, bien, ¿corresponde que creamos que tal guerra existió o deberíamos seguir adoptando la escéptica posición de los científicos del siglo XVIII y XIX?
(Continuará)


[1] A saber: cuatro evangelios, una historia de los primeros apóstoles (Hechos), catorce cartas o epístolas de Pablo, una de Santiago, otra de Judas, dos de Pedro y tres de Juan, quien además –y como cierre– escribió el Apocalipsis.



REALIDADES Y FICCIONES
–Revista Literaria–
ISSN 2250-4281
Exp. 966996 - Dirección Nacional del Derecho de Autor
Propietario y Director: Héctor R. Zabala
Av. Libertador 6039 (C1428ARD)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
Nº 8 – Marzo de 2012 – Año III

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Héctor Zabala (dirección y narrativa)
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Colaboradores especiales:

Tomás Stefanovics
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(currículo: en Realidades y Ficciones Nº 7)

Gustavo Flores Quelopana
gus_floque@yahoo.com
(currículo: en este mismo número, Realidades y Ficciones Nº 8)


1 comentario:

  1. Hector, el material de la revista es imperdible!!!ayer andaban mal todos los gadgets de seguidores,he vuelto a hacerlo,,,espero que pases por mi blog a comentar,
    que tenga buen fin de semana!
    lidia-la escriba y te anotes como seguidor

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