—Revista Literaria—
Nº 66 – Junio de 2026 – Año XVII
ISSN 2250-4281 – Edición trimestral
| Hiponacte de Éfeso (Poeta yámbrico, s.VII-VI a.C.) Alanís Ahmed, 2026 (Lápiz sobre papel de acuarela, 25 cm x 35 cm) En base a lo publicado por Guillaume Rouille (1518-1589) en Promptuarii Iconum Insigniorum. |
Sumario
• “Domus Café. Una Ventana y Tres Miradas”. (Reseña por Luis Elorriaga)
• Deconstruir el arte. “Bestias” de M.J. Escosura. (Anna Rossell)
• “El fuego de los días” de Norberto Barleand. (Luis Benítez)
• Inger Christensen dio alas al alma. (Niels Hav)
• El libro que hacía falta: “En voz alta” de Ricardo Escalante. Análisis crítico de la obra. (Luisa Elena Pinel)
• Las mujeres de la familia en el teatro de Patricia Zangaro - Parte I. (Valeria Badano)
• “Papaíto Piernas Largas” de Jean Webster. (Héctor Zabala)
• Nuevos colaboradores:
Luis Elorriaga, Ciudad de Buenos Aires, Argentina
Niels Hav, Copenhague, Dinamarca
Luisa Elena Pinel, Caracas, Venezuela
Alanís Ahmed, Sarandí (Provincia de Buenos Aires), Argentina
“DOMUS CAFÉ, UNA VENTANA Y TRES MIRADAS”
Luis Elorriaga ©
Un adolescente enojado con su madre, un celular capturado y un hecho
donde las decisiones pesan; el tiempo acecha y desemboca en una conclusión
dolorosa e inexorable; un joven geólogo, un accidente y la verdad se convierte
en un espejismo. Estas situaciones mutan lo cotidiano en extraordinario.
En DOMUS CAFÉ. Una Ventana y Tres Miradas,
los cuentos que nos ofrecen Raúl Ariel Angeles, Marta Lidia Festa y Jorge Oscar
Mozzino resultan ser un encuentro bellísimo y azaroso, porque significa
acercarse y vivir la ausencia, la frustración, el amor… Es un ida y vuelta
entre la realidad y la ficción que se concreta en la creación literaria, donde
el lector encontrará el conocimiento profundo del ser humano.
Prólogo a Domus Café, de María Luisa Arregui:
Abrir un libro es abrir un
mundo. No importa cuántas veces lo hayamos hecho, siempre hay un instante de
silencio, casi ritual, en el que la primera palabra nos invita a cruzar un
umbral.
Sabemos
que escribir es corregir hasta intentar llegar a un texto perfecto, tal como lo
habíamos pensado. Eso significa no sólo contar algo sino cómo decirlo. Tarea
para nada simple.
En
cuanto al título, es un acierto que produce en el lector una conexión con sus
recuerdos, con sus sueños, con la soledad, con el dolor, con la realidad que
pega.
En DOMUS CAFÉ. Una Ventana y Tres Miradas, diferenciamos cada una de las voces de Raúl Ariel
Angeles, Marta Lidia Festa y Jorge Oscar Mozzino y cada una nos hace cómplice
de sus mundos de estilos diversos pero unidos por un hilo conductor: la emoción
que provocan en quienes los leemos a través de un lenguaje claro, sencillo y
cuidado.
Ahora,
la palabra queda en nuestras manos.
Que cada cuento nos atrape, nos sacuda y nos acompañe más allá de estas páginas.
A continuación, breve biografía de los AUTORES y un cuento de cada uno de ellos publicado en el libro:
RAÚL ARIEL ANGELES
LIBRERO
Raúl Ariel Angeles ©
Quiso acomodar en el estante el último libro que acabó de encuadernar y
uno, colocado a las apuradas le rozó la oreja y terminó en el piso. Lo miró y
vio que de entre sus hojas vueltas contra el suelo se habían desparramado unos
recortes de viejos diarios amarillentos. Soltó de su mano el que traía, que cayó
sobre una mesa y se acuclilló para tomar con suma delicadeza los pequeños
trozos de papel. Hacía algún tiempo que no leía esos artículos de las páginas
de policiales. Feos, y todavía dolorosos recuerdos, le llegaban, solo por tomarlos
y saber de memoria cuál era su contenido, qué era lo que decían, línea a línea,
párrafo a párrafo. Se limpió la nariz con la manga de su camisa, a la vez que
se le escapaba un pequeño quejido casi inaudible. Levantó el volumen del piso y
lentamente, recitó una corta oración; volvió a su lugar los papeles caídos,
abrió un espacio y guardó cuidadosamente el libro.
Mientras separaba las partes
de la prensa de madera para quitar de ella un nuevo volumen, recordó una de las
conversaciones que había tenido con su padre:
¡Yo no voy a mantener vagos!
¿No querés estudiar? Entonces vas a buscar un laburo, de cualquier cosa, no me
importa. ¿No querés laburar? Bien. Primero te voy a recagar a palos... y
después te vas a estudiar. Esta tarde vamos con el cura que está enseñando
oficios o algo de eso. Te dije: no voy a mantener vagos.
No me convencía ninguno de
esos oficios, hasta que probé y me metí en el de encuadernación. Con cuero.
Estaba fascinado con su textura y con lo fácil de manejar, tan flexible... me
di cuenta de que tenía habilidad para trabajarlo. Había aprendido cómo curtirlo
y a hacer tapas muy elaboradas que a muchos les habían gustado. Miró por unos
momentos hacia el estante de libros.
El curtido, artesanal como él
lo hacía, no era difícil pero sí, muy laborioso; llevaba tiempo y un esfuerzo
desgastante. Se pagaba bien, o casi, y no hubo que estudiar demasiado, solo
memorizar algunas cosas: El salado para secar y que absorba la sangre; el
lavado con cal y sulfato; los días del baño de mezcla con tanino y, al fin, la
estira y el trabajo con grasa y aceite; darle color y el proceso final con la
estira de mármol. Sí... no era sencillo. En muy poco tiempo había logrado
hacerse de un terreno donde se armó su pequeña curtiembre. Nunca hubiera pensado
lo mucho que la usaría.
Con algo de nostalgia y
tristeza, agradeció haberle podido mostrar a su vieja el detalle de una tapa
con repujado que había sido su trabajo para aprobar el curso. Allí, junto al
viejo, ella le dijo orgullosa: ¡Mi hijo inteligente...! Eso fue una semana
antes del robo, ahí... donde los mataron como a perros.
Retiró el tomo de la prensa,
dobló y pegó el cuero a las tapas de cartón y lo llevó de nuevo a la presión de
las maderas. Se fijó a un costado y aún tenía varios libros para encuadernar.
El cuero no va a alcanzar.
—Sonrió y agarró las llaves del auto para ir a su curtiembre.
Manejaba por las últimas
cuadras de tierra, mientras recordaba. ¡Motochorros de mierdal... Y la cana
nunca los encontró... ¡Tres años!. Y no los encontró.
Abrió la puerta y el olor
característico le golpeó el olfato. Pasó, indiferente, por su lado; estaba
tirado en el rincón. Embarrado en su mugre. Ya no se quejaba, no podía. Siguió
de largo hacia el tambor. Destapó el pozo, sabiendo que lo iba a usar. Los dos
cueros estaban casi listos, a uno solo lo tenía que recortar y llevárselo; al
otro…
Tiró al pozo los recortes, la
parte de la cabeza y las tiras que extrajo con el cúter.
¡Tres años! Con unos pesos y
unas bochitas conseguí todos los datos.
Cerró el agujero con la tapa y
colgó el cuero que faltaba. Antes de irse, se fijó en la esquina. Él estaba
despierto. Lo miraba. Un poco de odio, un poco de resignación, no tenía nada
más en sus ojos.
En una semana me llegan más
libros para forrar. —Le dijo.
Observó su angustia y ese
llanto que no era con lágrimas, sino de repetidos bufidos. Su silencio tornado.
Sonrió y no pronunció otra palabra.
A la piel recién descolgada y envuelta había que ablandarla un poco. Pensó en la otra —mucho laburo por tan pobre resultado—. Sabía que a esa no le iba a sacar retazos muy grandes, demasiados tatuajes.
MARTA LIDIA FESTA
LIENZOS
Marta Lidia Festa ©
Hacía mucho que quería aprender pintura. En el momento menos pensado
surgió una profe, Luly, que tenía su taller cerca de mi casa. Los pocos
pinceles que había visto en mi vida eran los que había tenido que usar en la
escuela y los únicos colores que conocía eran los primarios y los secundarios.
Así que pensé que descubriría un mundo nuevo en este lugar y que afloraría mi
creatividad. El óleo y el bastidor en blanco empujan a que nuestras manos y
nuestra mente y todo nuestro ser se mueva, se abstraiga y haga cosas que nunca
habríamos imaginado.
Durante el primer encuentro,
teníamos que pintar solo manchas para ver qué surgía ¡Cuánta libertad! Me lancé
con la paleta en la mano —con un delantal sobre mi ropa para no ensuciarme— y
soñé que era Frida, una de mis preferidas. Maravilloso!!! La sensación era indescriptible;
inconscientemente, comencé a dejarme llevar... Llegó el final de la clase y
observé cómo mi lienzo se había transformado en un manchón de color indefinido
y de una textura más indefinida, aún. No fue mi mejor experiencia pero decidí
continuar yendo.
Con el tiempo me fui
enriqueciendo con las diferentes técnicas aprendidas y fui apreciando las
diferentes improntas de las otras alumnas: todas mujeres, para no perder la
costumbre. Mientras trabajábamos nos fuimos presentando y relacionamos nuestras
personalidades con nombres de colores.
Así fui Rojo porque no tengo
paciencia para hacer cosas demasiado elaboradas, toda la que poseo para este
metier la utilicé para hacer una reproducción de “La clase de baile” de Degas,
que terminó siendo un regalo para mi hija mayor. Ni siquiera hablaba, tan
absorta estuve durante su elaboración. Me puse muy contenta porque lo había
logrado: Por lo menos se notaba que eran bailarinas y no, “Las meninas” de
Velázquez. Gran logro, lo que me valió el “Para la venta” de Azul.
Debo decir que tengo
compañeras que son realmente artistas. Pueden hacer cualquier cosa con los
pigmentos. Verde por sus perspectivas; Naranja por sus estarcidos; Celeste por
la delicadeza de los colores pasteles ¡Oh, my God! Tengo que reconocer que soy la
más tronco de todas, cosa que no me viene mal porque esto de no destacarse en
algunas cosas es sensacional, baja la autoexigencia.
Con el correr de los meses,
las integrantes de este grupo con edades y temperamentos diferentes intimamos
un poco más y entre charla y charla empezamos a contar nuestras historias y ahí
se cayeron las fachadas de fortaleza que escondían debilidades ante los grandes
dolores que habíamos transitado.
Un jueves llegamos a hablar de
nuestras pérdidas: la de los hombres que habíamos amado finalmente terminó
siendo divertida porque algunas a esta altura ya reíamos de lo que en su
momento había sido bastante calamitoso: ¡¡¡¡se nos habían desteñido los
Príncipes Azules!!!!; ya podíamos hablar de los ,padres confundidos, de las
cuotas alimentarias sin cumplir, de los juicios, etcétera. Algunas habían sido
abandonadas por “sus” padres o por “sus” madres. Ahí empecé a ver que los medio
hermanos, los hermanastros, las familias ensambladas venían desde hacía mucho
tiempo aunque era un tema que yo había conocido recién cuando me separé. Lo que
pasa es que si voy ponerme a pensar, eso ocurrió hace 35 años, poco más, poco
menos.
Luego aparecieron diferentes
pérdidas, las más dolorosas, las que solo el tiempo va acomodando, de las que
vamos haciendo los duelos; aquellas que según las resoluciones posteriores,
quedan en el alma, en el cuerpo, en la mente... ¿Y de qué hablo? De los abortos
espontáneos. La mayoría habíamos tenido abortos espontáneos. Cada una lo
recordaba de manera diferente, obviamente. Yo lo sentía —no lo expresé porque
no quería desnudarme tanto— como una sensación de impotencia, de no poder
retener esa vida que se había gestado en mí. Me acuerdo de que hacía mucha
fuerza, pero por entre mis piernas se deslizaba irremediablemente la sangre
roja y caliente; de esas contracciones sumamente dolorosas que parecían
punzadas intermitentes y, a la vez, circulares... Dios lo había dispuesto así.
Me rebelé, pero solo un poco más tarde la vida me compensó con mis dos grandes
amores.
Otras, no habían tenido la
misma suerte que yo: no habían podido volver a concebir. Todo había sido una
sucesión de tratamientos invasivos e inútiles. Finalmente, la decisión de
adoptar. Pero en este país la adopción es un proceso eterno si se quieren hacer
las cosas legalmente. Y no importa si la pareja no tiene preferencias entre
niños más pequeños o niños más grandes. Siempre hay un pero.... Por lo cual la
gente termina, a veces, recurriendo a la ilegalidad. Ahí me acordé de algunos
casos que habían aparecido en la televisión. No sé si las familias habían regalado
sus niños a gente extraña para que los criara o los habían vendido. Pero,
cualquiera fuera la circunstancia, por qué no notaba el dolor en esas familias.
La angustia de la pérdida, la incertidumbre de la desaparición de ese nene, de
esa nena o de ese adolescente. También se me cruzaban por la mente ante esos
casos, tan resonantes en los medios de comunicación, el tráfico de órganos, la
pedofilia. Tanta miserabilidad humana que no se puede creer. Y cuántos en el
anonimato... Allí me acordé de la Hermana Pelloni, una heroína peleando contra
todo ese inframundo, contra toda esa mafia; quien humildemente creo que no
desapareció —o no la mataron— justamente por su notoriedad después del caso
María Soledad ¡Ay qué horror! Cuántas cosas vienen a la mente de uno. Volví al
relato de Verde quien finalizó contando que su marido y ella hubieran adoptado
dos hermanitos. Fue cuando reapareció alguien de la familia de los niños que
pedía sollozante y arrepentido la revinculación con los mismos. Se cansaron y
dijeron basta porque el tema de la revinculación es complicado. Esta gente que
abandona chicos tiene siempre el poder de reclamar y la facultad de llevarse a
los menores. Escuchamos, entonces a Celeste que es muy creyente y acompaña a su
nuera a todos lados y por todos los medios: la ciencia, la religión para ver si
puede engendrar ese nieto tan querido y tan deseado por todos. El padre José,
carismático de Devoto, dice que sí, pero que debe seguir esperando... Y ahí
apareció otra faceta de estas pérdidas, la de las que habían quedado
embarazadas muy jóvenes. Y por supuesto, a los hombres les había dado un poco
de miedo... La mayoría siempre tiene miedo, que no quieren, que bueno, que si
los abortos. No vamos a decir que todos son iguales. No soy tan categórica pero
en este grupo, las que habían pasado por esa situación habían seguido adelante
con la vida, acompañadas o solas. No juzgo, no soy quién, a aquellas que no
tienen otra solución...
Y ahí, nuevamente volé hacia
el recuerdo de una amiga que era pañuelo celeste (por qué será que los
argentinos estamos divididos o por colores, o por ideologías, o por, o por, o
por, pero siempre enfrentados). Ella era pro vida porque había sido el producto
de un aborto fallido. Su madre se lo machacaba siempre, no sé cómo se procesa
esa verdad... ¿Cómo se duela? No quiero ni imaginármelo ¡Dolor, si los hay!
Ese jueves, los lienzos
mostraron lágrimas azulinas, manos ensangrentadas de un rojo opaco, palomas
blancas volando hacia la inmensidad, fondos oscuros que aunaban el dolor.
Ese jueves, todas las telas
fueron conmovedoras...
JORGE OSCAR MOZZINO
ESCONDITE
Jorge Oscar Mozzino ©
Se arrastraba entre las piedras buscando donde esconderse. El impiadoso
sol del desierto todo lo calcinaba. Le dolía mucho el cuerpo. Aunque lo intentó
varias veces, se dio cuenta que no podía pararse. Sus ropas se desgarraban con
las espinas. Sus manos sangraban.
Tenía que hallar un escondite. Ahí estaría protegido del sol. Como
geólogo sabía que la deshidratación ocurre muy rápido y lleva a una muerte
inexorable.
No le tenía miedo a la muerte,
no. Lo que lo aterraba sobremanera era lo que sobrevenía a la muerte en esas
regiones. Una bandada de buitres dejaría sus huesos pelados en unas horas.
Sabía que, desde las alturas, ellos exploraban, con su aguda vista, toda la
comarca en busca de alimento.
¡Qué asco le producían esas
aves, con cabezas y cuellos pelados para no manchar sus plumajes de sangre!
¡Sus picos temibles, capaces de horadar huesos y chupar los tuétanos! Para
colmo, siempre atacaban primero los ojos. Con un par de picotazos engullían los
globos oculares. ¡Qué horror!
Siguió arrastrándose. Los
reflejos del sol le anunciaron la cercanía de agua. Con su cuerpo sangrando
llegó hasta el manantial. Se dio cuenta que sólo eran los vidrios rotos de la
camioneta que había volcado.
Ahora recordaba. A pesar de
las advertencias y normas de la empresa, había salido solo a explorar un paraje
distante treinta kilómetros del campamento. En una curva de la huella el
vehículo había volcado.
¡Qué pronto se habían
terminado las ilusiones de ser un exitoso explorador, como había soñado en sus
épocas de estudiante!
Se tapó la cara con las manos
y se dijo que todo era una terrible pesadilla.
Sus ojos se llenaron de
lágrimas secas. El pánico lo paralizó. Oscuros presagios poblaron su mente. En
un esfuerzo supremo se atrevió a mirar. Torció la cabeza y divisó, no muy
lejos, unas aves que, como en un ritual milenario, se acercaban, muy, pero muy
despacio.
MARÍA LUISA ARREGUI
Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1955.
Fundadora, directora y representante legal del Colegio "Buenos
Aires" - Jardín de Infantes "Amanecer" - de la ciudad de José C.
Paz.
Ha prologado el libro Domus Café.
Una Ventana y Tres Miradas.
PABLO G. LAMBARRI
(Buenos Aires, Argentina). Actor y artista plástico. Se formó con los maestros Carlos Gandolfo y Juan Carlos Gené. Tiene una amplia trayectoria en teatro y televisión.
Teatro: La reunificación de las
dos Coreas (Dir. Helena Tritek. Teatro General San Martín); Ricardo III (de William Shakespeare.
Dir. Patricio Orozco); Incendios (de
Wajdi Mouawad. Dir. Sergio Renán. Teatro Apolo); Hamlet (de William Shakespeare. Dir. Juan Carlos Gené. Teatro
Alvear).
Ha ilustrado la tapa del libro Domus
Café. Una Ventana y Tres Miradas.
Librería Book Pack
Teléfono celular: 54 911 3214 5652 (9 a 19 horas, hora de Argentina)
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DECONSTRUIR EL ARTE
Anna Rossell ©
En la línea del estilo rompedor de su anterior libro de poemas, Ü (2022), MJ Escosura nos convoca a Bestias. Y las bestias son una relación
por él elegida de animales en peligro de extinción y que Escosura, también
dibujante, representa en el poemario. Los dibujos no corresponden a un solo
animal, sino a dos, son criaturas mixtas.
![]() |
| MJ Escosura |
Sí, Escosura es un rompedor
absoluto, absoluto porque el gesto de su rompimiento afecta a todo: a su
entorno y a toda su actividad; no hay escisión entre la percepción de sí mismo,
la que tiene del mundo y de la sociedad y la que proyecta en la creación
artística. Es un todo coherente y radical. Coherente porque su gesto es crítico
en todos los ámbitos de la esencia y la existencia, y radical porque
experimenta sin temor, no con intención de aniquilar por aniquilar, sino para
acercarse a otra verdad, a otra realidad diferente de la que se nos transmite
culturalmente. No es en absoluto nihilista. Reconstruye para crear. No
destruye; afila su mirada a su interior y a su entorno para ver, ver de otra
manera y así crear una nueva mirada, más productiva y respetuosa con el sentir
y el mirar subjetivo de cada cual.
No puede así extrañarnos que
MJ Escosura recoja el testigo del vanguardismo del siglo XX, sobre todo del
dadaísmo, que surgió en torno a 1916 en el Cabaret Voltaire de Zúrich,
promoviendo un arte que surgía al azar y tendía al caos, como oposición y
rechazo al arte burgués del momento y se declaraba anti-todo. Sin embargo, si dadá —palabra que hasta entonces no
significaba nada— se dio a conocer más por su decir NO al arte de la segunda
década del siglo pasado ofreciendo el caos —ausencia de alternativa— como
contrapartida, no me parece que sea el caso de Escosura. Él experimenta con la
intención de encontrar una alternativa y en su camino de experimentación pone
en práctica lo que se le antoja productivo para tal alternativa, aunque ésta
pueda ser provisional, incluso para él. El autor deconstruye, desmantela el
lenguaje artístico tradicional, lo desintegra, pero no asola, no nos deja la
nada; el paisaje que queda tras ese desmantelamiento no es la devastación. Él
ofrece otras opciones. Las piezas que le quedan son aprovechables, pueden tener
otra vida con retoques: reordenación silábica, combinatoria inusual con
inclusión de signos ortotipográficos dando lugar a otro concepto de palabra…
Escosura pulveriza la lengua, pero no echa el polvo a la basura, sino que lo
recoge y crea otra. Crea otra lengua y otro lenguaje.
No es casualidad que escriba Bestias a mano, con una letra
difícilmente legible. Intencionadamente es así, precisamente para permitir
diversas posibles interpretaciones. Cuando el lector se tropiece con una letra
que no consiga descifrar a la primera deberá elegir cómo la interpreta y lo
hará según su íntima y subjetiva asociación, determinada por un conjunto de
factores, ninguno de ellos al uso.
La dificultad de descifrar en
algunos momentos su escritura es la razón por la que no reproduzco aquí ninguno
de sus poemas; ello implicaría desvelar su encanto y su intención.
Vaya el ejemplo que sí puedo
incorporar a esta reseña porque éste sí está escrito con una tipografía
industrial: A modo de antetítulo leemos:
IÜNA
Resquebraja mi aliento
la napia entre peludos,
si con ojo sigue su línea
Con
la misma intención de avivar la subjetiva interpretación libre el autor utiliza
a veces puntos suspensivos (…), dando a entender: «complétalo tú, lector», o
escribe casi siempre observaciones, sentencias que se nos antojan absurdas. Y
diríase que en su caso utiliza el absurdo como herramienta para conseguir su
contrario: el sentido. Cada cual encontrará el suyo. También sirve a este
objetivo el estilo lapidario, conciso, desnudo: menos es más.
El
libro incluye un breve pero acertado prólogo de Tatiana Beca Osborne y, al
final, una relación de los nombres de los animales en peligro de extinción que
el libro considera. Los nombres no están dispuestos en orden alfabético ni por
orden de aparición en las páginas, así que me pregunté cuál sería la intención
del autor y, como los nombres de los animales que él hibrida no van seguidos,
hasta llegué a trazar líneas de unión entre ellos para ver si aparecía ante mí
un dibujo que me revelara la clave del misterio. Pero no, no logré salir de
dudas.
Probablemente
—en realidad estoy segura de ello— MJ sigue queriendo sacarnos del sopor en el
que estamos sumidos y de la inercia que conduce nuestra vida cotidiana,
decirnos que despertemos y que nos pongamos a pensar.
“EL FUEGO DE LOS DÍAS”, DE
NORBERTO BARLEAND
Luis Benítez ©
Como pocos otros colegas nacionales el poeta Norberto Barleand conoce los secretos de esa antigua magia del género, capaz de conjugar en una sola línea, en cada verso, la amalgama exacta de emoción y sentido, donde significante y significado entrecruzan sus características y potencialidades para generar en el lector un doble impacto, de certera precisión, y cuyas resonancias en ambos campos, el emotivo y el intelectual, perduran mucho más allá del instante en que cerramos las páginas de cualquiera de sus obras.
Como Nicolás Olivari
(1900-1966), como Raúl González Tuñón (1905-1974), como Evaristo Carriego
(1883-1912), Barleand es capaz de sintetizar en sus piezas líricas la voz
susurrante del hombre de la calle porteña, sus impresiones y desdichas, el
espíritu mismo de la ciudad que habita, así como el estruendo que conmueve al
mundo y sacude a cualquier otro contemporáneo, logrando -raro, muy poco
habitual efecto- que aquel que abre sus poemarios se pueda identificar casi
inmediatamente con cuanto lee y sucede en una urbe y una sociedad que muy
posiblemente desconoce, que tal vez nunca visitará.
El
fuego de los días [1], su más reciente entrega, no desmiente
sino que ratifica estas afirmaciones y pone en claro que no precisa el afamado
poeta porteño la abultada extensión de una obra para hacerlo, sino su
acostumbrada concentración de contenidos, aquella destreza que sus numerosos
lectores le reconocemos plenamente: la capacidad de catalizar en piezas
habitualmente cortas y concisas los poderes del lenguaje para generar una
reacción casi química en quien lo lee. Treinta y una composiciones, divididas
en tres secciones —El mundo entierra
cenizas de la tarde, El perfume de las rosas en el jarrón de los sueños y El
abismo de los días, respectivamente— le alcanzan a Barleand para, en este
breve pero muy profundo volumen de versos, abarcar el centro y los confines de
un universo que le es ya propio, como una marca de identidad. Un cosmos de
sentidos que se despliega en cada pieza que nos brinda y que, asombrosamente,
se nos ofrece dotado de una plasticidad y ajuste expresivo capaces de contener,
en poco más de sesenta páginas, un amplio abanico de referencias muy puntuales.
En El fuego de los días tienen cabida
tanto el sentimiento que nunca se rebaja a sentimentalismo; el pesar legítimo,
que jamás se torna estéril lloriqueo por la desdicha presente y la felicidad
perdida, así como la esperanza fundada y la potencia de aquel que se subleva
contra las injusticias de este mundo y este tiempo.
Poeta que conoce cómo afilar
bien los versos cuando de decir miseria, horror, espanto y desasosiego se
trata, el porteñísimo autor conoce muy bien cuál es el límite entre poesía y
panfleto y cómo el segundo rebaja y altera a la primera, cómo le merma su poder
infinito aunque muy justa sea la causa. Es por ello que, conocedor de técnicas
y procederes literarios, el poeta nacido en el tradicional barrio del Abasto
con buen buril rebaja y pule, afina y sutiliza, alude y elude para mejor
nombrar, porque conoce que el silencio, la velada alusión, la puerta
entreabierta a la polisemia, son muchas veces los mejores caminos para subrayar
sus intenciones líricas conjugadas con la potencia expresiva más manifiesta.
Como muy meridianamente
destaca el gran poeta argentino Antonio Requeni (1930) en el texto de
contracubierta del volumen que nos ocupa: “La
poesía es para Norberto Barleand un oficio de fidelidad a la palabra, a una
experiencia verbal que busca definir un mundo cuyas injusticias, miserias y
contradicciones le cuesta asumir desde la solidaridad, el sueño y la utopía. El
sombrío ‘fuego de los días’ deja heridas difíciles de cicatrizar. Reconocemos
en este nuevo libro del autor la continuidad de un sentimiento ya expuesto en
testimonios anteriores, aunque aquí, junto a ese acongojado énfasis, surge la
nota tierna, conmovedora, de la despedida de un padre ‘que murió sin
despedirse’. Tras el incesante y versátil repertorio de imágenes y metáforas,
descubrimos una pasión de vida, de intensa humanidad, que enaltece el espíritu
de este poemario”.
Dado que el tiempo es el mejor
antólogo, no dudo que la obra de Norberto Barleand, y El fuego de los días es parte señera de este conjunto, se
inscribirá entre lo perdurable dentro de la larga tradición de poetas
argentinos que saben cantarle a su ciudad y gritarle al mundo sus verdades.
El autor
Ha publicado anteriormente los poemarios Presagio de Utopías, Cenizas de la Tarde, Rumor de Marionetas,
Finalmente el Hombre, Duelo en la Memoria, Candiles y Penumbras, Al Filo del
Canto, Garras del Viento, Orillas Perdidas y Espejos Rotos. Su ensayística
publicada incluye Tangos de Ayer, de hoy
y la Poesía de siempre; Evaristo Carriego (Precursor del Tango) y Ester de Izaguirre “La Bohemia, la
amistad”.
Piezas de su autoría integran
diversas antologías de la Argentina y de Uruguay, Paraguay, Perú, Chile, Panamá,
Colombia, España, Francia, Grecia, Nicaragua, China y otros países. Sus poemas
han sido traducidos al chino, griego, francés y catalán.
Integró el grupo “La Luna que / Poesía Peregrina”, participando en
recitales desarrollados en las provincias argentinas de Catamarca, La Rioja,
Salta, Tucumán, Jujuy, Córdoba, San Luis, Mendoza y otras.
Ha tomado parte en la
filmación Giros Poéticos en el Museo de la Poesía Manuscrita Juan C. Lafinur
(realizado en La Carolina, provincia de San Luis, Argentina), convocado por
Vinciguerra Hechos de Cultura.
Participó en diferentes ferias
del libro concretadas en Buenos Aires y otras regiones del país, así como en
encuentros literarios convocados en Paraguay (2002), Cali, Colombia (2012); en
el Congreso del ILCH -Instituto Latinoamericano de Cultura Hispánica, Chile
(2017); en el Encuentro de Escritores en San Nicolás de los Arroyos (Argentina,
2106) y Rosario (ídem, 2017); en el Festival Internacional de Poesía de Buenos
Aires (2018); como Padrino del evento Abrazo de Voces (2018); tomó parte en el
Festival de Poesía en el Laurel, Granada, España (2019); en el Congreso de
Literatura desarrollado en Punta del Este, Uruguay (2025), y el Encuentro Las
Parejas de Poetas y Cuenteros (2025), entre otros.
Asistió como Invitado por el
Departamento de Extensión Cultural del Círculo Virla de la Universidad Nacional
de Tucumán, Argentina. Dictó seminarios sobre “Poesía, Sociedad y Estado” en la
Biblioteca Nacional de la República Argentina. Es coautor junto a otros
intelectuales argentinos de Raíz, Fundamento.
Bases de un proyecto para la defensa del patrimonio cultural. Fue premiado
por sus relatos costumbristas en el “Buenos Aires Shopping Tango”, organizado
por el Centro Cultural General San Martín, de la capital argentina. Ha sido
miembro de la Asociación Civil Proyecto-Tango, declarada de interés de la
ciudad de Buenos Aires y miembro del equipo de redacción de su periódico
Pro-tango. También su amplia trayectoria cultural incluye su activa
participación en ciclos radiales de emisoras nacionales, como “Amasando Sueños”
(L.R.1 Radio el Mundo), “Los trabajos y los días” (Radio Cultura, 2004 2013) y
Radio Sonica – On Radio, entre otras, así como conductor en “Las Cinco en
Tango” y “Silbando Bajito” (FM 92.7 La 2 x4, 2012- 2018), “Tango que fuiste y
serás” (2019) y en Nacional Folklórica FM 98.7. Es coordinador del programa
Distrito Tango (Dirección General de Promoción del Libro, Bibliotecas y la
Cultura, Ciudad de Buenos Aires). Preside la Asociación Americana de Poesía
Ester de Izaguirre y es secretario de la Fundación Argentina para la Poesía,
vocal de la Asociación Amigos del Museo Casa de Carlos Gardel y director del
ciclo “Marcha Poética”, que se realiza periódicamente en el Salón Dorado de la
Casa de la Cultura porteña. En 2020 Norberto Barleand fue declarado
personalidad destacada en el ámbito de la cultura por la Legislatura de su
ciudad natal. Entre otros, ha recibido el Reconocimiento a la Actividad
Literaria (RAL) 2022, así como el Premio Selva Casal V Encuentro y Congreso de
Literatura (Punta del Este, Uruguay, 2025).
NOTAS
[1]
Vinciguerra Hechos de Cultura SRL, Colección Metáfora, ISBN 978-987-750-542-9,
64 pp., Buenos Aires, 2025. https://www.vinciguerra.com.ar
INGER CHRISTENSEN DIO ALAS AL
ALMA
Niels Hav ©
Inger Christensen fue una de las grandes poetas europeas. Nació en 1935
en Vejle y murió en 2009 en Copenhague. Nunca recibió el Premio Nobel, una de
las graves omisiones de la Academia Sueca. El jueves 16 de enero de 2025 se celebró el
90º aniversario con exposiciones y actos.
Con motivo de la muerte de
Inger Christensen, The Guardian la
definió como “una de las poetas europeas
más significativas del siglo XX”, y al mismo tiempo afirmó: “Era danesa, y es una desgracia para
cualquier gran escritora estar confinada en una lengua con pocos lectores”.
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| Inger Christensen |
“Se
levantan, las mariposas del planeta
como
polvo de color
del cuerpo
caliente de la tierra...”
Con estas palabras se abre el libro. Y termina:
“Es
la muerte la que te mira con sus propios ojos
desde
el ala de la mariposa”.
Cuando Inger Christensen
interpretó y leyó los sonetos ante el público, lo hizo con una voz suave,
melódica, casi cantarina. Tenía una belleza y una seriedad que cautivaron
inmediatamente al público. Varios compositores han puesto música a sus
palabras, y es hermoso, pero los sonetos eran más poderosos y bellos cuando los
leía la propia Inger Christensen; su voz añadía algo, para ella las palabras
eran música física.
Por la mañana recibí una
importante carta de Inger Christensen. Junto con Pil Dahlerup, era la editora
de la revista literaria Chancen de
Gyldendal. Aproveché la oportunidad y envié a los editores un poema. Inger
Christensen me contestó que querían publicar mi poema en el siguiente número de
la revista. Yo era joven y apenas escribía, nunca había publicado un libro ni
nada; la carta de Inger Christensen fue una señal significativa. Quizá era
posible juntar palabras.
Sólo una vez recibí un libro
de Inger Christensen, y fue la publicación conmemorativa editada por Gyldendal
con motivo del sexagésimo aniversario, el 16 de enero de 1995. En él, Poul
Borum cuenta cómo se conocieron en los años cincuenta en el Movimiento de Institutos Cristianos, él
era de Horsens e Inger de Vejle. Se reencontraron en Aarhus, jóvenes poetas, él
le propuso matrimonio, ella dijo que sí.
Cada nuevo libro de Inger
Christensen era un acontecimiento. Cuando se publicó la colección de poesía “det” en 1969, hubo una entrevista en
las noticias de televisión del día con la autora sentada dentro de Gyldendal en
la avanzada máquina de escribir IBM donde ella misma había mecanografiado la
obra.
Diez años después se publicó “Brev i april”, seguido de “Alfabet”. “Inger Christensen lo ha
vuelto a hacer”, escribió Hans Jørgen Nielsen en Information. “Con su nuevo
libro “Alfabet” se pone a sí misma y
a sus lectores a la misma velocidad vertiginosa que con “it” en 1969. Con una
fuerza que traspasa fronteras, el libro trata nada menos que de la vida y la
muerte”.
En la década de 1980, Inger
Christensen se implicó más directamente en el debate político y cultural. Junto
con Ole Thyssen y Niels Meyer, editó la serie de Gyldendal “Crisis y utopía”, que sería un prisma para las reflexiones y la
reorientación de la época. “Quizá
necesite que me cuelguen algo y tenga que responder por ello”, dijo en una
entrevista con Politiken.
Pasaron otros diez años, y
entonces llegó “Sommerfugledalen”, un
pequeño libro de quince poemas que juntos forman un soneto de sobrecogedora
belleza y profundidad existencial. Una obra maestra de la literatura europea.
El libro fue traducido y publicado en muchos países y está cerca del corazón de
muchos.
Notable son todos los libros
malos que Inger Christensen nunca escribió. En los años transcurridos desde “Sommerfugledalen” en 1991 hasta su
muerte el 2 de enero de 2009, estuvo activa y presente, viajando, siendo
traducida y leyendo en eventos en su país y en todo el mundo. Pero no publicó
nada nuevo.
Inger Christensen dijo en una
entrevista sobre su método: “Creo que
pasa mucho tiempo en el que no trabajo en ese sentido. Cuando no es muy visible
para los demás, o para mí misma. Donde sólo hago algunas anotaciones. Intento
escribir un poema y sólo se convierte en una línea que guardo en un cajón. De
hecho, pueden pasar años en los que no sé realmente qué está pasando. Mientras
procrastino o lo que sea. Hasta que ya no funciona y tengo que averiguar cómo
orientarme”.
Esa resistencia es poco
frecuente. A lo largo de su vida, Inger Christensen publicó seis poemarios, y
supo gestionar el tiempo de espera entre libro y libro, para aguardar lo nuevo.
Por eso la obra que dejó es tan hermosa, sus palabras dan alas al alma.
Traducción: Rodrigo Gonçalves B.
EL LIBRO QUE HACÍA FALTA: “EN
VOZ ALTA” DE RICARDO ESCALANTE. ANÁLISIS CRÍTICO DE LA OBRA.
Luisa Elena Pinel ©
Examen documental y crítico de la Venezuela contemporánea, hecho por un
experimentado periodista.
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| Ricardo Escalante |
Ricardo Escalante, uno de los
periodistas políticos más experimentados de Venezuela, dos veces galardonado
con el premio nacional de periodismo (1980 y 1985) nos acaba de dar el
aldabonazo con un libro sin desperdicio: En voz alta. Aunque parezca contradictorio,
en una obra compleja y a la vez sencilla, él nos presenta hechos que fueron
desestimados por la mayoría de los venezolanos cuando en diciembre de 1998 se
lanzaron al vacío, sin pensar en las dolorosas consecuencias.
Con un cierto tono memorístico,
En voz alta es una mezcla de crónica, reportaje y análisis documental y crítico
de la política nacional durante los cuarenta años anteriores al ascenso de Hugo
Chávez al poder. Y aunque Escalante se presenta como reportero y no como
historiador o sociólogo, este libro es una aleccionadora visión de la historia
contemporánea de Venezuela.
Bien documentado y mejor escrito, el relato contiene pasajes sobre los
principales líderes de aquella etapa, así como de acontecimientos terribles
como los del 4 de febrero de 1992 en el ministerio de la Defensa. Con destreza
desmenuza las conspiraciones civiles y militares que dieron al traste con la
democracia; y lo hace sin contemplaciones al apuntar con el índice a los
culpables, así como al describir la impunidad reinante de una sociedad
descompuesta.
Este impactante libro de casi
400 páginas está a la venta en Amazon,
tanto en versión digital como impresa. El prólogo de En voz alta es de Beatrice
Rangel, habilidosa husmeadora de la política venezolana y latinoamericana,
analista de profunda experiencia, ministra del gobierno de Carlos Andrés Pérez
cuando Hugo Chávez perpetró el golpe de estado.
Se trata, en definitiva, de un
libro imprescindible para quienes deseen empaparse de los errores del pasado
reciente para no volver a tropezar con la misma piedra.
Análisis crítico de “En voz
alta”
Luisa Elena Pinel ©
El oficio del periodista es escribir la noticia y el análisis en el momento preciso; pero cuando, poseído por una memoria inquieta emprende la carrera con los tiempos verbales para hacer de la información un hecho atemporal, la tensión entre la fidelidad de lo que cuenta y la libertad de la forma, lo adentra en un espacio donde la información abandona la inmediatez. Así logra registrar una historia que se constituirá en un texto universal.
Este es el caso de un
periodista como Ricardo Escalante, quien desde el exterior ha seguido enfocando
con lente crítico, el colapso que viene desolando a Venezuela desde hace años.
De allí que en su más reciente publicación, En voz alta, no sólo encontremos la
visión de quien, con madurez creativa, logra registrar en seis capítulos la
vigencia de personajes, episodios y datos inmemoriales que fueron contribuyentes
solapados de dicha hecatombe.
“…Leí, revisé archivos, hablé
con actores y testigos de aquellos sucesos, hurgué en los recuerdos y en las ya
amarillentas libretas de notas de mis años como reportero de los principales
periódicos de Caracas y de las provincias. Refresqué anécdotas y noticias en la
seguridad de que ahí se concentraban las pistas concretas del detonante de la
debacle económica, política y moral que se hizo patente en la era chavista.”
Por cuanto, al explorar en la
magnitud del desastre que avizora y que registra desde el primer capítulo con
la frase “Yo lo presentía”, este periodista de largo aliento nos adentra, en
retrospectiva, en la remoción de aquellos acontecimientos disecados por el
olvido: desmanes políticos que afectaron en sumo grado el factor económico y,
por ende, el constructo de nación, en democracia, que venía en auge después del
derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez.
Gracias al rigor de su
investigación y al trabajo de campo, el autor desentierra episodios olvidados
en el inconsciente colectivo del venezolano -tanto el expatriado como el
sobreviviente adentro-. Abre así una puerta para reconsiderar aspectos
insondables, posibles solo desde esa distancia clínica que toma Escalante para
rescatar, En alta voz las notas casi borradas de sus libretas de apuntes.
Semejante hecatombe no solo es relato, es vivencia. Es una voz comprometida que
se actualiza cada vez que la noticia expone las grietas de un sistema:
gobiernos que, desde siempre, han exhibido sus propias costuras ante el juicio
de la historia.
En lo que respecta a la voz narrativa, para dar cuenta de este
constructo en ruinas que es hoy Venezuela, el autor se vale de un registro
híbrido. Este transita desde el plano personal de sus primeros años de vida en
San Cristóbal, hasta seguir sus pasos por las agencias de noticias donde
ejerció un periodismo de suela de zapato, a menudo con la bota militar encima.
En definitiva, estas páginas
no sólo denuncian la erosión sistemática de una nación bajo el peso de la bota,
sino que rescatan la dignidad del testigo. Al final del camino, el autor nos
demuestra que, incluso sobre un constructo en ruinas, la palabra precisa y la
memoria intacta son los únicos cimientos capaces de sostener la esperanza de
una reconstrucción necesaria. Es, en última instancia, el triunfo de la libreta
de apuntes sobre el olvido.
Caracas, abril 2026.
LAS MUJERES DE LA FAMILIA EN
EL TEATRO DE PATRICIA ZANGARO
Valeria Badano ©
PRIMERA PARTE
La palabra de las dramaturgas estuvo ‘observada’ y, entonces, vedada del buen arte durante más tiempo. La mujer en escena (como actriz o como autora) ponía en evidencia el cuerpo femenino y, así, el desprestigio.
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| Patricia Zangaro |
Patricia Zangaro es una dramaturga argentina que conoce el teatro desde adentro, no solo le da voz sino que supo ponerle el cuerpo: ella es, también, actriz. Ha escrito teatro para chicos, se comprometió con teatro por la identidad e indaga los modos de una dramaturgia provocadora, innovadora y, aunque tal vez no esté de acuerdo conmigo en esto, femenina.
Se sabe que, y yo también
lo he dicho en Madres. Madrazas. Matronas
(2023), el teatro como espacio de escritura de mujeres históricamente ha sido
hostil. Sin embargo, Patricia Zangaro elije ese espacio, y le suma personajes y
territorios son marginales (Hoy debuta la
finada, 1988, y Pascua rea, 1991,
por ejemplo).
A partir del año 2000 la
dramaturgia de Zangaro se compromete abiertamente con la lucha por el respeto
de los Derechos Humanos y, en particular, con la causa de las Abuelas de Plaza
de Mayo e integra el movimiento cultural Teatro por la identidad. De esa etapa
son A propósito de la duda (2000), Tiempo de aguas (2000); Las razones del bosque (2002), Una estirpe de petisas (2002), Secretos a cuatro voces (2004), Mujeres, raíces de tango (2005) entre
otras.
En la escritura de esta
dramaturga (claramente en la etapa de Teatro
por la identidad) toman forma de tópicos la búsqueda de la identidad y la
visibilización de lo invisible. Zangaro está interesada en la creación de
historias a partir de la reconsideración de la identidad de los sujetos y en la
reconstrucción discursiva de esos sujetos como actantes dramáticos, portadores
de los signos del nuevo teatro. Para ello, opera con acciones experimentales
que promueven rupturas genéricas e indaga sobre las cuestiones propias del
texto dramático, es decir, los personajes y sus representaciones y,
fundamentalmente, el material lingüístico que es la principal herramienta con
la que cuenta el escritor para poner en evidencia la identidad subjetiva (y/o
actancial) y, también, la verbal y la textual.
Perspectivas
Esta, la mía, es una lectura de la escritura de Zangaro donde los
espacios y personajes marginales (muchas veces muy cercanos al tango, a los
arrabales, al desierto), determinan una especulación acerca de las voces
desoídas en los lugares del no-lugar que promueven una necesidad, un deseo:
saber quiénes son (seres y lugares). Muchas de esas obras son trabajadas desde
‘lo no dicho’ (los presupuestos discursivos) y los estereotipos sociales que se
muestran en su lugar de fisura (los presupuestos sociales). El género sexual y
las representaciones femeninas resultan ser tópicos que expresan, en lo formal,
los elementos del contenido de su dramaturgia: la tensión, el conflicto y una
obstinada manera de buscar las formas de expresión lingüística.
Tres obras: Última luna, Tiempo de aguas, Una estirpe de petisas. En ellas,
por ejemplo, hay una serie de elementos que al repetirse pueden considerarse
isotópicos. Los personajes protagónicos son mujeres, las mujeres. El teatro
–que es representación- recurre a los personajes femeninos y, a partir de ellos
genera una representación de las mujeres dentro de la sociedad y la familia
(esos personajes son la abuela, la nieta, la suegra, la nuera, la madre, la
esposa, la hija). En los textos, los personajes encarnan estas distintas
representaciones de los roles familiares y aportan los sentidos que las
representaciones socio-sexuales tienen en el marco de la cultura occidental y
cristiana. Esas representaciones, no solo subrayan lo tensivo de las
representaciones respecto de la impronta social que determina sino que
configuran un espacio de conflicto imprescindible en la escena teatral.
A través de estas
representaciones, la autora indaga las formas de resquebrajar el discurso
dramático; es decir, el eje de representación, para imponer intersticios donde
se producen otros sentidos y entonces, las figuraciones. Es así que las mujeres
se desplazan de sus sentidos tradicionales y generan un nuevo signo, una nueva
representación que define esa búsqueda de la dramaturgia de Zangaro.
Las mujeres de estas obras,
lejos de ser ‘la madre’ o ‘la hija’, ‘la suegra’ o ‘la nuera’, ‘la abuela’ o
‘la nieta’, según las determinaciones cristalizadas por el régimen patriarcal;
esas mujeres son ‘la cautiva’. Tal representación, que pronto deviene
figuración tanto existencial como discursiva, le sirve a Zangaro para señalar,
nuevamente, ese lugar de intermitencia legal y social que caracteriza a los
márgenes, el territorio nómade, variable y fluctuante que permite la existencia
también fluctuante, nómade y variable. La imagen de la cautiva problematiza
tanto la letra —patriarcal— escrita por la civilización (ley de la cultura o de
la sociedad) como el cuerpo de la mujer (oscilante, vacilante, ambiguo o
abyecto). Asimismo, la letra —voz pronunciada— de ese cuerpo se hace corpus
textual.
La cautividad
La cautividad en la dramaturgia de Patricia Zangaro es signo de
inestabilidad de los regímenes sociales, corporales y simbólicos. La cautividad
deconstruye los estatutos fijados y legitimados y muestra el revés: lo móvil y
lo ilegítimo. Lo que permanece impermeable es el deseo de identidad que, como
tal, cuenta con el requisito de no satisfacerse nunca.
Ese lugar de búsqueda de
identidad que subyace en el cuerpo sexuado de la cautiva se imprime en la
indagación y necesidad de reconstruir el corpus textual. Así, los tópicos
quedan expuestos: son personajes femeninos representantes de la cautividad;
esta se considera la condición de marginalidad fluctuante entre el ser y el no
ser, que devela una naturaleza metafórica desde la cual la identidad es una
construcción simbólica, pura figuración. Ricoeur considera que la metáfora es
el “instrumento privilegiado de la promoción de sentido” (La metáfora viva, 1980:65) que necesariamente se manifiesta en todo
el discurso. “[…] Está al servicio del ‘decir.’ Por ello, la presencia de la
metáfora como figura de la invención hace que el lenguaje sea resignificado por
lo que no dice, por lo que oculta […] La metáfora puede ser leída como la
manifestación discursiva de la tensión poética […]” (Badano 2011: 14-15).
1. Última luna pertenece a Advientos. Diálogos en el desierto…
(1996), este libro consta de dos piezas breves que “surgieron de una serie de
ejercicios de indagación poética sobre un espacio: el territorio mítico de la
pampa” (Zangaro, 2008: 87).
Zangaro afirma que: “Aunque
improbable, pudo haber ocurrido durante la última campaña al desierto, hacia
mil ochocientos setenta y tantos. O tal vez, con otros colores y sonidos, esté
ocurriendo ahora mismo, en cualquier parte del mundo” (2008: 108).
Así queda establecido uno de
los elementos fundamentales del teatro: el espacio —el espacio escénico— como
el territorio propicio para la representación y que se renueva ritualmente en
cada nueva puesta en escena al actualizarse ‘el convivio’. En Última luna el espacio se explicita: es
la pampa argentina, el desierto; y un tiempo: la época de la campaña contra los
indios. El lugar determina a los personajes y sus relaciones. Sin embargo, como
bien aclara la autora, la acción puede desarrollarse en cualquier otro espacio
y tiempo. Tal vez esta ambigüedad es posible porque lo que importa es el
espacio de tensión que se abre por las acciones que representan esos varones y
esas mujeres en tanto que representaciones en pugna de lo masculino y lo
femenino: identidades que desean ser reconocidas, y no la descripción
geográfica en sí misma.
En Última luna, estrenada en 2007, las cuestiones de género y el
tópico de la cautividad (presente en muchísimos textos de la literatura
argentina del siglo XIX) legibilizan la dualidad de una historia que se repite
en los personajes allí presentados, en otras obras de Zangaro, y se combinan
para cifrar la problemática de la escritura dramática de Zangaro que también es
una identidad que se busca construir.
Aquí los pocos personajes que
aparecen son enunciados por su carácter sexual, son ‘Mujer’ y ‘Hombre. La mujer
se presenta en el texto carente de identidad individual, solo es reconocible
por su carácter genérico-sexual y social.
La historia de Última luna tiene como protagonistas a
dos mujeres: la abuela y la nieta. La primera es una cautiva de los indios
pampa desde hace mucho tiempo; la segunda es una mujer de la civilización. La
nieta, mujer libre, va en busca de su abuela cautiva a pesar de que el desierto
no es territorio femenino. Allí no solo se enfrenta a la hostilidad del espacio
sino también a los varones que lo habitan y a su abuela que, como un espejo
deformante, refleja su propia condición: la de la identidad en construcción.
Estas mujeres de Zangaro se ubican en esos territorios de ambigüedad,
comportamiento que se abisma en la producción de la escritura dramática. El
espacio se define en la limenealidad (Según Josette Féral el “limen” es el
umbral —y frontera— presente entre la “mímesis” y la teatralidad”) y desde ahí
refiere tanto al cuerpo del texto como al cuerpo que es representación sexual
de los personajes.
La cuestión de las fronteras
como espacio para la acción dramática y como situación existencial de los
personajes crece hasta configurar el tópico de la identidad: “[…] Para que ese
encuentro sea posible debe existir un reconocimiento del otro como diferencia
[…]” (DES, 2003: 45) que puede desarrollarse en actantes cuyas representaciones
son las de género (ya que allí el otro, la diferencia, la jerarquía y la
desigualdad pueden considerarse como signos que determinan ese espacio
fronterizo) y plantear el eje poético de Zangaro.
Entonces se observa la representación de la
mala mujer; a partir de ella Zangaro hace un doble movimiento discursivo e
instala en su escritura la figuración reflejada o la metatextualidad. Zangaro
es una escritora de los márgenes, hace de su personaje un habitante en huida,
situación también marginal. Ha dicho:
[…] Frontera significa límite, linde, marca,
borde, orilla, confín. Límite remite a la idea de restricción: instituye una
línea que circunscribe, cerca, reduce, ciñe, acorta, encierra el espacio […] El
límite es clausura. Pero frontera también remite a la idea de borde, orilla,
margen, de aquello que no está en el centro, sino en el último extremo,
confinado, desterrado, exiliado […] el sentido de la palabra frontera puede
entenderse como ¿el límite que coarta? ¿O el margen inquietante, el borde
peligroso, esa otredad que la sociedad expulsa en un movimiento centrífugo
hacia el confín, el destierro? […] (DES, 2003: 45).
La cautiva en la obra de Zangaro es la mujer robada de la sociedad a la
que pertenece; la cautiva es alejada de ese centro donde su existencia es
posible. Pero el haber sido alejada, robada o raptada pone en evidencia la
invisibilidad en que las sociedades a las que esa mujer pertenece, la condena
“[…] porque bien claro está que si [la cultura y la civilización] no lo
quisiesen de veras, nunca hubieran sido robadas […]” (Cristina Iglesia, 2002:
23). Para el grupo social de pertenencia, la mujer cautiva se carga de nuevas
representaciones que agudizan la significación negativa porque es lo que socialmente
debe reprimirse, es lo mancillado, lo que señala la ausencia, la carencia, la
falta y la que, por eso, las encarna. La cautiva es el símbolo del no-lugar,
del no estar, en su cuerpo representa el movimiento que ha realizado
(desplazamiento caracterizado como errancia) a la vez que subraya la necesidad
de poner en acto su identidad que, por esa errancia, está desdibujada.
Por otro lado, para el captor,
la cautiva también es una representación negativa porque esa mujer es la que lo
espía, lo mira. Al mismo tiempo, la cautiva es la imagen de la delación porque
‘ha abandonado’, ‘ha traicionado’ a su grupo de origen. Siguiendo a Iglesia, se
podría plantear que el cautiverio invisibiliza lo legal y visibiliza lo
abyecto. Es un cuerpo de la cautiva se engendra la mezcla de las
interdicciones. Me pregunto: ¿cuál es el lugar del cuerpo en ese territorio
marginal, fronterizo?
Parece ser la representación
de la abyección, es decir: “[…] aquello que perturba una identidad, un orden.
Lo que no respeta los límites, los lugares […]” (Kristeva, 1988: 11).
En Última
luna la presencia de la cautiva en la acción dramática no solo determina la
primera situación de tensión que rompe con esa monotonía de la pulpería sino
que marca el origen de la historia que espacializa el cuerpo de la mujer y que
es el inicio de la representación de la mujer como lo determina el patriarcado:
“[…] Una mujer entra descalza. Los hombres
callan: es como si el desierto hubiera entrado en la penumbra del almacén […]”
(2008: 111).
Zangaro duda y hace dudar de esta otra representación inscripta en ese
personaje femenino: ¿esa mujer puede tratarse de una india?
“[…] Tendría que haberla carneado a mis pies,
junto a su cría e’pampa […]” [es una] “[…] fémina cristiana […]” (2008: 112).
La mujer es una cautiva pero por —y gracias a—
su condición comienza a abrir el espacio de la tensión entre las
autorrepresentaciones y la representación impuesta por el patriarcado tanto en
lo social como en lo sexual y lo político. Esta mujer cautiva revierte el poder
del varón en la pulpería como representación de lo social porque se atreve a
penetrar el territorio de dominio varonil; revierte el poder en la moral al
elegir quedarse en el espacio limbado que prefigura su cautiverio, no es
cristiana —winca— ni india:
“[…] Hombre I (sacando el puñal): ¡Es una
cautiva puta y roñosa, gringo de mierda! […] ¡Cristiana, dijo, el muy hijo de
perra! ¡Más cristiana es la viruela que enloquece a los pampas! [...]” (2008:
112-113),
dice el texto de Zangaro.
Se le suma un rasgo que condiciona
la representación de su identidad sexual porque esa mujer está envuelta de
“rojo”, y el rojo que se indica en la manta que la envuelve connota la sangre
(sangre menstrual, sangre del parto, sangre de la muerte). De todas formas, el
signo ‘rojo’ considerado semióticamente como ‘sangre’ subraya la feminidad como
condición tabuizada en el ámbito masculino de la pulpería. Esa representación
de la mujer, desde la perspectiva del varón, comienza a resquebrajarse cuando
se advierte que la mujer es una vieja y, aún así, está embarazada:
“[…] un rostro rubicundo y tallado de arrugas
[…] Hay olor a sobaco e’vieja […] deja ver su avanzada preñez […]” (2008: 111).
Este personaje femenino combina en un oxímoron la vejez y la preñez,
(oxímoron en el que chocan el cuerpo de la mujer que cumple con la función de
la maternidad —de la reproducción— aunque no es joven. Tal reunión de opuestos
hace que esta mujer sea signada por la peligrosidad y el poder que parece
tener. A ello se le suma un tercer aspecto que es descubierto por el Hombre II
y que le advierte al Hombre I:
“[…] Deje a esa hembra, mi amigo […] Tiene el
puñal afilado, y el pulso firme […]” (2008: 111).
Y también cuando dice:
“La mujer: Apenas tenga cría […] te via’ a
mostrar el culo del diablo […]” (2008: 112).
Esta mujer, entonces, con
capacidad maternal a pesar de su vejez, es, además, considerada una bruja.
El carácter de bruja
redimenciona la naturaleza diabólica que la mujer tiene. Explica Ortega López
en “Sospechosas, feas o brujas: las ancianas de la sociedad popular” que: […] a
la falta de esplendor físico no solo se la discriminaba y sancionaba; sino que
sobre todo, se le negaba su capacidad de poseer virtud y coraje. La vejez, por
tanto, no solo era un período de merma de facultades físicas y armónicas en los
seres humanos, sino sobre todo, un momento de decadencia de sus capacidades
éticas y sociales […] las mujeres mayores […] demasiado cercanas a la
naturaleza se mostraban especialmente vulnerables al poder de Satán […]” (2002:
390-93).
Solo una mujer en esas condiciones y con esos
poderes puede sobrevivir en un espacio vacío. Solo la mujer con esos poderes y
‘dobleces’ perversos, puede atravesar la nada y crear símbolos. La mujer
anciana y embarazada semiotiza el espacio vacío del desierto. Dice el texto:
(La mujer desaparece, como una sombra)
[…] Hombre I: Hija de una gran perra […]
Tendría que haberla carneado a mis pies, junto a su cría e’ pampa […]
Hombre II: ¿para qué ensuciarse, mi amigo?
[...] Ya se la tragó el desierto? […] (2008: 112).
Desde la perspectiva patriarcal todo está subvertido: la mujer es
cautiva, es anciana y ha parido. Asimismo, la nieta —llamada Niña pero
semiotizada como Mujer— ha parido a su abuela, volviéndola la otra mujer en el
momento en el que, gracias a la identificación especular, una se reconoce en la
otra. La maternidad que, tradicionalmente se levanta sobre las ideas de
sacralidad y sacrificio, se subvierte porque define las identidades plurales de
esas mujeres como expresión de deseo y creación. Ballester explica que: “[…] El
modelo a seguir para las mujeres es la Virgen María, la segunda es Eva. Como la
primera, sus virtudes son la humildad, la obediencia, el silencio, la
mortificación y está exenta de todos los vicios e imperfecciones “naturales’ de
las mujeres […]” (2002: 18).
Esto no sucede con las mujeres de Zangaro:
madres de otro y madres de sí mismas. Empoderadas en sus identidades, las
mujeres (Mujer y Niña) se desplazan de esa identidad femenina consolidada por
el patriarcado. Zangaro las ubica en una historicidad propia para, justamente,
transformarlas. María Dolores Mirón Pérez en “Niñas y ancianas en la antigua
Olimpia: tejiendo el orden, por su parte, manifiesta que: […] las mujeres
ancianas, como las niñas, no eran mujeres en el sentido pleno de la palabra, y,
así, se podían aproximar más, sin alcanzarlos nunca del todo, a los papeles
masculinos […]” (2002:65). Esas mujeres surgen como poderosas, desobedientes
del estereotipo de la feminidad.
En Última
luna, el movimiento, el viaje que realiza la cautiva espejea, se duplica,
en una suerte de reflejo de identidad ya que hubo en el comienzo de la historia
(que no se representa), un viaje inaugural a esa condición de cautiverio:
cuando la mujer deja de ser la que es; vira su identidad al mismo tiempo que se
modifica su espacio para ser una cautiva. A la vez, ya en la historia inscripta
como acción dramática el viaje de la cautiva es un viaje hacia atrás en la
historia externa (en relación con su condición de cautiva) e íntima,
reconociendo su identidad en la acción reflejada en la nieta como su
otra-representación de lo femenino:
[...] (El galope de un caballo, y luego una
sombra en la puerta del almacén. Una niña de unos trece años, rígida dentro de
su ropaje de dama porteña, entra taconeando. Esquiva con ingenua altivez las
miradas masculinas que la desnudan, y se dirige decidida hacia el pulpero) […]
LA NIÑA: Estoy buscando a… una mujer… […] ¡No
buscaría a una dama en un sitio como éste! (sic) Es… una cautiva […] (2008:
113).
Es un viaje hacia la intimidad como una metáfora de la ‘katabasis’ épica
en la que la mujer —la heroína— se enfrenta a su destino último, su yo
verdadero, cuando se ve en el espejo que ‘es’ la niña, su nieta, esa otra
mujer. A la vez, La Niña va desde su lugar existencial y desde ese lugar
corporal (en el texto dramático se la identifica de ese modo; es decir, como
‘niña’, y por lo tanto se hace legible como elemento semiótico) hacia el
pasado. Quiere encontrar a su abuela y con ella reconstruir, reparar toda su
historia. En ese viaje hacia su pasado, La Niña se encuentra como mujer, en el
presente de su abuela:
[…] LA NIÑA: Sabés muy bien por qué, abuela […]
[…] ¡No fue una pesadilla aquella grita y el saqueo! [...] El malón te arrancó
de entre las sábanas […] y cuando despertaste tu casa se había borrado bajo el
fuego […] Grité cuando te arrastraron los caballos […] Y tus ojos no dejaron de
mirarme hasta que te tragó el horizonte… Viví esperando el momento de volver a
verte […] en aquel calor, abuela, que me robaron cuando era apenas una niña […]
y que nunca más es vuelto a sentir […]” (2008: 128-129).
El comienzo de la olvidada y prohibida historia familiar es enunciado y,
entonces, creado por la voz de la niña; el cuerpo de la abuela la reubica en
esa instancia original en la que las dos son lo que eran. Sin embargo, la
representación de la feminidad a partir de dos momentos corporales: la niñez y
la vejez, resulta resquebrajada y todo se invierte, porque la abuela es madre y
la nieta –la niña- es una mujer capaz de engendrar en sí y parir a su abuela.
Tal situación se pone en evidencia en el momento del parto de la anciana. Dice
el texto en una didascalia: “(La niña, llevada por el miedo y la urgencia,
obedece las órdenes. Se coloca a los pies de la mujer para ayudar a nacer al
niño, que ahora llora con la misma fuerza del temporal que ruge sobre la
tienda.)” (2008: 125-126). La mujer anciana es madre cuando no debería serlo.
La mujer y el cuerpo tienen nuevos sentidos según los propios deseos, La
anciana y la nieta solas en la noche del desierto son la expresión de la
abyección social en la que se encuentran. Sin los varones que determinen las
identidades fijas según lo impone el ejercicio del patriarcado, la Mujer vieja
deja de ser la abuela; la Mujer joven deja de ser la nieta, para ser lo que
justamente la dramaturga identifica con el nombre al estilo lorquiano, porque
Zangaro semiotiza el rol del personajes a partir del nombre con el que las
identifica. Y son por lo que ellas mismas pueden nombrarse. La mujer y la niña
se reconocen en los espejos enfrentados que representan. Muestra a estas dos
mujeres como signos pasionales, es decir, en tensión por un deseo: encontrarse
para ser.
Entre la vieja y la niña hay
una relación vertical donde se evidencia la ‘filiación’: son abuela y nieta.
Abuela y nieta refuerzan y resignifican el sentido de la sangre que las une por
lo que el elemento simbólico (tabuizado) de la sangre significa. Pero, además, abuela
y nieta son mujeres unidas por su condición: ser mujeres. Las dos mujeres están
atrapadas en una realidad diferente a la que han vivido hasta entonces y tienen
que compartir ese nuevo espacio que ellas fundan para activar su identidad.
Ambas son cautivas del fluido de la sangre que las hermana. Ello permite que se
consolide una identidad femenina “[…] entendida como ‘constelación’ específica,
no homologable a la masculina […]” (Morgade, 1992: 32), lo que puede
considerarse una relación de affidamento
que implica una profunda relación entre los sujetos que parte del mutuo
reconocimiento de su condición de mujeres (Morgade, 1992: 32). Tal encuentro
rescata la identidad perdida, cautiva. La cautividad que era la representación
del poder patriarcal indicada en la presencia metonimizada del blanco, el
hombre, el padre.
(Continuará en el próximo
número de Realidades y Ficciones)
“PAPAÍTO PIERNAS LARGAS” DE
JEAN WEBSTER
Héctor Zabala ©
Se trata de una excelente novela de esta escritora estadounidense, publicada
en 1912 en Nueva York por la editorial The Century Co.
Con gran habilidad, Webster
desarrolla su novela recurriendo como método a la epístola, aunque de manera
unidireccional pues la protagonista no recibe respuestas a sus cartas, salvo en
muy contadas ocasiones y, aun así, a través de un supuesto secretario.
En tales cartas, la huérfana
hace frecuentes referencias a su vida anterior (sufrida hasta sus 17 años) en
un orfanato, el Hogar John Grier, del que su benefactor sigue siendo consejero.
Usando un lenguaje juvenil a
través de agradecimientos, reproches y muestras de cariño hacia su protector, Judy va describiendo —a la par de ir
contando su vida estudiantil y sus inquietudes de jovencita— las
arbitrariedades y deficientes condiciones del viejo orfanato, cuestiones que al
parecer eran moneda corriente en esas instituciones norteamericanas y
probablemente en las de todo el mundo.
El título se debe a que la
protagonista pudo ver en una sola oportunidad, y malamente, a su benefactor,
cosa precisada en el primer capítulo cuando se dice:
“Atravesó el largo pasadizo a oscuras, y
al bajar las escaleras vio a un consejero rezagado, a punto de partir, en pie
delante de la puerta abierta que daba paso a los coches. Jerusha recibió una
efímera impresión de tal sujeto, la de que era de una altura desproporcionada,
El desconocido hacía señales con el brazo a un automóvil que esperaba en un
recodo. Por unos instantes, como quiera que el vehículo se pusiera en
movimiento y se acercase de frente, la sombra del accionista dibujó,
alargándolos grotescamente, brazos y piernas, que se escurrieron por el suelo y
por las paredes del corredor. A todo el que lo estuviera mirando, le parecía un
enorme y vacilante ‘papaíto-piernas-largas’.”
El “papaíto-piernas-largas” (en inglés Daddy-Long-Legs) es el nombre común de
una araña de cuerpo pequeño y patas largas (típula), cosa que la irreverente
protagonista se encarga de graficar en una de sus cartas.
Hay muchas versiones en
castellano, en internet pueden apreciarse decenas de fotos de distintas portadas
de esta obra. En Argentina fue muy conocida la de la Colección Robin Hood (la
de las tapas amarillas) de la extinta Editorial Acme, que data de abril de
1956, y que —salvo por algunos detalles menores— se puede leer bien.
JEAN WEBSTER
Luego de graduarse en la
Escuela Normal de Fredonia cursó en Vassar College, prestigiosa universidad
privada del estado de Nueva York donde se recibió en 1901. Se especializó en
inglés y economía, tomó cursos de bienestar social y de reforma penal. Se
interesó en la problemática social, fue una activista en pro del voto femenino
y la educación de la mujer. Se involucró en movimientos de reforma, en asociaciones
de caridad, en la mejora de orfanatos y facilitó muchas adopciones de niños.
Obras literarias: Wheat Princess (1905), Jerry Junior (1907), Four-Pools Mystery (1908), Much Ado About Peter (1909), Just Patty (1911), Papaíto Piernas Largas (Daddy-Long-Legs, 1912), Mi querido enemigo (Dear Enemy, 1915), When Patty Went to College (1917, post mortem).
Nuevos colaboradores
LUIS ELORRIAGA
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NIELS HAV
Nació el 7 de noviembre de 1949. Se crió en una
granja al oeste de su país; reside en Copenhague, Dinamarca.
Sus libros han sido traducidos y publicados en
muchos idiomas incluyendo persa, inglés y turco. Uno de sus libros en inglés es
Moments of Happiness, editado por
Anvil Press de Vancouver; otros en danés son Las mujeres casadas de Copenhague y Cuando me volví ciego. Poemas, cuentos y relatos han aparecido en
diversas revistas y antologías; algunas de estas obras sueltas han sido
traducidas al inglés, árabe, español, italiano, turco, alemán y chino. Tiene
siete libros de poesía y tres de cuentos en danés. Ha sido galardonado con varios
prestigiosos premios. Viajero en plenitud y amplitud, ha recorrido Europa,
Asia, África, América del Norte y Sudamérica.
Más sobre su trayectoria literaria y obras en Realidades y Ficciones – Revista Literaria
Nº 10, que le dedicó un artículo especial:
• https://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com/2012/09/
y en los números 77, 99 y 109 del Suplemento de Realidades y Ficciones.
Ver ÍNDICE DE SUPLEMENTOS o, por su apellido, en ÍNDICE DE AUTORES: https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/
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LUISA ELENA PINEL
Caracas, Venezuela. Funcionaria de carrera legislativa, licenciada en
letras por la Universidad Central de Venezuela, trabajó por más de treinta años
primero en el extinto Congreso y luego en la Asamblea Nacional. Se formó en el
mundo parlamentario, la política, la
investigación, en la Comisión de Ambiente, aquí despertó su interés por el
reciclaje y convertir la basura en algo útil y productivo. Artista plástica, una
vez jubilada, le dio otro sentido a su vida, hizo una simbiosis entre el
material de desecho, la pintura y su gran creatividad, de allí nació el Arte en
Botellas.
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