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jueves, 1 de diciembre de 2011

REALIDADES Y FICCIONES
–Revista Literaria–
Nº 7 – Diciembre de 2011 – Año II

Inscripción gratuita como LECTOR 
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indicando nombre y apellido, ciudad y país
(se le avisará cada nuevo número trimestral).
Sumario:
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Narrativa (Héctor Zabala) 
El viejo, de Holloway Horn. Cuento y análisis. 
Los nueve mil millones de nombres de Dios, de Arthur C. Clark. Cuento y análisis. Bibliografía. 
Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain. Reseña. Bibliografía. 
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Poesía (Luis Benítez): 
• La poesía de Kathryn Rantala. 
• Selección de poemas de la autora. 
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Ensayo (Agustín Romano): 
La gran patria kafkiana
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Y algo más… (Tomás Stefanovics) 
Virginia Woolf desde mi cuarto montevideano
• Tomás Stefanovics. Currículo y bibliografía. 



EL VIEJO
de Holloway Horn ©
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Martin Thompson no tenía una personalidad deseable. Poseía una lengua mañosa, capciosa, y en los últimos años había vivido, y no con poco éxito, de su astucia. 
Había promovido dudosas peleas de boxeo y aún más dudosos juegos de azar. Un profesional cuya gestión había defraudado a los apostadores; en síntesis, un corredor de apuestas que estafaba a sus clientes. 
Con más viveza que imaginación, y dentro de ciertos límites, de todas maneras poseía cierta pervertida habilidad. 
Sus íntimos lo conocían como Battler Thompson, y como tal su reputación no dejaba de ser sorprendentemente grande. En apariencia era un caballero, pues su larga experiencia le había enseñado a evitar toda ostentación y vulgaridad en el vestir. De hecho, su gusto sobrio había demostrado a menudo resultar un valioso activo en los negocios. 
Por supuesto su suerte variaba, aunque por lo general andaba más o menos de fondos. Pero como Battler decía en sus más geniales arranques: “Por cada tonto que muere, nacen diez más”. 
Sus fondos justamente andaban bastante bajos la noche que conoció al viejo. Battler había pasado las primeras horas del atardecer con dos conocidos en un hotel cercano a Leicester Square. Fue una reunión de negocios y las relaciones habían sido un poco tirantes; ellos le habían expresado sus opiniones con franqueza y éstas evidenciaban una completa falta de confianza en Battler. 
No era que le molestaran tales opiniones en lo más mínimo, no, pero sí el hecho de que en esa coyuntura le retiraran todo el crédito. 
Por ende, no estaba del mejor humor cuando tomó por la calle Whitcomb, camino de Charing Cross. La fealdad de sus rasgos crecía tras el ceño fruncido, y su aspecto general inquietó a las pocas personas que lo vieron. 
A las ocho de la noche, Whitcomb no es una calle concurrida y no había nadie por allí cuando el viejo le habló. Estaba de pie, en un pasadizo cercano al final de Pall Mall. Battler no podía verlo con claridad. 
“¡Hola, Battler!”, dijo el viejo. 
Thompson se dio vuelta. 
En la oscuridad apenas pudo distinguir la figura oscura, cuyo rasgo más contundente era una desmesurada barba blanca. 
“Hola!”, respondió Thompson, desconfiado. Por lo que recordaba, esa barba blanca no le era conocida. 
“Hace frío…”, dijo el viejo. 
“¿Qué quiere?”, dijo Thompson con sequedad. “¿Quién es usted?” 
“Soy un viejo, Battler.” 
“Mire, ¿cuál es el juego? Yo a usted no lo conozco...” 
“No. Pero yo sí lo conozco a usted.” 
“Si eso es todo lo que tiene que decir...”, dijo Battler, inquieto. 
“Es casi todo. ¿Quiere comprar un diario? No es un diario común, se lo aseguro.” 
“¿Qué quiere decir con... que no es un diario común?” 
“Es el Eco de mañana a la noche”, dijo el viejo con calma. 
“Estás chiflado, viejo amigo, eso es lo que pasa. Mira, las cosas no están demasiado bien, pero aquí tienes medio dólar... ¡y buena suerte!” A pesar de su falta de principios, Battler tenía la natural generosidad de los que viven precariamente. 
“¡Suerte!” El viejo se rió con una tranquilidad que sacudió los nervios de Battler. Sintió que algo extraño subía y bajaba por su espina dorsal. 
“Mire...” –dijo de nuevo, consciente de alguna cosa extraña, irreal, en la figura del viejo, que apenas se veía en el pasadizo– “¿Qué clase de juego es este?” 
“El juego más antiguo del mundo, Battler.” 
“Dele un descansito a mi nombre... si no te importa.” 
“¿Lo avergüenza su nombre?” 
“No”, dijo Battler con firmeza. “¿Qué quiere? No tengo tiempo que perder con alguien como usted.” 
“Entonces, váyase... Battler.” 
“¿Qué quiere?” Battler insistió, extrañamente inquieto. 
“Nada. ¿No le gustaría tener el diario? No hay otro igual en el mundo. Tampoco lo habrá por veinticuatro horas.” 
“Sí, supongo que no habrá muchos diarios de mañana a la venta... todavía”, dijo Battler con sorna. 
“Tiene los ganadores de mañana”, dijo el viejo con el mismo tono casual. 
“No lo creo”, respondió Battler. 
“Ahí está; puede verlo usted mismo.” 
Un diario saltó de la oscuridad en dirección a Battler, cuyos dedos se negaban a cerrarse sobre el papel. Una carcajada retumbó en lo más recóndito del pasadizo y Battler quedó solo. 
Aunque consciente e incómodo por los latidos de su corazón, igual tomó el diario y caminó hasta llegar a una vidriera iluminada; allí se paró y se puso a mirarlo. 
“Jueves, 29 de julio de 1926...”, leyó. 
Pensó un rato. 
Hoy era miércoles... estaba seguro de que era miércoles. Sacó su agenda. 
Era miércoles, 28 de julio, último día de carreras en Kempton Park. No había duda. 
Con una extraña sensación, miró el diario de nuevo: 29 de julio de 1926. Buscó la última página, casi instintivamente, la página de las carreras. 

Gatwlck... 
La reunión de hoy había sido en Kempton Park. Mañana sería el primer día de carreras en Gatwick, y allí estaban los cinco ganadores. Se pasó la mano por la frente, estaba húmeda de un sudor frío. 
“Hay un truco en todo esto”, murmuró para sí, y con mucho cuidado volvió a comprobar la fecha del diario. La fecha se repetía en cada página... clara y sin alteraciones. Escudriñó la última cifra del año, y vio que los “seis” tampoco habían sido retocados. 
Echó un vistazo a toda prisa a la primera plana. Había un titular sobre la huelga del carbón... ¡que no tenía un cuarto de siglo! Con atención profesional examinó los resultados de las carreras. Inkerman había ganado la primera... Inkerman, y pensar que había resuelto jugarle a Paper Clip, y más dinero del que podía permitirse el lujo de perder. Paper Clip no era más que uno del montón. Se dio cuenta de que la gente que pasaba lo miraba con curiosidad. Rápidamente metió el diario en un bolsillo interior y siguió caminando. 

A la mañana siguiente fue a Gatwick. Era un hipódromo que le gustaba, por lo general ahí siempre había sido muy afortunado. Pero ese día no era sólo una cuestión de suerte. 
Hubo un atisbo de precaución en sus apuestas de la primera carrera, pero después tiró al viento toda mesura cuando Inkerman llegó como cómodo ganador, y pagando 6 a 1. ¡Qué caballo y qué boleteada! No, ya no tenía dudas. Salmon House ganó la segunda, un gran favorito por 7 a 4. 
En la carrera principal casi nadie apostó a Shallot. El caballo no estaba en forma, y no había ninguna razón para hacerlo. Estaba entre los que los apostadores llaman “los matungos”. Pero aquel día a Battler nada le importaba la “forma”. 
Repartió su dinero juiciosamente. Veinte aquí, veinte allá. No fue sino hasta diez minutos antes de la carrera que envió el telegrama a las oficinas de West End, pero para entonces algunos de los aficionados más pesados abrieron los ojos cuando vieron cómo apostaba. Battler estaba dispuesto a ganar una fortuna. Y la ganó. Cuando los caballos tomaron la recta, uno estaba muy por delante del resto. Logró el resplandeciente dorado y azul para el propietario. El griterío de los apostadores más cercanos fue de pura alegría, pero la carrera para él no tenía emoción: era seguro de que ganaría Shallot. No hubo objeción... y procedió a recoger el dinero. 
Sus bolsillos estaban repletos de billetes, pero esas ganancias eran nada en comparación con la cosecha que obtendría de los peces gordos del West End. 
Pidió una botella de champán y con una sonrisa silenciosa bebió a la salud del viejo de la barba antes de tomar el taxi que lo llevaría a la estación. 

El tren tardó una media hora y, cuando llegó, el vagón se llenó de carreristas, entre los que se veían varios conocidos. Los aficionados más prudentes rara vez esperan hasta el final de una reunión. Battler por lo general era muy extrovertido después de una buena jornada, pero esa tarde no intervino en la conversación, salvo con algún gruñido ocasional cuando el comentario se dirigía a su persona. 
Aunque lo intentaba, no podía alejar sus pensamientos del viejo. Y sobre todo la sonora carcajada. Todavía podía sentir esa sensación extraña en la espina dorsal... 
En un impulso repentino sacó el diario que aún tenía en el bolsillo. No tenía gran interés en las noticias, pues las carreras absorbían la totalidad de su limitada imaginación. De ahí que se podría decir que fue sólo como un vistazo casual a un papel común y corriente. 
Así que tomó la decisión de obtener otro diario cuando bajara en la estación y comparar ambos para ver si el viejo había dicho la verdad. No es que le importara demasiado, tal como él mismo decía para sí, pero... 
De repente, su mirada indiferente se detuvo. Un suelto en la columna de cierre le llamó la atención. No pudo evitar un grito. 
“Muerte en el tren de los carreristas” encabezaba el párrafo. El corazón de Battler comenzó a sufrir palpitaciones, pero igual siguió leyendo mecánicamente: 
“El señor Martin Thompson, un conocido hombre de turf, murió esta tarde cuando regresaba de Gatwick.” 
No pudo continuar, el diario cayó de sus dedos y fue a parar al suelo del vagón. 
“Miren a Battler”, dijo alguien. “Está enfermo...” 
Respiraba pesadamente, con dificultad. 
“Paren... paren el tren”, dijo él con voz entrecortada, mientras pretendía levantarse y alcanzar el cable de alarma. 
“Quieto, Battler”, dijo uno de ellos y lo tomó del brazo. “Usted se sienta, amigo... no debe tirar de esa maldita cosa...” 
Se sentó... o mejor dicho se desplomó en el asiento. Su cabeza cayó hacia adelante. 
Le metieron whisky entre los labios pero fue en vano. 
“Está muerto”, dijo la espantada voz del hombre que lo sostenía. 
Nadie se dio cuenta del diario en el suelo. El alboroto lo había empujado bajo el asiento y no es posible decir qué fue de él. Tal vez lo barrió algún auxiliar en Waterloo. 
Tal vez. 
Nadie sabe. 



ANÁLISIS DE “EL VIEJO”
de Héctor Zabala © 

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A MANERA DE INTROITO 
He traducido este interesante cuento de la edición de The Argus Week-End Magazine (Melbourne, sábado 11 de junio de 1938, página 12). Aclaro que el nombre original es The Old Man, que significa simplemente “El viejo” y no “Los ganadores de mañana”, tal como lo bautizaron Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo en su famosa Antología de la literatura fantástica (1940), seguramente con la idea de mejorar el título en castellano. También es menester señalar que los antólogos cambiaron el nombre del protagonista, Battler (el batallador), por el de Knocker (el noqueador). El cuento fue escrito por Horn en 1927 como parte del libro The Old Man and Other Stories
En el suplemento mencionado de The Argus hay un epígrafe con la frase “The Downfall of a Cunning Man Who Met a Mysterious Old Stranger”, que bien puede traducirse como “La caída de un hombre astuto que conoció a un extraño y misterioso viejo”, pero que casi con seguridad es un agregado del editor, dado que aparece a modo de copete en su página 12. 
En la traducción opté por el argentinismo “matungos” (incorporado por el Diccionario de la RAE) para definir a caballos de baja calidad deportiva pues creo que va mejor con el espíritu de la palabra inglesa rags que se traduciría literalmente como trapos o andrajos. 


LA PERSONALIDAD DEL PROTAGONISTA 
El autor describe con mucha precisión la personalidad de Martin “Battler” Thompson. Se trata de un hombre que vive con frecuentes apurones financieros como muchos carreristas, pero que además es un vivillo, un aprovechado, un pequeño estafador. Su frase “Por cada tonto que muere, nacen diez más” lo resume y no deja duda sobre sus intenciones para con la gente. 
Ahora bien, pese a su astucia y falta de escrúpulos, Battler tiene una cuota de ingenuidad, que el cuentista señala por lo menos en dos ocasiones al decir que se trata de un sujeto de imaginación limitada. En efecto, Battler debió imaginar que el asunto del diario del día siguiente no era gratis, y que podía ser un presente griego de parte del misterioso viejo. Pero la codicia lo perdió. 
Lo paradójico de todo el asunto es que el tonto resultó ser el propio Battler, quien siempre buscaba a otros tontos para estafar. 


¿QUIÉN ES EL VIEJO? 
Varios indicios apuntan a que es el mismísimo Diablo

1) Las varias referencias a la oscuridad. Al diablo también se lo conoce como “El Oscuro”. No sólo encontraremos muchos casos en literatura apodándolo así, sino que aun en la misma Biblia se hace hincapié sobre el contraste entre la luz (todo lo relativo a Dios y su bondad) y la oscuridad (todo lo referido al Diablo y su maldad), vgr. Juan 12: 35, 36 ó Carta a los Efesios 5: 6-8, por dar un par de ejemplos. 

Al respecto, repaso algunas frases significativas de esta obra de Horn: 
…el viejo le habló. Estaba de pie, en un pasadizo cerca del final de Pall Mall. Battler no podía verlo con claridad
En la oscuridad [Battler] apenas pudo distinguir la figura oscura, cuyo rasgo más contundente era una desmesurada barba blanca
“¡Mire!” –dijo de nuevo [Battler], consciente de alguna cosa extraña, irreal, en la figura del viejo, que apenas se veía en el pasadizo. 
“Un diario saltó de la oscuridad en dirección a Battler, cuyos dedos se negaban a cerrarse sobre el papel”. 

2) El frío no corresponde a la época del año. El viejo dice casi al principio del diálogo, y sin que venga a cuento: “Hace frío…” Este es un detalle genial del autor, que suele pasar desapercibido a los lectores. Pensemos, ¿cómo puede hacer tanto frío un 26 de julio (pleno verano del hemisferio norte) en Londres. Sólo alguien acostumbrado a un calor inconmensurable, como el Diablo en su infierno, podría decir algo así. 

3) El diálogo con Battler está cargado de fuertes sugerencias y técnicas para seducir, propias de un gran tentador
Así por ejemplo, el viejo no le revela enseguida que posee un diario con los resultados de las carreras del día siguiente. No, una cosa así espantaría a Battler también enseguida (tal como lo haría con cualquiera). Por el contrario, se lo va comunicando de a poco. El viejo dirige el diálogo con movimientos de serpiente: avanza un trecho, vuelve, hace un descanso, va para el costado, luego un rodeo, vuelve a avanzar, etc. Una técnica como para que el otro, el vivillo, caiga en la trampa por propia cuenta por no poder controlar su curiosidad, su ansiedad. Cuando Battler le contesta que no tiene tiempo para perder, el viejo simplemente le responde “Entonces, váyase... Battler”, lo que equivale a decir: “usted se lo pierde, Battler”. Es decir, el viejo usa un tono indiferente pero a la vez sugerente, insidioso, pues casi de inmediato le agrega “¿no le gustaría tener el diario?” Y luego de un par de frases más, lo tienta en el instante justo con el tema principal que sabe le interesará (y mucho) a un carrerista: “Tiene los ganadores de mañana”. En síntesis, un diálogo magistral. 
Diálogo que nos recuerda al Diablo, metamorfoseado en serpiente y tentando a Eva a comer del fruto del árbol del bien y del mal en el Jardín de Edén. En efecto, además de sugerir que no estaba al tanto de los detalles y simulando escaso interés en el asunto (“¿Cómo es eso de que Dios les dijo que no deben comer de todo árbol del jardín?”), en ningún momento la sierpe le pide que coma del fruto sino que le asegura que de comer, no irían a morir, y que la prohibición divina era para evitar que ella y Adán se hicieran sabios. Una forma más efectiva de tentar que la directa, porque apunta al ego del otro y le hace creer que la decisión es algo exclusivamente personal del tentado, libre de influencias y tomada por alguien con personalidad y seguro de sí. 

4) El juego más antiguo del mundo. En ese sentido se debe entender la notable respuesta del viejo a la pregunta de Battler (¿qué clase de juego es este?): “El juego más antiguo del mundo, Battler”. En efecto, el juego del engaño diabólico data de tiempos que coinciden con el origen del hombre, según la versión bíblica, como hemos visto. Obviamente, el viejo no se refería al turf como al juego más antiguo, ya que el uso del caballo no fue contemporáneo a la aparición del hombre, según toda la evidencia histórica y prehistórica disponible. 
Pero además, el asunto de la tentación diabólica es un clásico de la literatura (vgr. Fausto), el hombre que es tentado a entregar su alma a cambio de un deseo. De hecho, Battler se hará millonario gracias al diario con los resultados anticipados que le entrega el viejo, pero a cambio de su vida. 

5) La desaparición mágica del viejo, que sólo se comprende si se trata de un ser sobrenatural. 

6) La carcajada final del viejo, que equivale a una gran burla por haber logrado el objetivo que se había propuesto. 
Una carcajada retumbó en lo más recóndito del pasadizo y Battler quedó solo. 
Aunque lo intentaba, no podía alejar sus pensamientos del viejo. Y sobre todo la sonora carcajada. 

7) El viejo se niega en todo momento a dar su nombre, una cuestión que no tendría sentido si no estuviera ocultando algo malo. Cuando Battler le pregunta quien es, el viejo simplemente responde: “Soy un viejo, Battler”. La respuesta intenta hacerle creer a su interlocutor que es inofensivo, pues equivale a decirle “Soy sólo un viejo… no me tengas miedo”
Pese a todo, el viejo juega con las palabras y sugiere que es alguien poderoso. Por ejemplo, a la afirmación de Battler: “Yo a usted no lo conozco...”, surge la rápida respuesta: “No. Pero yo sí lo conozco a usted”, que insinúa una evidente superioridad del anciano misterioso en la relación con Thompson y, en especial, respecto a un eventual trato. 

8) El pasadizo de la calle Whitcomb al final de Pall Mall nos recuerda el asunto de “salirse del camino correcto, salirse de la luz”, un desvío que lleva a lo tenebroso, donde todo es oscuridad y peligro. Es decir a los dominios del diablo. Nótese que Battler había decidido llegar a Charing Cross, un lugar céntrico, muy iluminado seguramente, pero ante la llamada del viejo se entretiene y demora, tentándose en un estrecho y oscuro desvío. 

9) Finalmente, se podría agregar que el número 6, aparece tres veces en forma de cifra: una velada referencia al 666 del Apocalipsis bíblico y su connotación satánica. Veamos: 
“Jueves, 29 de julio de 1926...”, leyó. 
…miró el diario de nuevo: 29 de julio de 1926 
Inkerman llegó como cómodo ganador, y pagando 6 a 1. 


INDICIOS DE QUE ALGO ANDABA MAL EN EL ASUNTO 
1) Battler está permanentemente inquieto durante el diálogo con el viejo. Algo le suena mal. Veamos: 
El viejo se rió con una tranquilidad que sacudió los nervios de Battler. Sintió que algo extraño subía y bajaba por su espina dorsal
“¿Qué quiere?” Battler insistió, extrañamente inquieto. 
“Si eso es todo lo que tiene que decir...”, dijo Battler, inquieto. 

2) El mismo viejo le da indicios para dudar de sus intenciones al lanzarle respuestas ambiguas, como cuando a la aseveración citada en el punto anterior le dice: “Es casi todo”. Respuesta que puede referirse no sólo al tema de su vejez o al asunto del diario que vendrá luego, sino a alguna otra cosa más. En efecto, el casi todo también puede referirse al objetivo del viejo, pues la palabra de un ser poderoso equivale a la realización misma de lo que dice y aquí el casi todo bien podría implicar, por extensión, que aún no terminó con él, que falta algo: obtener el alma de su interlocutor para sí. 

3) El propio Battler nos da un indicio: “Hay un truco en todo esto”, dice la primera vez al estudiar el diario del día siguiente. Y sí, había un truco: información mágica a cambio de su vida. 

4) Incluso después de ganar, Battler mantiene una incómoda sensación: "Aunque lo intentaba, no podía alejar sus pensamientos del viejo. Y sobre todo la sonora carcajada. Todavía podía sentir esa sensación extraña en la espina dorsal..." 


INDICIOS DE QUE BATTLER MORIRÍA 
A medida que se desarrolla el cuento, el autor nos deja indicios indudables de que la salud de Battler no andaba del todo bien: 
“Aunque consciente e incómodo por los latidos de su corazón, igual tomó el diario y caminó hasta llegar a una vidriera iluminada”
“‘Muerte en el tren de los carreristas’ encabezaba el párrafo. El corazón de Battler comenzó a sufrir palpitaciones”
• Incluso, si bien la frase apunta en principio al temor que inspiraba Battler a los transeúntes, también puede referirse a que él no se veía muy saludable mientras caminaba por la calle Whitcomb: “…su aspecto general inquietó a las pocas personas que lo vieron”
• En principio el West End se refiere al barrio de élite londinense. Pero también podría tomarse metafóricamente como el lugar a donde van las almas al morir. En la Odisea, Homero sugiere que el inframundo se encuentra más allá del horizonte occidental, lo cual no parece muy distinto a la expresión West End (Fin del Oeste). 
Es decir, Battler se dirigía al West End para cobrar su fortuna cuando le sobrevino la muerte. La inclusión de la palabra Waterloo en el cuento, si bien se trata de la estación terminal de Londres, no deja de ser una fina ironía para denotar (tal como le ocurriera a Napoleón Bonaparte) el mal fin de una larga carrera. 


SOBRE LA AMBIENTACIÓN DEL CUENTO 
Si bien se trata de un cuento de género fantástico, esto no impidió que el escritor haya sido muy cuidadoso al describir los contextos de género realista. 
Personalmente nunca he pisado un hipódromo pero por lo poco que sé, el cuento es muy verosímil en cuanto al ambiente en que se mueve la gente del turf. A fines de los años ‘60, tenía clases en la facultad los sábados y al volver a media tarde a Villa Ballester desde Retiro, mi tren coincidía a menudo con la oleada de carreristas que subían en la estación Tres de Febrero, procedentes del hipódromo de Palermo. Puedo asegurar que el escenario era muy similar al que se describe en el cuento, no obstante la diferencia de ciudades y épocas: se conocían todos, discutían las razones por las que perdieron (resultado casi normal), los pormenores de tal o cual carrera, las referencias a malos y buenos caballos (todos parecían conocerlos al dedillo) y, por supuesto, siempre todo a viva voz. Incluso el detalle de que muchos aficionados no se quedaran hasta la última carrera, tal como en el cuento, también era motivo de conversación. 


UN ENFOQUE DISTINTO 
Por supuesto, también se podría pensar en una interpretación absolutamente psicológica y decir que es todo una simple alucinación de Battler, trastornado ante su estrechez económica. Y habría algún asidero: sólo él vio al viejo, sólo él tuvo el diario mágico con veinticuatro horas de anticipación, sólo él leyó los resultados de las carreras y sólo él leyó la noticia de su propia muerte. Pero entonces, muchos de los cuentos fantásticos (por no decir casi todos) podrían catalogarse como alucinación de los personajes. 
Sin embargo, en este caso no es muy factible esta hipótesis. Battler era un hombre acostumbrado a vivir con poco o ningún dinero. Una personalidad así difícilmente se desespera al grado de caer en la locura, no se alucina tan fácil. Además, si bien podría aceptarse la alucinación respecto de la imagen del viejo (una sombra en la oscuridad del pasadizo que sugiere lo que no es), no sería tan sencillo explicar cómo el pobre Battler alucinó sucesivos aciertos sin cometer un solo error y, en especial, los de varios caballos con muy malos antecedentes deportivos, entre otras cosas. 



HOLLOWAY HORN 
Según lo escrito en la mencionada Antología de Borges-Bioy-Ocampo era un matemático inglés nacido en Brighton en 1901, que protagonizó una célebre polémica con John William Dunne, un defensor de la teoría de que el concepto de tiempo sólo existe en la mente humana y que por lo tanto es factible su regresión.
Al parecer Horn refutó esa curiosa idea demostrando: 
1º) Que la infinita regresión del tiempo es puramente verbal. 
2º) Que en general es más inseguro utilizar los sueños para profetizar la realidad que utilizar la realidad para profetizar los sueños. 
La Antología de Borges y sus amigos también señala que ha publicado: A New Theory of Structures (Una nueva teoría de las estructuras), 1927; The Old Man and Other Stories (El viejo y otras historias), 1927; The Facts in the Case of Mr. Dunne (Los hechos en el caso del señor Dunne), 1936. 
Sin embargo, en algún catálogo de biblioteca leí también que el autor de The Old Man no habría nacido en 1901, sino en 1886. ¿Será que Dunne al fin y al cabo tenía razón, pese a la refutación de Holloway Horn? 
Más allá de esta chanza, digamos que Horn habría nacido en Oxford, en 1886, y muerto en Eton, Buckingham, Inglaterra, en 1967. Su nombre completo era Alfred John Holloway Horn. Además de novelista, fue un prolífico autor de cuentos que publicó en diversas revistas como Flynn’s, Detective Story Magazine, Best Detective Magazine, Detective Tales, The Detective Magazine, The Shadow Detective Monthly, Mike Shayne Mystery Magazine, Ellery Queen’s Mystery Magazine.
Entre sus numerosas obras se encuentran: The Folly of Innocence (La locura de la inocencia), 1917, Old Desire (Viejo deseo), 1918, Harlequinade (Arlequinada), 1919, Half-Caste (Mestizo), 1920, The Marriage of Inconvenience (Matrimonio de inconveniencia), 1921, Tyranny (Tiranía), 1922, The Neglected Fire (El fuego descuidado), 1923, On the Verandah (En la terraza), 1924, The Universal Game (El juego universal), 1926, The Murder at Limpara (Asesinato en Limpara), 1931 y Her Adventure (Su aventura), 1948.



LOS NUEVE MIL MILLONES DE NOMBRES DE DIOS
de Arthur C. Clarke © 

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El doctor Wagner se contuvo haciendo un esfuerzo. El asunto no era habitual. Después dijo: 
–Su pedido es un poco desconcertante. Que yo sepa, es la primera vez que un monasterio tibetano encarga una computadora de secuenciación automática. No quisiera parecer indiscreto, pero me resulta difícil imaginar que su institución tenga necesidad de una máquina así. ¿Puedo preguntarle qué piensan hacer con ella? 
El lama se arregló los faldones de su túnica de seda y dejó sobre la mesa la regla de cálculo con la que acababa de hacer la conversión de libras a dólares. 
–Con mucho gusto. Su Mark V puede hacer, si su catálogo no exagera, todas las operaciones matemáticas hasta diez decimales. Sin embargo, para el caso nos interesan las letras, no los números. Deseamos pedirles que modifiquen los circuitos de salida, de modo que se impriman letras en vez de columnas de cifras. 
–No termino de entender... 
–Desde la fundación de nuestro monasterio, hace más de tres siglos, nos hemos venido consagrando a cierta labor. Es un proyecto que acaso le parezca extraño, y por eso le pido que me escuche con espíritu abierto. 
–De acuerdo. 
–En realidad es muy simple: estamos haciendo la lista de todos los nombres posibles de Dios. 
–¿Disculpe? 
El lama prosiguió imperturbable: 
–Tenemos excelentes razones para creer que todos estos nombres requieren, como máximo, nueve letras de nuestro alfabeto. 
–¿Y ustedes han estado haciendo eso durante… tres siglos? 
–Sí. Y además hemos calculado que necesitaríamos unos quince mil años para completar nuestra tarea. 
El doctor Wagner lanzó un silbido ahogado, como si estuviera un tanto aturdido. 
–Bien. Ahora comprendo por qué quiere usted alquilar una de nuestras máquinas. Pero, ¿cuál es el objeto de la operación? 
El lama vaciló una fracción de segundo y Wagner temió haber molestado a ese singular cliente que acababa de hacer el viaje de Lhasa a New York con una regla de cálculo y el catálogo de la “Compañía de Computadoras Electrónicas” en el bolsillo de su túnica color azafrán. 
–Puede considerarlo un ritual, si lo desea –respondió el lama–, pero es parte fundamental de nuestra fe. Los nombres del Ser Supremo: Dios, Júpiter, Jehová, Alá, etc., no son más que rótulos humanos. Consideraciones filosóficas, demasiado complejas para que se las exponga ahora, nos han dado la certeza de que, entre todas las combinaciones posibles de letras, se encuentran los que podríamos llamar verdaderos nombres de Dios. Pues bien, nuestro objeto consiste en encontrarlos y escribirlos todos. 
–Ya comprendo. Han empezado ustedes con AAAAAAAAA y terminarán con ZZZZZZZZZ. 
–Exacto... con la diferencia de que utilizamos nuestro propio alfabeto. Desde luego supongo que les será fácil modificar su máquina electrónica, adaptándola a nuestro alfabeto. Pero hay otro problema relevante: la disposición de circuitos especiales que eliminen las combinaciones inútiles. Por ejemplo, ninguna de las letras debe aparecer más de tres veces seguidas. 
–¿Tres? ¿Seguro que no serán dos? 
–No. Tres. Pero la explicación detallada exigiría demasiado tiempo, aun cuando usted comprendiera nuestra lengua. 
Wagner dijo precipitadamente: 
–Claro, claro. Prosiga. 
–Le será fácil adaptar su computadora para lograr este punto. Una máquina de este tipo, dispuesta de manera conveniente, puede permutar las letras unas tras otras e imprimir el resultado. De esta manera –concluyó el lama con tranquilidad–, lograremos en cien días lo que nos habría costado quince mil años. 
El doctor Wagner creyó perder el sentido de la realidad. Las luces y los ruidos de Manhattan parecían esfumarse al llegar a las ventanas del edificio. Allá, a lo lejos, en su remoto asilo montañoso, estos monjes tibetanos venían componiendo desde hacía trescientos años, generación tras generación, su lista de nombres sin sentido... ¿Acaso la locura de los hombres no tenía límites? Pero el doctor Wagner no debía manifestar sus pensamientos. El cliente siempre tenía razón. Así que respondió: 
–No cabe duda de que podemos modificar la Mark V de manera que imprima las listas como usted desea. Me preocupa mucho más la instalación y el manejo. Además, no será fácil transportarla al Tíbet. 
–Ah, eso puede arreglarse. Las piezas son lo bastante pequeñas para poder transportarlas sueltas en avión. Por eso hemos elegido su máquina. Envíen las piezas a la India; nosotros nos encargaremos de lo demás. 
–¿Y quieren contratar a dos de nuestros ingenieros? 
–Sí, para montar la máquina y controlarla durante los cien días. 
–Sin duda el Departamento de Personal podrá arreglarlo –dijo Wagner, garabateando en un bloc–. Pero aún hay dos cuestiones más que resolver... 
Antes de que pudiese terminar la frase, el lama había sacado un papelito del bolsillo. 
–Aquí tiene el certificado de nuestra cuenta en el Banco Asiático. 
–Muchas gracias. Parece ser... ¡eh!... adecuado. Pero, si me permite, hay otra cuestión. Tan elemental que casi no me atrevo a mencionarla, pero ocurre que a menudo se olvidan las cosas más evidentes, ¿disponen de energía eléctrica? 
–Tenemos un generador Diesel que produce 50 kilowatios a 110 voltios. Fue instalado hace cinco años y funciona bien. Es de fiar. Ha hecho que la vida en el monasterio sea mucho más cómoda, aunque en realidad lo compramos para hacer girar las ruedas de oración. 
–Ah, claro, por supuesto. Debería haberlo adivinado. 

La vista desde el parapeto provocaba vértigo, pero con el tiempo uno se acostumbra a todo. Habían transcurrido tres meses y a George Hanley ya no le impresionaban los seiscientos metros de caída vertical que separaban el monasterio de los cuadriculados campos del valle de abajo. Apoyado en las piedras redondeadas por el viento, el ingeniero contemplaba con ojos cansinos las lejanas montañas cuyos nombres jamás se había molestado en preguntar. Y el “Proyecto Shangri-La”, según lo había bautizado un chistoso de la compañía, era sin duda el trabajo más desconcertante que jamás había tenido. 
Semana tras semana, la máquina Mark V, modificada, había estado escupiendo hectáreas de papel llenas de galimatías. Paciente e inexorable, la máquina había agrupado las letras del alfabeto tibetano en todas las combinaciones posibles, agotando una serie tras otra. Los monjes recortaban las palabras que salían de la impresora eléctrica y las pegaban con devoción en unos libros enormes. Una semana más, gracias al cielo, su trabajo habría terminado. 
George ignoraba qué cálculos retorcidos los habían llevado a la conclusión de que no haría falta desarrollar conjuntos de diez, de veinte, de cien o de mil letras, y no tenía la menor intención de saberlo. Una de sus pesadillas recurrentes era que hubiese un cambio de planes y que el gran lama (a quien ellos habían bautizado Sam Jaffe, aunque no se parecía en nada) anunciara de pronto que el proyecto continuaría hasta el año 2060. Eran bien capaces de algo así. 
La pesada puerta de madera crujió y enseguida Chuck se reunió con él en la terraza. Chuck estaba fumando un puro, como de costumbre. Chuck se había hecho popular entre los lamas repartiéndoles esos habanos. Aquellos tipos podían estar locos –pensó Hanley–, pero no tenían nada de santurrones. Esos frecuentes viajes a la aldea, por ejemplo. 
–Escucha, George –dijo Chuck–, estoy preocupado. 
–¿Se descompuso la máquina? –era lo peor que podía imaginar. 
–No. Nada de eso. 
Chuck se sentó en el parapeto. Era extraño, porque siempre le había horrorizado el precipicio. 
–Acabo de descubrir el objeto de la operación. 
–¡Pero si ya lo sabíamos! 
–Sabíamos lo que querían hacer los monjes, pero ignorábamos el porqué. 
–¡Bah! Están locos... Dime algo que no sepa –gruñó George. 
–El viejo Sam acaba de explicármelo. Él se deja caer todas las tardes para ver salir las hojas de la impresora. Y hoy estaba muy emocionado. Bueno, todo lo emocionado que se permite estar un monje. 
–¿Y...? 
–Cuando le dije que estábamos en el último ciclo, me preguntó –con ese adorable acento suyo– si alguna vez nos habíamos preguntado lo que intentan lograr con todo esto. Y entonces, me lo contó. 
–Dilo rápido. Me vas a hacer picar. 
–Piensan que cuando se hayan escrito todos esos nombres (que, según ellos, son unos nueve mil millones), se habrá alcanzado el designio divino. La raza humana habrá cumplido la misión para la que fue creada. 
–¿Y después qué? ¿Acaso, esperan que nos suicidemos? 
–Sería inútil. Cuando la lista esté terminada, Dios intervendrá, simplemente se acabará la cuerda y... ¡bingo! 
–Ah, comprendo. Cuando terminemos, será el fin del mundo. 
Chuck lanzó una risita nerviosa: 
–Eso mismo le dije al viejo. Entonces él me miró de un modo extraño, como si yo fuera el alumno más tonto de la clase, y me contestó: “¡Oh, no es algo tan trivial como el fin del mundo, créame!” 
George reflexionó un momento y luego dijo: 
–Por lo visto, es un tipo que tiene perspectivas muy amplias, pero no veo que la cosa cambie para nada. Ya sabíamos que estaban locos... 
–Sí. Pero, ¿no te das cuenta de lo que puede pasar? Si una vez que se terminen las listas, no suenan las trompetas del arcángel Gabriel en su versión tibetana, puede que nos echen la culpa a nosotros. Al fin de cuentas, utilizan nuestra máquina. No me gusta nada todo esto... 
–Comprendo –dijo George, muy lentamente–, pero ya he visto casos parecidos. Mira, cuando yo era un chiquilín, hubo en Luisiana un predicador que anunció el fin del mundo para el domingo siguiente. Cientos le creyeron. Algunos hasta vendieron sus casas. Pero nadie se enojó cuando llegó el lunes y no pasó nada. La mayoría pensó que había sido sólo un pequeño error de cálculo, y muchos de ellos siguieron creyendo igual. 
–Bien, pero por si no te diste cuenta, debo aclararte que no estamos en Luisiana. Estamos solos, los dos, y entre centenares de monjes. Me caen muy bien y me dará mucha pena ver al viejo Sam comprender que fracasó la labor de su vida, pero al mismo tiempo personalmente preferiría estar mas bien lejos cuando eso ocurra. 
–Yo hace semanas que lo deseo, pero no podemos hacer nada hasta que termine el contrato y llegue el avión para sacarnos de aquí. 
Chuck contestó pensativo: 
–Hay una solución: un pequeño sabotaje. El avión llega dentro de una semana, y la computadora, a razón de veinticuatro horas diarias, acabará el trabajo en cuatro días. Sólo tenemos que hacer una reparación que dure apenas tres o cuatro. Si calculamos bien el tiempo, podemos hallarnos en la pista de aterrizaje cuando salga de la máquina la última palabra. 
–No me gusta –dijo George–. Sería la primera vez que abandono un trabajo. Además podrían sospechar. 

Siete días más tarde, cuando los fuertes ponis descendían por la carretera en espiral, Hanley dijo: 
–Sigue sin gustarme. Siento un poco de remordimiento. Y no creas que me voy por miedo. Lo hago porque me dan pena. No quisiera ver la cara que pondrá esa buena gente cuando la máquina termine, allá arriba. 
–Si no me equivoco –dijo Chuck–, ya adivinaron que huíamos, y les da lo mismo. Saben que la máquina es totalmente automática y que sobra toda vigilancia. Y también creen que no habrá un después. 
George se volvió en la montura y se quedó dormido. La mole del monasterio recortaba su parda silueta sobre el sol poniente. Unas lucecitas brillaban de vez en cuando bajo la masa sombría de las murallas, como los tragaluces de un navío en ruta. Eran lámparas eléctricas suspendidas en el circuito de la Mark V. “¿Qué pasaría con la computadora? –se preguntó George– ¿La destruirían los monjes, excitados por la furia y la decepción? ¿O simplemente se sentarían a comenzar todo de nuevo?” 
Como si todavía estuviera allí, veía todo lo que pasaba en aquel momento en la montaña, detrás de las murallas. El gran lama y sus auxiliares examinando las hojas, mientras los novicios recortaban nombres extravagantes y los pegaban en el enorme libro. Y todo esto en medio de un religioso silencio. No se oía más que el tableteo de la impresora, golpeando el papel como una mansa llovizna. La computadora en sí, que combinaba millares de letras por segundo, era absolutamente silenciosa... 
La voz de Chuck interrumpió sus sueños. 
–¡Míralo! ¡He ahí una vista impagable! 
Semejante a una minúscula cruz de plata, el viejo DC3 acababa de posarse allá abajo, en el pequeño aeródromo improvisado. La visión daba ganas de beber un buen trago helado de whisky. Chuck empezó a cantar, pero de pronto se interrumpió. Las montañas parecían restarle ánimos. 
George consultó su reloj. 
–Estaremos en el valle dentro de una hora –dijo. Y añadió: 
–¿Crees que el cálculo habrá terminado? 
Chuck no respondió, y George levantó la cabeza. Vio que el rostro de Chuck estaba muy pálido, vuelto hacia el cielo. 
–Mira… –murmuró Chuck. 
George, a su vez, levantó los ojos. Por última vez, encima de ellos, en la paz de las alturas, las estrellas se iban apagando una tras otra... 




ANÁLISIS DE “LOS NUEVE MIL MILLONES DE NOMBRES DE DIOS”
de Héctor Zabala © 
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Ésta no es una obra barata de ciencia ficción, de aquellas que abusan de terminología técnica, de armas y aparatos sofisticadísimos o de alunizajes y decolajes con precisión de nanosegundos. No, nada de eso. Utiliza para su desarrollo el mínimo indispensable de ciencia futurista. 

LA IDEA CENTRAL 
El autor parte de dos temas que entrecruza con gran habilidad. 
En principio la vieja idea de que, por tratarse de un ser infinito, Dios debe poseer muchísimos nombres. Esto es congruente, además, con el hecho de que Dios poseería infinidad de atributos. Como consecuencia, si el número de nombres del Supremo es tan grande, necesariamente varios de esos nombres tendrían que ser desconocidos para la gente común. Esto conlleva la certeza de nombres secretos. Y el nombre secreto es todo un tema para ciertas religiones, tanto antiguas como modernas; una oportunidad para los iniciados de contraer una relación exclusiva con el Creador. Una gran ventaja para ellos porque entonces tal nombre secreto se transformaría en una especie de contraseña que permitiría acceder a Él como nunca podríamos imitar la mayoría de nosotros. 
El otro tema es el fin del mundo, que se encuentra tanto en la doctrina cristiana como en las de algunas otras religiones, incluso en teorías científicas. En efecto, también hay hipótesis eruditas en tal sentido, cuyo fundamento es que siendo el astro central de nuestro sistema planetario una estrella más (y de naturaleza bastante común), su destino sería el de tantas otras. Por ende, esta especie de enorme bomba atómica de fusión que llamamos Sol algún día tendría que agotar su reserva de energía y materia y explotar en nova, para después reducirse a un mínimo. Esto provocaría el fin de los planetas del sistema solar o, cuanto menos, el fin de la vida terrestre. 
Sin embargo este fin del mundo, tanto en ciencia como en religión, jamás sobrepasa los límites planetarios o los estelares locales. Y como las estrellas tienen tamaños diversos y diferentes edades –además de estar a gran distancia unas de otras–, el final de una estrella (que sería un sol para los planetas que la circunvalan) siempre es un hecho aislado. Nunca hay suicidios estelares en masa, por decirlo así. 
Hay doctrinas religiosas que moderan estas hipótesis del fin del mundo en el sentido de que no necesariamente implicaría el fin de la Tierra ni el de la humanidad, sino simplemente el cierre del ordenamiento creado y establecido por el hombre. Algo así como habría ocurrido en tiempos de Noé con los sobrevivientes del Diluvio, después del cual las cosas humanas cambiaron pero la Tierra igual se mantuvo firme como planeta. Cabe destacar que todos los pueblos antiguos –bíblicos y no bíblicos– contaron la leyenda de una gigantesca inundación y del rescate de unos pocos justos o elegidos, leyenda que apenas varía en detalles. 
El autor juega entonces con estas dos teorías (fin del mundo y nombres secretos de Dios) y lo hace de manera magistral utilizando como base la supuesta doctrina de una secta de lamas. 
La sorpresa, a modo de ironía, radica en que no se trata de algo “tan trivial como el fin del mundo”, según el jefe de los lamas, sino de algo mucho más grave y contundente: el fin de todas las estrellas, las que se van apagando una a una con gran rapidez. Este “apagón” deja implícito que también ocurriría lo mismo con aquellas estrellas que son invisibles sólo por causa de su lejanía, sea que estén en nuestra galaxia (Vía Láctea) o en cualquiera de las otras. Es decir, que el fin a que apunta el cuento de Arthur Charles Clarke es el mismísimo fin del Universo
Desde el punto de vista místico, la gran innovación a la doctrina conocida es que no se trataría de un final decretado por Dios a la manera tradicional, es decir para castigar los pecados humanos, sino simplemente de una cuestión de lógica trascendente: si Dios hizo su obra para que la propia creación lo admirase y adorara, una vez descubiertos todos los nombres divinos ya no habría mayores misterios que develar (pues se conocerían todos sus atributos, por decirlo así), ergo la finalidad del hombre (y de todo el Universo) se habría agotado y no tendría objeto dejarlos en pie. 

UNA ACLARACIÓN SOBRE EL GÉNERO LITERARIO 
Se podría considerar que el cuento, con los enormes progresos que ha alcanzado la informática, en la actualidad ya no pertenecería a la ciencia ficción. En efecto, probablemente a una computadora moderna le sería fácil ejecutar la tarea en un tiempo muy breve. Pero esto sería sólo un detalle de clasificación de subgéneros literarios y no desmerece la obra en sí, que, por otra parte, está bien estructurada y tiene mucho ritmo. 

ALGUNOS DETALLES CURIOSOS 
1) El autor es muy astuto al no decirnos de cuántas letras se compone el alfabeto especial creado por los lamas. Esto elimina posibles errores en el título del cuento, tanto por exceso como por defecto. Por otra parte, si ese alfabeto especial tuviera infinitas letras (siguiendo la idea de que todo lo referido a Dios es infinito: longevidad, sabiduría, amor, poder, etc.) no habría solución para la búsqueda de estos lamas porque daría también como resultado infinitos nombres. 
2) Hay que recordar que este cuento fue publicado en 1953 bajo el nombre de The Nine Billion Names of God. En aquel tiempo un cálculo de probabilidades de este tipo y su desarrollo en el papel era una tarea realmente larga y engorrosa; muy propia para la ciencia ficción de ese momento. 
Por entonces –y hasta bastante después también– una computadora de gran poder implicaba una máquina realmente grande y pesada, equivalente en ciertos casos a un mueble de gran tamaño, que podía ocupar una habitación de grandes dimensiones. De ahí que en el cuento se hable de las ventajas de estar hecha de pequeñas piezas y ser fácilmente desmontable. 
3) La pregunta del director de la empresa de informática al jefe de los lamas, en relación a la posible repetición de una letra es muy conducente (“¿Tres? ¿Seguro que no serán dos?”), pues en los idiomas occidentales una letra nunca se repite más de dos veces seguidas. Pero esto no tiene que ser igual para otros idiomas. 
4) Sobre el chiste de ponerle como nombre “Proyecto Shangri-La” a las tareas informáticas en el monasterio, hay que aclarar que en las tradiciones budistas tibetanas hay un reino mítico: Shambhala. En este tema parece haberse inspirado James Hilton al crear su Shangri-La en la novela Horizontes perdidos (1933). Sería un lugar de los montes Himalaya, con paisajes maravillosos, donde el tiempo se detendría en un ambiente de paz y frescura; una especie de paraíso. Esto, a su vez, dio origen en su época a una onda orientalista en Occidente con referencia a ese paraíso, que influyó bastante en varios grupos de música y organizaciones místicas. 
5) “Una de sus pesadillas recurrentes era que hubiese un cambio de planes y que el gran lama (a quien ellos habían bautizado Sam Jaffe, aunque no se parecía en nada) anunciara de pronto que el proyecto continuaría hasta el año 2060. Eran bien capaces de algo así.” 
El detalle es genial: para unos monjes que poco les interesa quemar generaciones y generaciones en buscar SU verdad, el “secuestro” de dos ingenieros occidentales en su monasterio del Himalaya hasta lograr sus fines místicos sería un detalle absolutamente trivial. A partir de entonces los dos personajes occidentales del cuento se ponen a la defensiva. 
Recordemos también que Sam Jaffe (8/3/1891 – 24/3/1984) fue el actor que en 1937 interpretó al gran lama en la película Horizontes perdidos

UN INDICIO INTERESANTE 
Antes del desenlace, el autor nos pone una frase significativa: “Una semana más, gracias al cielo, su trabajo habría terminado”. Que también puede tomarse como que Dios se dispondrá a concluir todo. 

LA RESPUESTA INCONCLUSA 
Al comienzo del cuento, el doctor Wagner hace a su interlocutor una pregunta importante: “Pero, ¿cuál es el objeto de la operación?” 
El jefe lama le explica entonces el asunto de los múltiples nombres de Dios y otros detalles relacionados, pero astutamente se las arregla para no responder lo esencial de la pregunta, es decir no le dice para qué su monasterio quiere conocer todos esos nombres. El presidente de la compañía discretamente (se había arrepentido pronto de haber preguntado) no insiste en el tema; la charla y las cuestiones técnicas a resolver contribuyen después a que el asunto caiga en el olvido. La cuestión del porqué la descubrirá uno de los ingenieros en el monasterio tibetano una semana antes del fin. 



ARTHUR CHARLES CLARKE
Nació en Minehead (Somerset), Inglaterra, el 17/12/1917. Fue un importante autor de ciencia ficción (para muchos, a la altura de un Isaac Asimov), guionista de cine y divulgador científico. En 1988 se le otorgó el título de caballero del Imperio Británico. Murió en Colombo, Sri Lanka (ex Ceilán), el 19/3/2008. 

Bibliografía 
Novelas: 
• Serie Odisea: 2001: Una odisea espacial (1968), 2010: Odisea dos (1982:), 2061: Odisea tres (1987), 3001: Odisea final (1996). 
• Serie Rama: Cita con Rama (1973), Rama II [1] (1989), El jardín de Rama [1] (1991), Rama revelada [1] (1993). 
• Otras: A la caída de la noche (1946), El león de Comarre (1948), Preludio al espacio (1951), Las arenas de Marte (1951), Islas en el cielo (1952), El fin de la infancia (1953), Claro de Tierra (1955), La ciudad y las estrellas (1956), En las profundidades (o Terror bajo el mar) (1957), Naufragio en el mar selenita (1961), Regreso a Titán (1975), Fuentes del paraíso (1979), Cánticos de la lejana Tierra (1986), Venus Prime [2] (1987), Cuna [1] (1988), Tras la caída de la noche [3] (1990), El espectro del Titanic (1990), El martillo de Dios (1993), Luz de otros tiempos [4] (2000), El ojo del tiempo [4] (2007), El último teorema (2008). 

Colecciones de relatos: 
Expedición a la Tierra (1953), Alcanza el mañana (1956), Cuentos de la Taberna del Ciervo Blanco (1957), Relatos de diez mundos (1961), El viento del Sol: relatos de la era espacial (1972), Cánticos de la lejana Tierra (1987), El centinela (1990), Cuentos del Planeta Tierra (1991). 

Divulgación científica: 
El desafío de la nave espacial (1975), 20 de julio de 2019. La vida en el siglo XXI (1986), El mundo es uno (1992). 

Premios: 
• Nebula (1973), Hugo, Locus y John W. Campbell Memorial (1974) a la mejor novela por Cita con Rama. 
• Hugo (1980) a la mejor novela por Fuentes del paraíso. 

Referencias: 
[1] Escrita con Gentry Lee. 
[2] Escrita con Paul Preuss. 
[3] Escrita con Gregory Benford. 
[4] Escrita con Stephen Baxter. 




LAS AVENTURAS DE TOM SAWYER (de Mark Twain) 
por Héctor Zabala © 
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La novela describe las peripecias de un chico huérfano, preadolescente, Tom Sawyer, criado por una tía amorosa, aunque también muy estricta, en un pequeño pueblo a la vera del Misisipi. Es una muy buena pintura de las costumbres, bondades y prejuicios de la sociedad norteamericana de la época previa a la guerra de secesión, un cúmulo de pensamientos y tradiciones que en muchos casos sobrevivirá al conflicto armado, y que los abolicionistas del norte no lograrán desterrar del todo. Mark Twain despliega con su pluma no sólo una exquisita narrativa sino también un humor ácido sobre lo que estaba mal pero se suponía que estaba bien y lo que parece estar bien cuando en realidad estaba mal. 
En su novela convive el amor de preadolescentes con sus idas y vueltas (Tom y Becky), la amistad inalterable (Tom y Hukleberry Finn), el idealismo imaginativo de Tom que confunde a veces ficción y realidad (y arrastra a sus compañeros en esa confusión), las supersticiones en boga (tanto de negros como de blancos), la lealtad del negro Jim (a quien encuentran fugándose), el mutuo respeto entre los tres, el canto a la libertad individual que suponen las actitudes e ideas de Huckleberry (menos inteligente que Tom, pero constituyendo la envidia de los demás chicos) y en general la negativa a seguir los cánones de los adultos y de la sociedad. A su modo, los tres son rebeldes pero buenas personas. Todo esto, sumado a un argumento que combina sensatez con hechos desopilantes, hace de este libro una verdadera obra maestra de la literatura. 
De ahí que no se trate de una novela exclusivamente recomendable para niños y adolescentes, como a priori podría pensarse. Es mucho más: se trata de una obra de lectura obligatoria para todos. 


MARK TWAIN

Su verdadero nombre era Samuel Langhorne Clemens y fue un popular y prolífico escritor norteamericano que cultivó el humor y la crítica social en sus obras. Progresista, antiesclavista y de ideas antiimperialistas, no han faltado críticos que reprocharan a la Academia Sueca su falta de criterio al no incluirlo jamás en el Nobel de Literatura. Nació en Florida (Missouri) el 30/11/1835 y murió en Redding (Connecticut) el 21/4/1910. 


Bibliografía: 
La célebre rana saltarina del condado de Calaveras (1865), Los inocentes en el extranjero (o Guía para viajeros inocentes, libro de viajes satírico, 1869), Memorándum de Mark Twain: desde la galaxia (o Una vida dura, 1871), Un sueño raro (1872), Cuentos humorísticos (1872), Los inocentes en su país (1872), La edad dorada (1872), Relatos cortos (1874), Relatos cortos: nuevos y antiguos (1875), Las aventuras de Tom Sawyer (1876), Viejos tiempos en el Misisipi (1876), Los hechos relativos a la ola de crímenes en Connecticut (1877), Una excursión tranquila (1878), Taladrad, hermanos, taladrad (1878), Los perros del ocaso (1878), Un vagabundo en el extranjero (1880), Una aventura curiosa (1881), Príncipe y mendigo (1882), El robo del elefante blanco (1882), Vida en el Misisipi (autobiografía, 1883), Las aventuras de Huckleberry Finn (1884), Un yanqui en la corte del Rey Arturo (1889), Datos para reconstruir los recuerdos de Mark Twain (1891), El conde estadounidense (1892), Narraciones humorísticas (1892), El billete de un millón de libras esterlinas (1893), Tom Sawyer a través del mundo (1894), Cabezahueca Wilson (1894), Recuerdos personales de Juana de Arco (1896), Tom Sawyer detective (1897), Siguiendo el ecuador (libro de viajes, 1897), El corruptor de Hadleyburg (1899), Los sinsabores de la vida humilde (1900), El hombre que corrompió a una ciudad (1900), Inglés como se lo enseñan (1901), A la persona sentada en la oscuridad (1901), Dos detectives ante un barril (1902), Mi primera experiencia literaria, con otros ensayos e historias (1903), Cuento de un perro (1904), Extracto del diario de Adán (1904), Soliloquio del rey Leopoldo: una defensa de su dominio del Congo (1905), Oración de guerra (cuento, 1905), Diario de Adán y Eva (1906), ¿Qué es el hombre? (1906), Un legado de 30.000 dólares (1906), La historia de un caballo (1907), ¿Ha muerto Shakespeare? (1909), El jubileo de la reina Victoria (1910). 
Post mórtem 
Entre otros: Carta a los pioneros de California (1911), El forastero misterioso (1916), La curiosa república de Gondour y otros extraños relatos cortos (1919), Autobiografía (1924). 




LA POESÍA DE KATHRYN RANTALA

Introducción y traducción del inglés por 

Luis Benítez ©
Fotografías: gentileza de la autora.

"No recordamos días, recordamos momentos.
La riqueza de la vida radica en la memoria
que hemos olvidado " (Cesare Pavese)




En su famoso ensayo titulado “La Literatura Norteamericana” (La letteratura americana e altri saggi, saggi e articoli 1930-1950, Ed. Einaudi, Turín, Italia, 1951), ese gran poeta, narrador y ensayista que fue el italiano Cesare Pavese, establecía una muy acertada e interesante diferencia entre el modo de escribir de los autores europeos y los estadounidenses. Afirmaba Pavese que, mientras los primeros se aplican a crear mundos imaginarios y paralelos, los norteamericanos se distinguen por intentar indagar en lo real y representarlo en sus capas más profundas. 
Kathryn Rantala
Kathryn Rantala, autora norteamericana contemporánea que reside actualmente en Spokane, estado de Washington, Estados Unidos, cumple acabadamente con esta premisa pavesiana. A través de sus prosas breves y poemas, nos asombra su desafío: conservar en palabras fugaces instantes, visiones y fragmentos de la realidad profunda, en un ir y venir desde las sensaciones subjetivas hasta la más rigurosa objetividad, haciendo que ésta se transforme en otro instrumento para revelarnos quiénes somos y quiénes son los otros, cuáles las circunstancias que compartimos y cuál es el devenir común que nos transporta a través de la existencia. Emplea para ello una gran variedad de estilos escriturales, suficientes para abarcar con talento viajes y aventuras, sentimientos y lecturas, en una miscelánea que nos conmueve tanto por las vivencias experimentadas por su autora como por la erudición y la capacidad de nombrar lo aparentemente inefable que demuestran sus versos. Entre sus obras publicadas, podemos mencionar: The Dark Man (1975); Missing Pieces, a coroner's companion (1999); The Plant Waterer and other things in common (2006); Traveling With the Primates (2008); As If They Were A Basket (2008); The Spokane Trilogy (2009). Los siguientes poemas pertenecen a su libro “Traveling With the Primates” (Viajando con los primates). 




A LO LARGO DE MISSOURI  
de Kathryn Rantala © 


Tranquilo llegó hasta nosotros
y se quedó allí.

Entonces las langostas sonaron fuerte
en sus grupos de alabanza
y la brisa se elevó
sin hacer crujir las cáscaras abandonadas
en las ventanas.

Luego llovió
y llovió y llovió
llevando el aire hacia abajo con ello,
como una sombra.

Hace algunos años, algunos ladrillos allí
se levantaron y fue dicho:
vamos a construir una ciudad, aquí mismo.

Volvimos allí cada martes
por un tiempo
y luego proseguimos:
Creo que fue hacia el oeste.
Beautiful Savior [*].

[*] N. del traductor: “Bello Salvador”, un himno religioso luterano (circa 1677) de autor anónimo. 





AZUL SIN LÍMITES
de Kathryn Rantala ©

En ocasiones, el público es admitido en pequeñas
cantidades a una exposición de lo contrario cerrada. Ellos
ingresan silenciosamente y se agrupan en el centro,
controlando los pequeños movimientos para evitar a los otros,
cuadrando los hombros bajo sus abrigos, enrollando
la tela de los paraguas con firmeza y aliviando
los puntos con cuidado a lo largo de la pierna en el suelo.

Las puertas son cerradas, las luces apagadas, y a
una señal el techo se retrae para revelar una
visión del cielo como ninguna que hayan visto antes.
La habitación se inunda de un azul sin límites.

Esto excita en ellos una rapsodia, una cascada de
sensaciones. Apenas pueden controlar sus
manos. Ninguno usa la palabra del otro para
describirlo. Su éxtasis único ilumina
en ellos las ricas procesiones del equinoccio.

Luego, cuando el cielo se está cerrando, ellos escuchan desde fuera,
desde la distancia imaginable, desde enrejados
de nieve costrosa: una hoja de grietas bajo los pies,
que no se puede distinguir de un balazo. El sonido salta
y rebota vertiginosamente, de pared a pared. Nadie
tiene la menor idea sobre cómo expresar lo que ha sucedido.



LA GRAN PATRIA KAFKIANA
de Agustín Romano © 

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Se deben haber descuidado muchas cosas en la defensa de nuestra patria. Dedicados a nuestro trabajo, nunca lo pensamos, pero nos inquietan los sucesos de los últimos tiempos. (F. Kafka)

El arte debe ser como el espejo /
que nos revela nuestra propia cara. (J.L.Borges)




Una noche de 2001, en una reunión de amigos, escuché a alguien calificar de país kafkiano a la Argentina de aquel entonces. El epíteto circuló sin dificultad y sin asombrar a nadie. Todos, inconscientemente o no, reconocíamos en él nuestra circunstancia, lo que equivalía también a reconocernos a nosotros mismos. 
Debo decir que mi relación con Kafka fue temprana. Mucho más temprana que con otros autores. Un día, a mediados en los primeros años de la década del cincuenta, mientras cursaba el último año de la escuela primaria, uno de mis compañeros me dijo que estaba leyendo una novela genial llamada La metamorfosis de un “tal” Kafka. Estaba tan entusiasmado que no dudé en pedírsela prestada. A los pocos días, aquel muchachito dejó generosamente en mis manos un pequeño tomo anaranjado editado por Losada para su colección La pajarita de papel y que llevaba un prefacio de otro fulano (también desconocido para mí) llamado Borges. Es así que Kafka, Borges y uno de los libros en el que –al parecer– se cifra una buena parte de nuestra historia y de nuestra propia vida comenzaron a serme familiares. Por aquellos años el país daba la sensación de crecer vertiginosamente. Por todos lados había inauguraciones y era común que la alegría de los bombos inundara las calles que parecían conducir a un futuro venturoso. 
Nadie en aquel tiempo hubiese calificado de kafkiano al país. Excepto un escritor tan disconforme como desconocido que terminó por marcharse a París porque el ruido de los bombos y una celebre marchita que invadían la ciudad no le dejaban escuchar la música de Alban Berg, lo cual, según algunos, le inspiró uno de sus primeros cuentos: Casa tomada, que podría ser leído como un relato típicamente kafkiano. 
No. Por los cincuenta si alguien hubiese denominado al país de kafkiano hubiese corrido el riesgo de ser tildado de extravagante. Tampoco nadie hubiese podido prever la metamorfosis que nos llevaría, entre 1976 y 2001, a estar más cerca de Gregorio Samsa que de Gardel. 
Es mi intención indagar en el azogue del cristal kafkiano para saber hasta dónde nos devuelve la imagen de la cara de los argentinos de las últimas décadas. Por lo tanto, repasaremos brevemente algunos aspectos del mundo kafkiano y de nuestras circunstancias. 

I. EL MUNDO KAFKIANO 
Me parece que para los fines que me propongo se hace necesario que declare previamente la idea en que fundamentaré mi exposición. 
Tengo para mí que la obra kafkiana se elabora sobre la base de transgredir o negar el término “ley” en todas las acepciones habituales. 
Trataré de comprobar o contrastar esta hipótesis tomando el criterio de niveles de realidad elaborados por algunos lógicos a partir de la obra de Ludwig Wittgenstein. 


1. Según el nivel óntico (o del universo en sí, independiente del conocimiento) 
a) El espacio y el tiempo: En el universo kafkiano son insondables, misteriosos e infinitos en cualquiera de sus fragmentos. Muchas de sus manifestaciones son irracionales. E].: Una confusión cotidiana, La construcción de la muralla china
b) El orden biológico: En este orden reina el capricho. En una misma criatura suelen darse mezclas raras de distintos animales y también transformaciones no menos extrañas. Los animales (perros, monos, topos, chacales, etc.) habitualmente alcanzan el lenguaje y ciertas formas del pensamiento, pero los hombres pueden caer en la animalidad más baja. Ej.: Una cruza, Informe para una academia, Investigaciones de un perro, La metamorfosis
c) El orden social: Aquí reina la arbitrariedad, especialmente en todo lo que tiene que ver con el Poder y la Justicia. Los que detentan el poder, a veces imponen a sus subalternos penas desmesuradas. Ej.: La condena, En la colonia penitenciaria, El proceso. En otros casos, los ignoran totalmente. Ej.: América, El castillo. 
En cuanto a la Justicia, ésta puede se administrada por tribunales desconocidos ante los cuales los acusados ignoran cuáles son sus delitos y cuál el sistema legal por el que serán juzgados. Ej. El proceso. 

2. El nivel gnoseológico (o de los procesos subjetivos del conocimiento) 
Todos los sujetos kafkianos son sumamente limitados en cuanto a sus facultades de conocer el universo y en cuanto a su autoconocimiento. 

3. El nivel ontológico (o del universo conocido) 
No existe en la obra kafkiana ninguna teoría explícita que pueda totalizar una imagen del universo y determinar causalidades y valores. 

4. El nivel expresional (o del lenguaje) 
Desde el punto de vista expresional, existen en la obra kafkiana dos tipos de narradores: los que narran en primera persona y son consecuentes con las limitaciones enunciadas en el nivel gnoseológico, ya que sólo registran, desde un punto de vista subjetivo e imperfecto, el fragmento infinito del universo en el cual se encuentran; y los que narran en tercera persona, que registran objetivamente su microuniverso, pero sin asumir sistema de pensamiento alguno, al modo de una cámara cinematográfica. 

II. LA METAMORFOSIS ARGENTINA 
Veamos ahora nuestra realidad. 
Convendrás conmigo en que a lo largo de su historia el país pudo poner siempre “algo” en los mercados del mundo, según las épocas: cueros, tasajo, carnes, trigo, materias primas o productos de la industria liviana. En cambio, a partir de la década del setenta, la Argentina se fue quedando atrás sin nada que ofrecer, mientras que los mercados podían proveerla de “todo” a precios incompetibles. 
Como resultado de esto comenzó el derrumbe económico. Y si a este proceso le agregamos el estado de violencia que, si bien no fue exclusivo de esta década, alcanzó en ella características de pesadilla, cuando –desde el propio estado– un grupo de delirantes la ejerció como ya sabemos. 
La realidad se tornó tan insoportable que... después vendría la Democracia. Pero el país ya no sería el mismo. 
Desde entonces la situación se halla agravada por una deuda externa descomunal, por la liquidación de la industria y la venta de casi todas las empresas estatales. Al simple ciudadano se lo condenó, poco a poco, a la desocupación o al trabajo en negro; a la inseguridad de un nuevo tipo de violencia cotidiana: a estar cautivo de empresas de servicio, ahora en manos privadas, las que obtienen ganancias exorbitantes; a la declinación de casi todos los planes sociales de salud, educación, seguridad y justicia. 

III. LA SECRETA PATRIA KAFKIANA 
Todas las patrias que alguna vez nos sedujeron o tuvieron alguna vigencia (la occidental y cristiana, la peronista, la metalúrgica, la ganadera, la socialista, la comunista, etc.) forman parte desgraciadamente de “lo que no fue” o de “lo que el viento se llevó”. Sin embargo, de lo que nunca se ha hablado, en términos políticos durante todos estos años, fue de una patria kafkiana. Y ésta es, precisamente, la que comenzamos a percibir en nuestro entorno a partir de 1976 como presencia fatalmente real de un mundo dislocado. 
Si tomamos en cuenta lo dicho más arriba en cuanto a la relación entre el Poder y sus subordinados, resultan muy claros los paralelismos. 
En el tiempo de “El Proceso” –nos estamos refiriendo al militar– todos éramos culpables y las penas desmesuradas eran lo habitual. ¿Cuál era el nombre de los jueces? ¿Cuál el sistema jurídico? ¿De qué se acusaba a la gente? 
Leer los testimonios del Nunca más es tan aterrador como leer un texto como éste, que pertenece al cuento En la colonia penitenciaria: 
–¿Conoce él su sentencia? 
–No –dijo el oficial, tratando de proseguir inmediatamente con sus explicaciones; pero el explorador lo interrumpió: 
–¿No conoce su sentencia? 
–No –repitió el oficial, callando un instante, como para permitir que el explorador ampliara su pregunta–. Sería inútil anunciársela. Ya la sabrá en carne propia. (El subrayado es nuestro) 
En el tiempo de “La Democracia” las cosas no fueron mucho mejores. 
Recordemos que gracias a uno de esos funcionarios que transitaron fugazmente por el gobierno, se comenzó a hablar, en algún momento, de la existencia de la “Ley de Murphy”, ley tan afín al mundo kafkiano. 
¿Quién al perder su trabajo no se sintió como K? Me estoy refiriendo al agrimensor de El Castillo, quien al no lograr entrar en contacto con las autoridades que lo han contratado, para sobrevivir tendrá que ocuparse de menesteres muy inferiores a su capacidad y que al fin vivirá en la desolación sin lograr ser reconocido. 
¿Qué muchacho no se sintió en estos años un Karl Rossmann, el protagonista de América, teniendo que deambular de aquí para allá, sin ningún destino, obligado a conformarse con pequeños trabajos inestables y sórdidos? 
¿Quién que tenga un empleo no teme la acción de un oculto tribunal que en cualquier momento puede decretar su muerte civil echándolo, no a un calabozo, sino simplemente a la calle? 
¿Quién, al tratar de dar cuenta de la lógica del poder político, no sintió frente a este poder la misma incertidumbre que el narrador de La construcción de la muralla china
¿Qué artista o qué hombre común puede escapar al temor de considerarse un artista del hambre? 
¿Quién no se sintió arrojado a un mundo sin ley y sin justicia? Sin embargo, existían algunos que creían estar en el gran teatro integral de Oklahoma cuando la mayoría temíamos, en cualquier momento, transformarnos en cucarachas. 
Según Oscar Wilde la naturaleza imita al arte. Quien mire algunas décadas de la historia Argentina podrá tener una buena prueba de ello. 
¡Qué lejos estamos de aquellos tiempos idílicos cuando en la Plaza de Mayo Nicola Paone le cantaba al General “Uhe, Uhe, Paesano”, los muchachos le daban duro al bombo porque estaban alegres y se elegía a la Reina del Trabajo! ¿Verdad? 
Las conclusiones, si es que las hay, quiero dejarlas abiertas. Me gustaría que me hicieras llegar tus opiniones o que me dijeras que si en tu país hubo o hay tiempos similares. Tal ve podríamos, de este modo, llegar a conocer el mundo de hoy; del que Kafka fue profeta. 



VIRGINIA WOOLF DESDE MI CUARTO MONTEVIDEANO
de Tomás Stefanovics © 

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Virginia Wolf
Londres 1882 - Lewes 1941
¿Qué me dejó Virginia Woolf, esa mujer nada hermosa de acuerdo a nuestros criterios latinos que, sin embargo, me fascinaba; esa dama de la sociedad culta londinense de principios del siglo XX; esa empresaria exitosa; esa tenaz luchadora contra su enfermedad; y, ante todo, la escritora audaz, innovadora, la más destacada de las letras inglesas en la cual sobresalen tantos nombres femeninos ilustres desde Aphra Behn, según T.S.Eliot “el centro de la vida literaria en Londres”? ¿Qué es lo que quedó en mí de las percepciones, sensibilidad e ideas de esa mujer que evolucionó desde “la hija de un hombre educado” hasta llegar a ser “hermana de Shakespeare”? ¿Por qué después de decenios de leerla y discutir sobre ella y ver las películas que se ocupan de su persona y de sus obras sigue interesándome como aquel día cuando entró en mi vida? 
Posiblemente no exista una razón única. Me sería muy difícil argumentar, por ejemplo, que es la sinceridad de su diario que capturó mi interés. Dicho sea de paso, me costó acostumbrarme. No me llamaba la atención. Virginia llevaba una vida recatada; no vivía aventuras, que tampoco le apetecían. Un poco como Borges, conoció el mundo a través de la biblioteca de su padre, un hombre muy culto, con fama de filósofo. (Se me ocurre ahora que Virginia probablemente leía los mismos títulos que Borges.) El mayor riesgo y exceso de su existencia fue el que vivió su hermano favorito, Thoby, que murió joven. Sin embargo, pensándolo bien, ¿de dónde iba a sacar el material de sus novelas si no de lo que contaban sus amigas? 
Lo más aventurero, fuera de lugar que escribió fue Orlando, que se discute si es una novela, alegoría, historia o biografía o la sátira de todo esto. Algunos sostienen que trató de fijar las experiencias psicológicas de una poeta mientras escribía una obra importante. O también que quiso ilustrar aquí las maneras cambiantes en la literatura: ora masculina y heroica, ora femenina y romántica. La impresión que deja es que se trata de fantasía desde el comienzo hasta el fin. Incluso puede parecer raro que una mujer tan sensata, consciente, fiel en su matrimonio haya imaginado semejantes desenfrenos, y haya escrito acerca de contactos eróticos con personas de ambos sexos. Se sentía tan hombre como después mujer, hasta llegar a ser padre de tres hijos y madre de un varón. Desde Tiresias nadie ha cambiado de sexo. Y Tiresias no tuvo hijos. Borges, el traductor al español del libro, dijo que ésta es su obra más intensa. 
A mi juicio, incluso el anacoreta más retirado del mundo necesita alguna válvula de escape. Virginia, en esa obra, literalmente se soltó, se liberó de una cantidad de prejuicios y tabúes de su sociedad, digirió siglos, inventó escenas llenas de humor, criticó acerbamente la moda y las reuniones sociales que ella misma organizaba, se burló de los escritores ingleses (también de su propio Hogarth Press), jugó con el tiempo y las distancias y exageró hasta donde le permitía el buen gusto. Se habrá dicho: “vamos a ver, qué hiciera yo si pudiera, si me animara...” No nos olvidemos que después de medio siglo de corsé victoriano ella vivía el espíritu del nuevo siglo, especialmente las delicias de los “roaring twenties”. 
Parte de esos excesos Virginia los experimentó con una de sus amigas íntimas: Vita Sackville-West, a quien la autora dedicó el libro. Vita misma y su marido escribieron sendos libros de los que Virginia se apropió en gran medida; utilizó la historia de Vita, la descripción de su casa y ambiente y cantidad de detalles, hasta sus fotografías. La madre de Vita estaba horrorizada; el hijo de Vita, en cambio, dijo de Orlando que es “la carta de amor más larga y encantadora que hay en la literatura”. Y es el libro más vendido de su autora. 
¿Quiere decir que Virginia logró arreglarse siempre? En otro aspecto, hubo un problema insoluble. Ella atravesó varios accesos más o menos fuertes de enajenación mental. Los sentía venir y entonces no le era posible actuar de una manera normal. Perdía el apetito y las ganas de vivir. Incluso intentó el suicidio. Estuvo en tratamiento. Después mejoró su estado, sin que hubiera podido olvidar todo lo que había sufrido y lo que, ella estaba segura, hacía sufrir a los suyos. Por tal razón, cuando sentía una vez más la proximidad inmediata de su mal, escribió una carta de despedida a su marido, eligió un momento oportuno para escapar, llenó sus bolsillos de piedras y entró al río Ouse que corría cerca de su casa, pidiendo a su marido que destruyera todos sus papeles. 
Ya dije que posiblemente no exista una única razón para mi admiración. Sí, es verdad: me impresionó la sinceridad de su diario; de igual modo la fantasía exuberante de su Orlando que es algo único en la literatura y, para qué negarlo, también el coraje de pasar por ciertas experiencias no cotidianas en su época. ¿Hablo de coraje? Sé que existen opiniones muy variadas y contradictorias sobre el último acto de su vida. Aunque muchos la condenen por ello, ¿no demostró por lo menos coraje al elegir ella misma su propio fin? 
Existe un punto más, para muchas mujeres lo más importante que hizo. En El cuarto propio fue la primera que reclamó un lugar adecuado, una habitación separada, sí, un cuarto propio para todas las mujeres que querían escribir (y se sobreentiende: las que querían esculpir, pintar, componer, etc.) y, además de eso, de lo que muy pocos hablan, quinientas libras de ingreso por año que, hoy, tal como está la cotización, no vale gran cosa, pero que en su época significaba un pequeño capital. Virginia, junto a otras escritoras como Sor Juana Inés de la Cruz o Flora Tristán, a su manera, era una feminista, una feminista con exigencias concretas: un cuarto propio y quinientas libras anuales. Sin bases materiales adecuadas no hay creación. 
Lo más grande, sin embargo, que nos ha dejado y por lo que es más recordada en el mundo entero no es su sinceridad, la fantasía, el coraje de hacer (y de deshacer también) no importaba qué cosa y ni siquiera el gesto solidario hacia sus hermanas artistas sino la obra novelística salida de su pluma. 
En este campo Virginia no hizo mucho. Joyce, Kafka, Camus tampoco. Pero casi todo vale y perdura. A mí me acompaña permanentemente el recuerdo de tres novelas magistrales.
Al faro (Prix Fémina), constituyó un gran éxito y es acaso también su obra más festejada por la crítica, empezando con el famoso Auerbach (“acaso la mejor obra de ficción del siglo XX”). La autora admitió en una carta que no trataba de significar nada especial con la novela. Algunos críticos, sin embargo, afirmaron que hizo una especie de exorcismo de los fantasmas de sus padres; otros, que la composición, en forma de sonata de tres secciones, utilizó una idea de Bergson, la durée, que funciona como un organismo, para llevar a cabo una sucesión sin pausa de cambios cualitativos. Hay una comunicación a través de los símbolos, los colores y las formas que no adquieren realidad. Los caracteres y las situaciones evolucionan, se influyen y se interpenetran; la vida se convierte en obra de arte y esa obra se hace vida. La gran revelación nunca viene, concluye la autora –y también falta el conflicto básico de la novela tradicional–-, pero sí, pequeños milagros cotidianos. Se acentúa la trascendencia del instante. La señora Ramsay, la inspiradora de los que la respetan y quieren, la verdadera heroína, reina porque ha ayudado a resolver el conflicto. La pintora, con una línea, logra terminar el cuadro.
Para buena parte de la crítica su obra maestra es Las olas, un texto algo raro, no acostumbrado en ella, por momentos abstracto, estetizante, que parece un poema en prosa y no una narración. Hay descripciones muy hermosas llenas de imágenes poéticas. La autora se larga aquí plenamente en experimentos técnicos, por ejemplo, el monólogo interior. Los seis personajes principales cuentan en soliloquios alternados sus historias, cada una de ellas muy densa –el texto daría, fácilmente, para seis novelas–, plétora de acontecimientos y, la mayor parte, de reflexiones, a veces contradictorias. “Todavía nos sentimos profundamente conmovidos y sin embargo irreverentes; contritos y no obstante ansiosos de que todo concluya de una vez y, al mismo tiempo, poco deseosos de separarnos”. Pululan las confesiones sobre ansias íntimas y los himnos a la soledad. Y eso de parte de personas que en otro momento piensan de este modo: “Hay gentes que buscan un refugio junto a los sacerdotes; otros, en la poesía; en cuanto a mí, me refugio junto a mis amigos”. En el centro está el tiempo medido en el pasaje del sol sobre el mar desde la madrugada hasta la noche, y todo se desarrolla como si sucediera en un solo día aunque la historia abarca las vidas desde los días del colegio hasta prácticamente la muerte. 
Mi novela favorita es La señora Dalloway. Desde que la leí, ningún otro título pudo quitarle la primacía. Sé que no estoy solo en eso. El llamado “Papa de los críticos alemanes”, Marcel Reich-Ranicki, afirmó que es la mejor novela escrita por una escritora. Tiene varios parecidos con Ulises de Joyce. Por supuesto que nadie piensa en que alguno de los dos copió al otro (Ulises se publicó tres años antes); es sencillamente el espíritu de la misma época con sus problemas peculiares que estaban en el aire tanto en Inglaterra como en Trieste, Zurich y París, donde residía Joyce. Dicho sea de paso, Woolf fue llamada también “Joyce en pequeño”. Hogarth Press, propiedad de Virginia y Leonard Woolf, publicó cosas muy importantes, por ejemplo, Freud en inglés, pero rechazó el manuscrito de Ulises. Los dueños tuvieron sus razones –además de que a Virginia no le gustó la novela, en su diario habló de libro grosero, inculto–, no obstante, para muchos, con esto cometieron un error. 
La novela es otro experimento con el tiempo como varias obras de la autora, aquí confrontando el presente con el pasado. El matrimonio Dalloway ya había figurado en su primera obra, en The Voyage Out, de 1915 (procedimiento típico de Balzac, que fue imitado por muchos, por ejemplo, Faulkner, Onetti, etc.). Y durante ese día, un miércoles de junio de 1923, la protagonista es capaz de repasar de nuevo su vida entera. Ella no es muy instruida pero tiene el don de conocer la gente casi por instinto. Es un ejemplo en varios sentidos: segura, consecuente; apenas en algunos momentos críticos y sólo durante instantes vacila cuando los recuerdos la embargan. Clarissa Dalloway se ve confrontada primero con el recuerdo, luego la persona misma de Sally Seton –una chica de quien ella se enamoró a los dieciocho años, con quien pensaba fundar una sociedad para abolir la propiedad privada–, Peter Walsh –su antiguo pretendiente, que estaba apasionadamente enamorado de ella (“Le había influido más que cualquier otra persona”), a quien ella rechazó pero que le causó dolor al enterarse de que se había casado con otra– y Richard Dalloway, –su marido, un hombre bueno, respetado por todos, miembro conservador del parlamento, que le representaba la seguridad, la posición social y la fortuna y que le había comprado flores el día de su fiesta pero quien no se animaba a confesarle que la amaba, tal como se lo había propuesto. Con este último existe un acuerdo tácito de respetarse mutuamente en su independencia individual. Es imposible enumerar a todos los personajes. Una figura, sin embargo, es indispensable. La guerra, aunque ya era cosa del pasado, vuelve en la enfermedad neurótica de Septimus Warren Smith –la autora puso mucho en él de lo que ella misma había sufrido y también ecos de la fragmentación de la realidad de La tierra baldía– y así él, su tragedia, aunque nunca esté en contacto con Clarissa, entra en su fiesta. Ella capta inmediatamente la mentalidad de los médicos. Los lectores sentimos que es ella quien hubiera podido ayudar. Virginia anotó en su diario refiriéndose a este libro: “Quiero criticar el sistema social y mostrar cómo funciona, en toda su intensidad”. En esa época se desintegraba la coalición conservadora-liberal que había gobernado el país y era responsable por la guerra y surgía el partido laborista (donde militaba Leonard Woolf). La clase social que se reúne para festejar a Clarissa está próxima a su extinción; en realidad, son “cadáveres andantes”. “Miles de jóvenes habían muerto para que las cosas siguieran como estaban” había escrito Virginia en el cuento titulado “Mrs. Dalloway’s Party” publicado antes de la novela. El discurso, casi sermón del psiquíatra Sir William Bradshaw, que gana muy bien y tiene gran prestigio, resume la visión de esa clase dominante que no admite la libertad de los locos, prohíbe partos (el caso de la misma Virginia), penaliza la desesperación e impide que los ineptos propaguen sus opiniones. En estas condiciones, a Septimus no le queda otra alternativa que el suicidio. 
Clarissa Dalloway es indudablemente el centro, el punto de referencia, alrededor de quien gira ese pequeño mundo, la que escucha a los demás que la acosan con sus problemas. Ella comprende, da una mano y siempre es capaz de perdonar y de olvidar. Los errores del pasado son del pasado. Por suerte, hoy nosotros estamos vivos y es lo importante. Aunque, en el fondo, ella siempre esté sola, sola con sus dichos: “No temas más al calor del sol” (Shakespeare); “Una vez que has caído, la naturaleza humana se ceba en ti”... Una de las frases que quedó como un dicho es la que cierra el libro “For there she was”, traducible al español tanto con “ser” como “estar”: “Porque allí estaba/era” con lo que resume la imposibilidad de resumir a Clarissa en una conclusión o fórmula. El personaje no fue ni especialmente hermosa ni inteligente ni siquiera ingeniosa. Sus mejores amigos, Peter (“Peter conseguía que Clarissa se viera a sí misma: exagerada”) y Sally, o la señorita Kilman, la institutriz de su hija, por ejemplo, le encontraban muchos puntos en contra. Sin embargo, hubo algo que la distinguía entre los demás en esa feria de vanidades, algo real y positivo: jamás se dejaba ir, siempre se mostraba equilibrada, tenía un corazón puro, ayudaba donde podía y se alegraba realmente encontrándose con sus amigos. 
En cuanto a la obra literaria, su estilo, del mismo modo que el mundo social descrito, es elegante y refinado; las frecuentes digresiones totalmente justificadas; el diálogo siempre adecuado a las circunstancias del momento. Lo que realmente interesa, sucede no en el mundo exterior sino reflejado en la mente. Es necesario admitir que se le han encontrado algunas fallas de composición y que desde el punto de vista de la técnica narrativa el libro fue superado por otros títulos. Sin embargo, como creación artística y humana La señora Dalloway fue lo mejor que escribió. A pesar de ciertas imperfecciones de la novela y las menguas de carácter de la heroína, se me ocurre a veces que quisiera tener una amiga como la descrita en Clarissa Dalloway. 



TOMÁS STEFANOVICS 

Nació en Uruguay. Estudió Derecho, Filosofía y Literatura. En uso de una beca, fue a Alemania, donde se radicó. Profesor de Estudios Latinoamericanos (SDI – Universidad de Lenguas Aplicadas, Münich), de Literatura Latinoamericana (Universidad de la República, Montevideo) y docente del Instituto Cervantes. Fue vicepresidente de la Asociación Alemana de Profesores de Español, director de Khipu, una revista bilingüe, español-alemán, sobre temas culturales de América Latina, crítico literario, periodista, traductor y conferencista. 
Publicó Dilthey, una filosofía de la vida, 1961 (Primer Premio del Ministerio de Instrucción Pública y del Consejo Directivo Central de la Universidad), Los indios de América Latina, 1982, Análisis del cuento “Una historia cualquiera” de Arturo Martínez Galindo, 2000, El divorcio, 1980, cuentos; Cadenas invisibles, 2003 (Mención del Ministerio de Educación y Cultura), Una mujer diferente, 2010 y Entre bombas y alambre de púas, 2011, novelas. 
Otros ensayos y cuentos suyos aparecieron en muchas revistas y antologías latinoamericanas y europeas, y se tradujeron a varios idiomas. 



REALIDADES Y FICCIONES
–Revista Literaria–

ISSN 2250-4281
Exp.966996 Dirección Nacional del Derecho de Autor
Propietario y Director: Héctor R. Zabala
Av. Libertador 6039 (C1428ARD)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
Nº 7 – Diciembre de 2011 – Año II

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SUPLEMENTO: http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/


Héctor Zabala (dirección y narrativa)
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(http://hector-zabala.blogspot.com/)
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Luis Benítez (poesía)
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Agustín Romano (ensayo)
polis_literaria2@yahoo.com.ar
(currículo: http://www.polisliteraria.blogspot.com/)

Tomás Stefanovics (colaborador especial)
jultomste@yahoo.com
(currículo: en este mismo número, Realidades y Ficciones Nº 7)



3 comentarios:

  1. Leí "El viejo" y su análisis...Excelente. Muy buen post, luego seguiré con los otros. Un abrazo. Graciela boticaria.

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  2. Maravillosos Blog, sí señor. Nada más tenga el tiempo suficiente para leerlo todo con detenimiento, a buen seguro que pasaré más amenudo.
    Un abrazo Héctor.

    Por cierto, el prota de mi novela se llama así, Héctor.

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  3. Leí el cuento a los 12 0 13 años en la revista "Tesoro de cuentos clásicos" y me encantó, Le perdí la pista durante muchos años. Lo volví a encontrar en la revista" El cuento" de Edmundo Valadez el año pasado y me volvió a encantar. Sin embargo, esta traducción está mejor y el análisis es muy bueno. Felicidades.

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